Mostrando entradas con la etiqueta ventanales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ventanales. Mostrar todas las entradas

16/7/14

yo

La nota de Silvina me hizo bien. Ya se lo dije, fue como hacer terapia.
Una está más acostumbrada a hacer las preguntas que a responderlas, y aunque parezca irrisorio, dar respuestas sobre la propia vida puede ser más difícil que un final. Sin embargo, conmigo Silvina logró lo que todo entrevistador anhela: que el entrevistado se olvide que hay un grabador entre los dos, que se relaje y cuente, cual charla entre amigos y con mate.
La excusa fue el día del Locutor. Justo este año que yo le había dado bastante poca bola al asunto. Soy locutora, si, la 7984 según el carnecito que me mandó el COMFER hace ocho años. Uso a la locución como herramienta para ejercer el periodismo de actualidad, cada tarde de lunes, de martes, miércoles, jueves y viernes. El resto de los días soy periodista sin locutar, pues una no puede dejar de ser lo que es cuando se apaga la luz de aire. Y viceversa. Cuando la luz de aire se enciende, en mis palabras se reflejan la mamá de Miguelina, la esposa de Damián, el duelo por mi viejo, el intensamente firme apoyo de mi madre, la vecina, la amiga, la mujer y todo lo que soy y lo que he sido. Todo se nota.
Y digamos que a eso vagamente lo sabía, o lo sospechaba, pero fue al decirlo que lo entendí. O me lo apropié.
El domingo leí la nota como si se tratara de otra persona. Alguien más contaba cosas sobre su relación con la radio, con los oyentes, hablaba de la agenda, de las malas palabras, de los juegos de la infancia...
La chica en la foto me pareció de verdad feliz, con el micrófono en una mano apuntando hacia la boca de una corneta, con la otra mano sosteniéndose los auriculares para no perder el retorno, y en la mirada la fascinación por ese pequeño murguero que esperaba ansioso debutar esa noche en el corso barrial.
Me gustó ser esa de la nota y por eso digo que me hizo bien, porque no siempre nos agrada la imagen que nos devuelven los espejos.

 

25/9/13

mamá

Así me pasaba largos ratos al día. Con la pera rozando la clavícula; consternada, embelesada, mirando y admirando mi propia panza. No recuerdo haber vivido algo más suspensivo que la vez que sentí que se movía. Mariposas-pececitos-burbujas. Y mis ojos bien abiertos, y mis latidos acelerados y mi respiración retenida por si se llegaba a repetir...¡Por Dios! Un ser humano estaba formándose adentro mío. ¿Cómo puede ser que antes de que me pasara a mí lo haya tomado con tanta naturalidad?. Cuántas preguntas. Cuánta ansiedad. Miedos y sueños y proyectos bailaban dando saltos, y me desvelaban. La esperaba desde siempre, mucho antes de la primera incertidumbre frente al almanaque; la esperaba desde el momento en que entendí mi condición y supe que algún día yo también podía ser mamá.

26/8/13

capítulo 7



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.




Hoy, que las efemérides recuerdan su nacimiento se me dio por compartir uno de los capítulos de su gran obra, Rayuela.

22/5/13

del patio a la salsa

Ya lo he dicho: yo de botánica, cero. Distingo apenas un par de especies arbóreas y las flores, a excepción de las más conocidas, se me confunden todas. Creo que de niña no me cultivaron el interés por esta parte de  la creación, sí el respeto, sí el cuidado, pero la instrucción fue poca y nunca nada que estuviera aferrado a la tierra alcanzó a maravillarme.
Una vez plantamos un árbol en el patio del colegio, pero el proyecto fue tan colectivo que se diluyó. Fuimos todos y por lo tanto nadie en particular (y menos yo). No recuerdo de qué especie se trataba y nunca me acordé de observar cómo crecía. No sabría decir exactamente dónde está, si es que aún está. También tuvimos una huerta. Todos los terceros grados cuidaban una durante el año. Yo prefería sacar los yuyos con un cuchillo viejo de mi abuela y abocarme más bien a la confección y mantenimiento del espantapájaros.
Sin embargo ahora, que estoy grande y sentada al lado de la ventana que da al patio, me conmueve ver tres frutos rojos agobiando con su peso los gajos de la planta de morrón que yo misma planté. Sin tener ni la más mínima idea de cuál sería el lugar más apropiado y sin otorgarle mayor cuidado que el de echarle un poco de agua cuando pasaban días sin llover, nacieron morrones. Y son mis morrones, y los puedo cortar en cubitos  chiquititos y ponerlos en la ensalada como hago con los morrones que compro en lo de Chiche.
Es vida y es alimento que se ofrece generoso desde ese rincón de nuestro patio.




19/3/13

21 cuadras en 21 oraciones (y media)

1- Desde la ventana que da al oeste la mañana parecía ventosa, sin embargo al salir a la calle no me dio la misma sensación, (quizás el fresno haya exagerado un poco).
2- Miguelina tardó en dormirse lo que las tres ruedas del coche tardaron en pisar la esquina de Cervantes (¿por qué no será así de sencillo cuando yo muero de sueño?).
3- Las veredas en esta parte de la ciudad son un desastre, de manera que no me quedó otra que avanzar por la calle, (me gusta el aire coqueto que les dan los adoquines de hormigón articulado).
4- Hay una cuadra, justo antes de llegar a la sede de la Asociación de Sordos e Hipoacúsicos, en la que siempre me maravillo de escuchar cantar a tantos pájaros; (¿será porque allí encuentran muchos árboles donde posarse, o en alguna de estas casas habrá una enorme pajarera?)
5- Debo estar haciendo un movimiento nuevo, o de mala manera, porque esto de caminar empujando un coche con bolso y nena hace que me duelan partes del cuerpo que no tenía registradas, (entre las axilas y los omóplatos, por ejemplo).
6- Pasan dos, tres, cuatro autos y los conductores ni se percatan de nuestra presencia y necesidad de cruzar hacia la otra esquina; hasta que el quinto frena y con un gesto de sus manos me dice que avance, (y como en un plumazo se me voló la chinche).
7- Acercándonos al centro el tránsito se hace más denso y parecieran estar todos, automovilistas y peatones, más apurados, (se me ocurre que la señora de gris camina así porque quiere llegar a horario al médico, tiene cara de dolor).
8- Miguelina se despertó, (¡ay, cómo la amo!)
9- Al descubrir el coche, dos nenas que venían caminando con su abuela, supongo, se abalanzaron a los cachetes de mi pasajera, (contra todo pronóstico, en lugar de llorar se rió).
10- La abuela de las nenas me quiso vender la rifa de Santa Rita: "Ciento diez pesos por mes, no son nada", me dijo; y yo le contesté que tenía que consultarlo con mi marido (jajajaja).
11- Las nenas parecían mellizas pero no lo eran, se llevaban un año y un mes de diferencia, (quién sabe con qué método anticonceptivo se habrá cuidado esa madre después del parto).
12- Allá está la plaza Urquiza; siempre que la cruzo me acuerdo de mi papá conmigo esperando que mami saliera de la escuela.
13- La plaza está igual que en aquellos años, sólo han agregado cartelitos en cada esquina con el nombre de usuario y la contraseña del WIFI gratuito, (el usuario es "gchu" y la contraseña también).
14- Casi en el centro de la plaza distingo al intendente conversando con un señor mientras una chica les saca fotos con flash, (¿serán periodistas?).
15- La cartera más barata de este negocio cuesta 800 pesos, (si es que no estoy desactualizada).
16- Pienso en el programa de la tarde y me alivio al recordar que ya está casi armado, aunque llegando al mediodía no vendría mal pegarle un llamadito a Alippi, (el productor).
17- En el último bloque voy a entrevistar a un politólogo sobre las influencias que puede llegar a haber en el país tras la asunción como Papa de un argentino.
18- Hablando de Papa, Miguelina dice "papa", o "papá", (le dije a Damián que no estaba segura si era por él o por Bergoglio).
19- Bueno, ya falta menos, (por suerte el dolorcito ridículo ya no se siente).
20-  Las vidrieras exhiben ropa de abrigo en tonalidades rodeando al bordó, (era cierto lo que dijo esa comentarista de modas en la tele la otra vez, y evidentemente la gente que vive de esto se pone rápidamente al día).
21- ¡Qué lindo es llegar a lo de mamá!, la casa está hermosa, como siempre y para mí es como volver un poco a la infancia, (pero renovada).

25/1/13

city tour


La costanera estaba llena. De gente, de risas, de música, de perfumes, de plumas, de ojotas, de cerveza, de sol. En el puerto, frente a la plaza Colón se ofrecían paseos en lancha por el río Gualeguaychú y Uruguay. A un costado, interrumpiendo el tránsito de calle Del Valle se instaló la feria de artesanías, y los turistas pasaban de maravillarse con las prolijísimas pulseras de macramé, a preguntar los precios de los cuchillos y luego de los mates y más allá una señora de caderas anchas se probaba un pareo. Ahí cerquita, el bus que nos llevaría a recorrer la ciudad estaba todavía estacionado a la espera de más pasajeros, cuando un matrimonio de unos treinta años (de casados) se sumó al tour. Y entonces el chofer puso primera y arrancó:


Lento pero ininterrumpido. Había mucho para ver y también eran muchos los autos cuyos pasajeros, al igual que nosotros, paseaban por Avenida Morrogh Bernad. Fuimos bordeando el río Gualeguaychú  pasando por los obeliscos, la heladería, el hotel, la parrilla, el casino, el balneario y la piscina pública hasta llegar al puente naranja, el puente Méndez Casariego. Mientras lo cruzábamos muchos hubiéramos preferido que se detuviese en el medio, porque desde allí la vista era fantástica. A ambos lados. El sol reflejaba fuerte sobre el agua y el río parecía de plata. Y dispersos entre costa y costa flotaban veleros, kayaks, lanchas, piraguas, canoas, un catamarán y muchos de esos coloridos bicibotes. Allá a lo lejos las playas se veían abarrotadas de gente. Como hormigueros. Chiquititos, uno pegadito al otro.

Se terminó el puente y nos zambullimos en el verde del parque. Ceibos. Talas. Espinillos. Tipas. Eucaliptos. Un papá atajando penales. Una nena en bici con rueditas. Unos novios tomando mate. Bajo la sombra, una familia numerosa ocupaba una de las mesas de madera, y unos pasos más allá los restos de la leña yacían sobre una parrilla. Pocas ciudades tienen un parque tan hermoso. ¿Pensarían lo mismo el resto de los pasajeros?

El matrimonio resultó ser de Villa Libertador San Martín. Habían pasado más de diez años desde la última vez que visitaron Gualeguaychú. Para ellos el recorrido fue como conocerla de nuevo. Le sacaron fotos a la plaza y a la Catedral, descubrieron la casa más antigua de la ciudad, ponderaron el aspecto del teatro remodelado y al llegar a la avenida Rocamora extendieron la vista hasta la copa de las viejas palmeras. Él recordó que “antes los corsos se hacían acá”. Hablaron de las comparsas, de las majestuosas carrozas y de los laboriosos detalles de los trajes. La noche anterior habían estado en el carnaval, pero esta vez el corsódromo los sorprendió desnudo; como un gigante echado al sol.

El colectivo bordeó el corsódromo y tomó por Avenida Parque hasta reencontrarse con el puerto, el paseo Nicaragua primero y el muelle de los pescadores después. A la izquierda los galpones y allá enfrente, en la isla, ese extraño castillo. Y nuevamente los artesanos. Y el guía del catamarán. Y un señor ofreciendo departamento para alquilar. Y las ojotas. Y los helados. Y  los turistas probándose espaldares y tocados. Y la música. Y el sol ya más bajo.

16/1/13

turismo y urbanismo


"A mí, Mar del Plata es la ciudad que más me gusta de la costa. Es hermosa la diseñadura de ciudad que tiene. Contra eso, no hay con que darle", le dijo Rubén, un taxista de 53 años, a Pablo.

6/12/12

recuerdos


No había opción, había que abrir cajones y placares, cajas, bolsas y más bolsas. La casa de mamá tenía que dejar de ser el depósito de las cosas que se guardan por si acaso. Tenía que pasar algo así para que de una vez por todas me hiciera cargo de mis trastos y aceptara que aquello que no usé en dos años no lo voy a usar más, o me trajera a casa lo que por alguna razón no me soltaba.
Para organizarme mejor dispuse tres montoncitos: el de las cosas para regalar, el de las cosas para tirar y el de las cosas para llevarme a casa. Parecía sencillo, sin embargo, cada objeto con el que me reencontraba desempolvaba recuerdos y como meterse en los vericuetos de la memoria lleva tiempo, la tarea consumió dos tardes.
Hay muchas razones por las cuales la gente se empecina en guardar ciertos objetos: porque se supone que pueden ser de utilidad en un futuro, porque tienen valor material, o porque pertenecieron a seres que ya no están y a falta de ellos preservan algo de lo que dejaron; sin embargo, creo que el motivo principal por el cual la gente se resiste a deshacerse de algunas cosas son los recuerdos lindos. Sin ir más lejos, recordar los momentos en los que la pasamos bien son la razón de ser de las fotos.
Visto de esta manera, tener que haber invertido dos tardes en resolver qué hacer con tantas cosas que guardé me indica que pasé muchos ratos agradables, lo suficientemente agradables como para haber querido atesorarlos.
De todos modos, esa cantidad de papeles y chucherías no podían quedar allí y debía ponerme firme en la selección. Fui despiadada con los souvenirs de los bautismos de mis primos más chicos y con las últimas carpetas del colegio secundario pero no pude deshacerme de un cuadernito con mis primeros dibujos en el jardín de infantes, supongo que lo guardé con la idea de mostrárselo a Miguelina algún día. A las muñecas Barbies, aunque en unos años mi hija las considere un montón de plástico viejo, tampoco las pude regalar. Me traje a casa un par de álbumes llenos de fotos con gente que ya no viene a mis cumpleaños, con la idea de tirarlos a la basura en un par de meses; y mis primeras notas publicadas, porque esa emoción no tiene parangón.
Con cada decisión reviví charlas, frases puntuales que alguna vez alguien me dijo. Sensaciones. El olor a crema de coco de aquel verano con las chicas en Las Cañas. Los nervios incontenibles de los primeros días de ese noviazgo. El ramito de flores robadas. Un consejo de Luisina. Las lágrimas hirviendo en el pasillo del colegio. La canción que estaba de moda. El calor de las planchitas para el pelo antes de los cumpleaños de 15, en la casa de la Glon. El flash del boliche de Rocamora y Andrade; y más acá, la primera clase de locución y las caras afeitadas de quienes hoy siguen siendo mis amigos.
Despojarse, esa era la idea. Parar un rato, echar una mirada hacia atrás y volver, que al camino hay que seguirlo marcando y más adelante habrá nuevos montoncitos adónde acopiar trastos. Y como siempre ocurre, estarán los que a falta de valor afectivo se regalan; los que rotulados como basura se tiran, y los que por alguna razón no te sueltan.


Con la Glon, Celi, Ana, la negra y Lu en el bar del colegio. 

7/8/12

orgía


Caminando por una calle céntrica de mi ciudad me encontré con una escena que me hizo recordar a aquella concejal de Paraná que propuso prohibir la exhibición de maniquíes desnudos en las vidrieras porque los consideraba perturbadores. 

¿Qué hubiera pensado, pobre mujer, si se topaba con algo así? 

28/7/12

te estamos esperando

Detalles que nos hacen caer en la cuenta de que cada vez falta menos para el momento más soñado.


13/7/12

la Sodoma entrerriana

Noticia publicada hoy en elonce.com
Paraná se ha transformado en un verdadero caos. Ya es moneda corriente encontrar figuras humanas exhibiendo sin pudor su desnudes en las zonas más concurridas de la ciudad. Seres rígidos e impertérritos ante la mirada atónita de unos pocos pudorosos. Mujeres insensibles sin ánimo de ocultar sus senos y sus genitales como si pararse desnudas frente a los demás fuera lo más normal del mundo.
Demos gracias a la democracia por la labor de esta concejal que está ocupándose del asunto antes de que Dios sentencie la destrucción de Paraná por la perversión abyecta de sus habitantes.

4/7/12

cosas de perros (¿?)

Ya de por sí es extraño ver un perro caminando por los techos...


















Pero ver un perro con remera caminando por los techos, pasa de extraño a suspensivo.


Otras de perros


Este blog tiene tres años, y desde el primer post hasta este no han sido pocas las veces que los caninos fueron protagonistas:

Al primero que recuerdo es a aquel pichicho que solía encontrar a  la vuelta de casa sentado más derecho que yo. Ese es mi preferido.
Conocimos la historia de Chonino, en honor al cual existe en Argentina el día nacional del perro.
Una noche fría de invierno encontramos a Osito, un perro comunitario que como tal no era de nadie y a la vez era de todos.
También hemos observado con gracia cómo siempre se ve a algún perro en lugares donde se supone que no deberían estar, como en una protesta  frente a Casa de Gobierno, marchando contra Botnia por el puente internacional General San Martín con una bandera argentina atada al collar, viajando en el techo de un auto frente a Banco Pelay, en pleno acto kirchnerista, o entremedio de lentejuelas y caireles en el Carnaval del País.

7/6/12

periodismo

Estamos condenados a este oficio del diablo.

5/5/12

mis cuatro ventanas



A lo largo de mi vida he tenido cuatro ventanas. La primera era una ventana enorme, de esas que se abren de piso a techo, que comunicaba mi habitación con el patio. Así eran todas las ventanas de la casa donde crecí, grandes paneles de vidrio protegidos por unas pesadas persianas de plástico que se enrollaban y se desenrollaban según para qué lado se jalara la cuerda. La mía solía quedar abierta, y los domingos cuando despertaba, siempre más tarde que el resto de los habitantes de la casa, se convertía en una pantalla de cine donde empezaba a proyectarse el día. Sin que nadie lo supiera, yo desde mi modorra ya los estaba mirando. De derecha a izquierda pasa mamá con fuentones cargados de ropa húmeda para tender. Una y otra vez. Más acá, mi hermano mayor le alcanza un mate a papi, que con una pala de mango largo desparrama brasas debajo de la carne expandida sobre la parrilla.

Mi segunda ventana era uruguayense. La única sobre la ochava de la esquina de Larroque y Mitre. Desde allí recibí al mundo durante los cuatro años de facultad cursados en las tierras de Pancho Ramírez. Me gustaba poner la mesita con los apuntes y los biscochos debajo de esa ventana y sentarme a estudiar. La ciudad se veía chata desde ahí, apenas dos edificios y la cúpula de la Basílica sobresalían entre los techos de las casas. Y los ruidos entraban todos sin permiso al punto de que siempre me daba la sensación de que se habían derrumbado las paredes y yo estaba en medio de todos con mi pijama de púber todavía puesto: el pibe en bici ofreciendo diarios a viva voz, las frenéticas escobas de las vecinas, algún que otro auto yendo hacia el centro, la conversación banal de dos chicas en calzas y zapatillas caminando hacia el puerto, y no mucho más.

A mi tercera ventana la tuve sólo un otoño. De regreso en Gualeguaychú con título de locutora y periodista, y un trabajo estable que me garantizaba techo (ventana) y comida al menos para mí sola, alquilé un departamento en un primer piso cerca de la Escuela Normal. Era una ventana grande que me recordaba a la de mi infancia, la decoré con cortinas color verde seco y la abría de par en par siempre que la luz de afuera fuera más intensa que la de adentro. No me mostró demasiado, la gente de ese barrio salía poco a la calle y el negocio de venta de lámparas enfrente se la pasaba cerrado. Todos los sábados de mañana desde mi ventana lo veía a Julio, un linyera conocido por todos como  “Chancha blanca”, tirado con sus harapos en el escalón de ingreso de un taller en desuso, casi inamovible por su pierna dura y su inabarcable gordura.

Mi cuarta ventana es la que tengo ahora a mi derecha a un paso de la cama de dos plazas en la que estoy sentada tipo indio escribiendo. Abriéndola se puede acceder al balcón que en estos días se ha encargado de acunar cuanta hoja se desprende del fresno. Parece mentira que todas estas hojas, más las que cayeron a la vereda, más las que ya se han volado y se han barrido hayan sido parte de un solo árbol. Desde acá oigo cómo crujen allá abajo las más secas cuando la gente que pasa caminando las pisa. Amo ese ruido y amo pisarlas yo también. Ahora que las ramas se están quedando solas la vista a través de la ventana se despeja y veo casi completa la casa de enfrente. También amarilla, también un poco marrón. Y en la vereda color crema, tres perros contra uno. Sin temor alguno, pasa por al lado en su triciclo la hija del dueño del taller de autos de media cuadra. Los perros siguen necios en su objetivo y ni cuenta se dan de la niña que pasa. No había sido consciente, hasta ahora, de la cantidad de tanques de agua que se ven sobre los techos de las casas. Juego a contarlos y casi llego a diez. Ya que estoy, de paso juego a eliminar lo que queda feo: quito los cables y los postes viejos que peligran caerse con el próximo viento. El resto me complace, el barrio está lleno de sol y aire limpio.
Espero pasar muchos otoños mirando a través de esta ventana como se desnuda nuevamente el fresno, porque lo especial es que no sólo es mía, a diario también la abre, se asoma al balcón y por las noches la cierra el hombre con quien decidí compartir mucho más que ventanas.

8/2/12

la visita que trajo la lluvia

Después del período de sequía finalmente llovió. Como soy una mujer del asfalto, todo lo que ocurrió después de la lluvia en los escasos metros cuadrados de césped que ahora tengo, me deslumbró.
La mañana siguiente a la primera lluvia apareció apostado en el umbral de la puerta del patio un bicho palo y se quedó allí tres o cuatro días. Casi ni se movía, y si lo hacía era cuando nadie lo veía. Ese bicho me encanta, era la segunda vez en mi vida que veía uno, me parece fantástico cómo puede confundirse con una ramita de árbol, y como no es asqueroso ni agresivo, con el bicho palo todo bien.
Lo que hacía años no veía y posterior a la lluvia vi, fue una repulsiva y rechoncha babosa. Algún repugnante instinto torturador debe haber en mí, porque sin dudarlo corrí en busca de la sal y me entretuve un buen rato viendo cómo la bicha se comprimía pizquita a pizquita. Allí quedó (porque todavía está) dura y seca, totalmente muerta.
Sigamos... la albahaca, el orégano y sobre todo el morrón que fue la última adquisición están hermosos, y lo estarían aún más de no ser por los cuatro hongos que no sé que tienen que venir a hacer a mi patio. Como si hubiera lugar para todos. Esos me joden a medias, no me agradan como el bicho palo pero tampoco me asquean tanto como la babosa.
Cuando ya creía que nada nuevo traería la humedad escuché a Damián a los gritos desde abajo preguntándome si quería ver una víbora...

¿Se ve?

Damián esperó a que yo termine de sacar fotos para empujar la víbora hasta la vereda


30/9/11

cinco oraciones a la hora de la siesta

Té de de manzanilla con anís, dulce de membrillo, la ventana de la sala abierta y generosa al viento que trae la lluvia.

El árbol del patio de al lado ya muestra unos tentadores ramilletes de nísperos y el otro de más acá una rosa china rosada.

Cierro los ojos para ejercitar mis oídos y escucho el motor de un auto, el trino de los pájaros y el aviso de un mensaje nuevo en mi celular.

No llueve más.

Estoy lista para lo que viene (que venga lo que venga, acá esto yo).


28/9/11

hola mundo

Ahora que el frío se fue al norte, donde lo esperan con muñecos de nieve, guirnaldas, luces, garrapiñadas y renos; te propongo abrir más seguido la ventana.
Que sea lo que la ventana te deja ver, y no lo que pasan en la tele, tu primera visión del mundo.

Mi primera visión del mundo, hoy: 28 de septiembre de 2011



18/6/11

seguros gracias a los terceros

"Ahora pensamos que las calles son peligrosas y no dejamos bajar a jugar a los niños,
pero son peligrosas porque no hay niños. La seguridad no la da la policía,
ni las cámaras sino el que haya gente en las calles, niños jugando".
 Psicopedagogo italiano Francesco Tonucci (Frato)

Hace tiempo vengo pensando en esta frase que llegó a mí como firma de alguien que no conozco en una cadena de mails. Lo que dice Tonucci es lindo y puede que tenga razón, pero hasta cierto punto. Creo que no alcanza con que haya gente para que un lugar sea seguro, hace falta gente comprometida con el otro. 
Digo esto porque muchas veces he escuchado relatos sobre asaltos ocurridos a la vista de todos, y que sin embargo nadie hace nada para ayudar a la víctima. En parte por temor a ser víctimas de una emboscada para ser asaltados ellos mismos, y en parte porque lo que importa es el problema propio y los demás que revienten.
Por más rejas y alarmas instaladas, tarde o temprano tenemos que salir a la calle, todos, nadie escapa; y ahí no hay barrotes que nos aíslen ni sistemas electrónicos de seguridad que nos alerten. En la mayoría de los casos tampoco hay policías. Afuera, los ciudadanos nos tenemos a nosotros mismos.

7/5/11

Paulino


 Llegó escondido en una bolsa de papel madera uno de los primeros mediodías de mayo. Reflejaba su mirada el temor a ser rechazado, como les suele pasar a sus antepasados de cemento portland desde que los adultos descubrieron que asustan a los niños. 

Entró presentándose como el hermano mellizo del que conocimos en la casa de los papás de Vic, y como primo lejano del que vivía con el padre de Amélie Poulain, famoso por haber sido el primer enano de jardín en salir a conocer el mundo. 

Sin embargo, aclaró que nada tenía que ver con esos siete mineros que, según sus palabras, "se pasan la vida pendientes del bienestar de una princesa pálida que tuvo el tupé de caerles en la casa y quedarse a vivir con ellos, hasta que un día como si nada se marchó montada en las ancas de un corcel con un buen mozo de casi dos metros de alto". 

Dijo que lo llamemos como queramos, porque esa era tarea nuestra; pero advirtió que será difícil que responda a otro nombre que no sea Paulino.

Pasó hasta el patio tarareando "Lamento boliviano", y luego de repasar cada rincón con la mirada, se instaló contra la pared del fondo para que lo bañen las flores de la rosa china que se caen del jardín de al lado.


27/3/11

el gol de Riquelme y el no gol de Gabriel

Luego de casi un año sin hacer un gol, el "enganche" de Boca, Juan Román Riquelme, le metió uno de tiro libre a Colón de Santa Fe, en Santa Fe. En ese preciso momento, a 25 kilómetros, en un banco de la plaza 1° de mayo, de la ciudad de Paraná, un joven de pelo rubio y enrulado lloraba porque la chica que ahora camina ligero por Avenida Ramírez le dijo que no lo amaba. El motivo por el cual ya no lo amaba se encontraba sentado frente a la computadora cambiando la foto de su perfil de Facebook.
Algunos festejan, al mismo tiempo que otros lloran.
Siete minutos más tarde, cuando el rubio del banco decidió incorporarse y olvidarla, el perro caniche de la mujer del empleado del casino fallecía ahogado con una moneda de 50 centavos argentinos que fue a parar a sus fauces por causas que su ama pasará toda su vida tratando de establecer; mientras, en la otra cuadra Lady Gaga aturdía a una adolescente desde su iPod.
Bad Romance.
Dos metros a mi derecha, a orillas del río Gualeguaychú, un padre se esforzaba para que su hijo Gabriel encontrara fascinante pescar, y dejó pasar la tarde sin jugar si quiera dos minutos al fútbol, que es lo que el niño pretendía.