Mostrando entradas con la etiqueta gente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gente. Mostrar todas las entradas

27/11/14

tragame tierra

Vivir en una ciudad con menos de cien mil habitantes tiene sus ventajas y sus desventajas. Para mi modo de ser y ver la vida, las primeras tienen más peso, sin embargo no dejo de reconocer a las segundas.
No hace mucho fui al banco con la intención de corroborar la existencia de mi cuenta y al introducir la tarjeta en la ranura, como es obvio, se me solicitó la clave.
Me la había olvidado.
Se trataba de un número de cuatro dígitos completamente desconocido para mi.
No me detuve en preocuparme por la falta de memoria, simplemente recurrí a la mesa de entrada, donde está Marcelo y él (que también me saluda por mi nombre), amablemente hizo los pasos para generar una nueva clave.
Otra ventaja de ciudad chica viví también en otro banco, el de la provincia. Esa vez me sumé a la cola equivocada. Al llegar a la caja y presentar mi cheque, el señor me preguntó qué hacía ahí. Le dije que la vez anterior había cobrado otro cheque en la misma ventanilla (obviando que aquella vez anterior me dijeron que hiciera esa cola porque andaba con mi hija menor de dos años a cuestas). Bueno, la cuestión es que el cajero, en lugar de mandarme a freir churros y hacer la cola que me correspondía, me dijo que me pagaba igual. Y me pagó.
Y cuento estos dos casos sin detenerme a mencionar las distancias cortas que nos ahorran muchísimo tiempo, el río acá nomás, la saludable costumbre de la siesta, las bocinas sólo para saludarnos; pero como dije al principio, vivir en una ciudad de no más de cien mil habitantes también tiene sus desventajas.
Cuando le conté esta anécdota a Vivi, me dijo que era "buenísima para una sesión denominada 'Tragame tierra', dentro de un programa de radio". Poco antes de quedar embarazada de mi segunda hija saqué turno en un centro de diagnóstico por imágenes para hacerme una ecografía transvaginal, sin preguntar, claro, qué médico me la iba a hacer. La cuestión es que cuando se abrió la puerta del consultorio, el muchacho de ambo blanco que dijo "Melchiori" y esperó que yo entrara, era el primo de un ex. De mi misma edad. A quién había visto por última vez en un boliche, o en un cumpleaños, no se. La engorrosa cuestión es que me conocía con el tipo que iba a hurgar un buen rato en mi vagina con ese artefacto y ese gel, y en ese momento (sólo en ese momento) envidié a las mujeres que se hacen ecografías transvaginales en ciudades con más de cien mil habitantes.

4/7/14

Hulk

_ Papá, tenés el cuello verde - le dijo su hija la noche del cumpleaños. Él no quiso alterarse, al fin y al cabo, lo que fuera que ocasionara esa extraña pigmentación en su cuello, podía esperar al otro día. Esa noche había que celebrar la vida, Mariana era la luz de sus ojos, y si bien verla tan grande, tan mujer, hacía que los años se le derrumbaran desde el techo sobre los hombros, se sentía feliz. De todo lo hecho en la vida, su única hija era lo que más lo enorgullecía.
 
Ya de madrugada regresó a su casa olvidándose por completo del color de su cuello, al abrir la puerta Pampa saltó del sillón y fue al encuentro moviendo enérgicamente su cola. Ella se alegraba y él se alegraba también de llegar y que hubiera alguien que lo recibiera. A Pampa se la regalaron hace poco, tras la reciente muerte de otra perrita que lo había acompañado durante años. Al principio creyó que no sería capaz de superar el dolor por la pérdida de su primera compañera, pero la pequeña Pampa lamió sus heridas y se ganó el amor (y ese rincón a los pies de la cama) que tenía la mascota anterior.
 
La historia que cuento está basada en un hecho real, aunque extremadamente condimentada con detalles propios de la imaginación. El eje central, por así decirlo, es asombrosamente cierto.
 
A Mariana le daba bronca que su papá descuidara su salud, sabía que viviendo solo y con tanto trabajo, no disponía de tiempo suficiente para prepararse platos saludables. Además estaban las peñas, los viajes, las juntadas con amigos. La intranquilizaba la vida atareada, cargada de compromisos sociales y cierta exposición mediática de su padre, pero entendía que no podía hacer nada. "Él es feliz así", se repetía como quien quiere darse consuelo. Al día siguiente, fue ella la que retomó el tema de la piel, más extrañada aún, pues notó que la pequeña Pampa también estaba verde:
_ Papá, ¡mirá, la perra está verde igual que vos!, capaz que te contagió algo.
Mariana no salía del asombro y el tampoco. Era consiente de los desarreglos alimenticios de los últimos días, de hecho ya andaba mal del hígado otra vez; pero ¿qué tiene que ver la perra?. Todo era tan extraño que no encontraba explicación lógica, ya iría al médico si la cosa empeoraba, pero por lo pronto solo pensaba en el partido contra Nigeria y la posibilidad de viajar a verlo, tal como le había propuesto un amigo. Las posibilidades de ver jugar en vivo a la Selección no es algo que se de muy a menudo, ni siquiera cada cuatro años, y esta vez el Mundial es acá nomás -pensó.
No tenía que poner un mango, lo único que tenía que hacer para estar el miércoles en Brasil era mandar la confirmación y sus datos a la agencia de viajes.
Y eso fue lo que hizo.
 
El lunes fue a trabajar con dos cuartos de cada hemisferio cerebral pensando en Di María, Lavezzi, Mascherano, ¡en Messi!. -¿¡Cuándo carajo voy a poder ver jugar a Messi!?-, se preguntaba, convencido de la decisión que había tomado, a medida que la ansiedad por ver con sus propios ojos al equipo de Sabella iban en aumento. Su garganta gritaba goles enmudecidos, censurados por la rutina del arranque de la semana en la oficina; pero de a poco, como quien va entrando en un túnel oscuro, su sueño mundialista se esfumó. Uno a uno sus compañeros de trabajo le decían que lo notaban un tanto verde, sobre todo en el cuello y en la cabeza. El se miró las manos y vio que también estaban verdes, aunque con menor intensidad. Por primera vez en esta historia, el hombre se asustó y salió de la oficina en busca de asistencia médica.
 
El medico que lo revisó advirtió la inflamación hepática e intentó quitar las manchas verdes de sus manos, fregándolas, pero no lo logró; entonces le pidió análisis de urgencia.
_ ¿Pero qué puede ser, doctor? - preguntó afligido.
_Puede ser cirrosis; aunque usted no tome alcohol, la cirrosis puede producirse por una alimentación elevada en grasas. De todos modos no nos aventuremos a diagnosticar ahora, vaya, hágase los estudios y venga cuanto antes.
El bioquímico que lo atendió también opinó:
_Puede ser pancreatitis, pero quédese tranquilo que con unos días internado y con suero se pasaría; eso sí vaya olvidándose de las comidas a las que está acostumbrado. 
 
Chau Sabella. Chau Mundial. Chau decime-que-se-siente.
 
Canceló el viaje. Buscó "cirrosis" y "pancreatitis" en Google, y los síntomas que aparecían en la pantalla poco a poco iban manifestándose en su cuerpo.
 
Pasado el mediodía regresó al laboratorio para retirar los análisis y llevárselos al médico. Le dijo que sigue con el hígado inflamado y que será conveniente que permanezca 24 horas en observación para ver cómo responde. El verdor en su piel podría deberse a una intoxicación, una alergia, o estar causada por una ropa nueva.
 
_Ropa nueva, -pensó el hombre de camino a su casa-.
 
Introdujo la llave en la cerradura de la puerta que da a la calle, saludó a Pampa, y caminó sin detenerse ni medio segundo hasta llegar a la habitación, quitó el cubrecama con decisión, tomó la sábana por su extremo inferior y se restregó las manos como si estuviera secándoselas con una toalla. Las manos quedaron verdes.
 
Nadie fue testigo de la reacción de este pobre hombre al concluir, horas antes del partido (que podría haber visto en vivo) entre Argentina y Nigeria, que lo que ocasionaba el verdor en su piel eran las sábanas. Es cuestión de imaginarla.

 

18/4/14

Casi mil personas, un mismo apellido


Allá a lo alto, delante del portón de ingreso a una de las naves de los galpones del puerto de Gualeguaychú colgaba un cartel lo suficientemente grande como para que desde cierta distancia pudiera leerse con facilidad: "Bienvenidos. Ben vindos. Benvenuto". Se trataba de las palabras de recibimiento para los participantes del séptimo encuentro de la familia Taffarel, que por primera vez tenía a esta ciudad del sur entrerriano como sede.

Estaban invitados todos los que forman parte de algunas de las ramas del inmenso árbol genealógico de esta familia que nació en el Véneto del siglo XI, y que como muchas otras, formó parte de la oleada inmigratoria hacia Sudamérica ocho siglos después. Algunos quedaron, claro, y hoy sus descendientes se relacionan con los descendientes de quienes vinieron, a través de las redes sociales. Al llegar a costas brasileñas parte de la familia se quedó allí, mientras que otros siguieron su viaje hasta lo que hoy es Larroque, una pequeña ciudad ubicada a 50 kilómetros de Gualeguaychú, donde según dicen, la mitad de los habitantes son o descienden de los Taffarel.

Así empezó todo. Es por eso que en este encuentro, a modo de bienvenida los anfitriones realizaron una teatralización de lo que fue la llegada de los ancestros a América, y para ello no sólo se vistieron como en la época sino que utilizaron un barco y el río Gualeguaychú como escenario. Hubo aplausos, y lágrimas, y más abrazos; sobre todo entre los mayores, que tenían más presente el relato del desembarco.

"Dalla Italia noi siamo partiti
Siamo partiti col nostro onore
Trentasei giorni di macchina e vapore,
e nella Merica noi siamo arriva'...", cantaban.





En el interior del salón, en un rincón a la derecha del portón de ingreso estaba Edie. Con sus 78 años de pie, e indiferente a la música de moda que empezaba a retumbar en el lugar, explicaba con extrema dedicación lo que representaba cada uno de los óleos allí expuestos. Los había pintado ella, y pertenecían a su colección sobre la historia de la familia. Uno mostraba un par de campanas que el abuelo Luís trajo de uno de sus viajes de regreso a Italia con el fin de que sean colocadas en la capilla de Talitas. Hoy sólo repica allí una de ellas porque a la otra se la llevaron hace tiempo a Urdinarrain “no sé con qué permiso”, agregó Edie con un gesto de indignación que se le pasó rápido. Dio un paso a la derecha y se detuvo frente a una procesión de inmigrantes recién llegados a una estación de tren: mujeres embarazadas, niños pequeños, hombres y algunos muchachos vistiendo los birretes de la guerra; porque así los había visto ella en una de las fotos que conserva de la época. Más allá, una docena de hijos y nueras trillando soleados campos de trigo, junto a las máquinas que también le tocó traer a Luís. Y para el final, como corolario del relato histórico de la familia, Edie deja dos cuadros. Ambos la llevan a un mismo lugar: una casa de gruesos muros de piedra que todavía existe en una esquina de Treviso, se trata de la misma que un siglo y medio atrás dejaron sus bisabuelos Antonio Taffarel y Caterina Zanetti. Tres veces intentó Edie conocer ese lugar, pero los viajes al país de sus raíces no se dieron: “Ahora en unos días va a ir mi nieta, como viaje de bodas, y es como si fuera yo. Le pedí que me trajera un poquitito de tierra”.

Edie hubiera seguido en ese rincón relatando la historia de la familia quién sabe por cuánto tiempo más, pero una de sus sobrinas se la llevó del brazo para sentarse a comer, y a paso lento se perdió entre la parentela.

La noche terminó con un baile, y al otro día, temprano, todos a Misa. Otra sana costumbre que también bajó del barco. Curas no faltaban, porque además del párroco de la Catedral, entre los Taffarel había dos sacerdotes. Uno de ellos, de nacionalidad brasileña, asegura con orgullo conservar intacto el dialecto que le enseñaron sus abuelos, algo difícil de escuchar hoy en Italia, de no ser por algunas personas mayores. Ellos, a un océano de distancia y durante años, lo mantuvieron vivo hablándolo en su casa, transmitiéndolo de una generación a otra. Fueron las ganas de conservar la cultura, atesorar los orígenes y de que lastime menos el desarraigo.

Parte de eso son también estos encuentros familiares. Reconocerse en una historia en común, en tres Himnos nacionales, tres banderas (o cuatro, incluyendo a la de la región del Véneto, que también fue ceremoniosamente portada al inicio del encuentro), una vieja fotografía, un escudo, la misma sangre, y un mismo apellido.

Foto: Ricardo Santellán.

15/2/14

el cornetero


Ayer se realizó la noche inaugural de los corsos populares, una fiesta carnestolenda auténtica que late intensa y vigorosa todos los febreros. Irregular y asimétrico desfile de carcajadas, algarabía y sudor de barrio. Hay serpentina, agua-nieve, choripanes a la venta en las cantinas, colores, papel picado; y colombinas de toda la periferia.
Desde dónde yo estaba, que no era ahí, imaginé a Julián [ojos color del barro] mirando hacia arriba. El cielo ya a oscuras, cubierto por las bocas abiertas de las cornetas. El nerviosismo del coordinador, que él no llegaba a comprender del todo pero le alcanzaba para saber que aquello era algo importante, y que al final, como en el fútbol, se podía perder o se podía ganar. A un costado resguardando sus pasos estaría su mamá, orgullosa, enamorada. Pensé que Julián estaría hermoso con su traje de friselina sosteniendo su propia corneta, igual que la de los demás, con los mismos motivos pintados con esmalte brilloso sobre la hojalata, pero acorde a su tamaño de hombrecito de cinco años. 
Sabía lo que tenía que hacer porque lo había ensayado varias veces allá en la casa de la mamá de Sebastián, en calle Jujuy pasando Seguí. Además, el día anterior cuando fueron a una radio, tras escucharlo tocar, la periodista que le preguntaba un montón de cosas lo felicitó y al final todos lo aplaudieron.





4/9/13

visitas guiadas

Lo que voy a relatar ahora probablemente ocurra en todas las visitas guiadas, o al menos en las que se generan en torno a la vida de un personaje de la historia cuyos actos han originado controversias entre admiradores y detractores. Justo José de Urquiza aún los tiene, y en cada contingente de turistas que llega al imponente palacio que el general construyó de la manera más europea posible y donde vivió hasta ser asesinado a balazos, se encuentran ejemplares de cada bando.
Al comienzo del recorrido todos permanecen callados y atentos a las prolijas descripciones del guía, pero a medida que la visita avanza van tomando confianza y se sienten preparados para ampliar la información suministrada, emitir opinión e incluso disentir con el relato. Entonces, empiezan a destacarse del resto, urquizistas y rosistas. Y todo sirve, hasta el más ínfimo aspecto de la vida doméstica, para desprestigiar a uno o a otro. ¡Me olvidaba! el que también entra en la jugada es Domingo Faustino Sarmiento, el padre "delaula", quien anduvo de visita por el lugar y según dicen, regresó a Buenos Aires sorprendido de los avances de los que eran capaces los hombres de las provincias. (El Palacio San José fue la primera construcción con sistema de agua corriente del país).

La última vez que recorrí el palacio fue en un grupo compuesto por un par de señoras probablemente solteras y claramente enamoradas de Urquiza, que conocían todos los detalles sobre su vida y eran capaces de perdonarle tanto su retiro de Pavón, como su apoyo a los aliados contra Paraguay. Y si alguien cuestionaba la frondosa descendencia del entrerriano, ellas lo justificaban diciendo que era un hombre apuesto. Pero no les fue fácil llenarlo de laureles, pues también nos acompañaba un matrimonio con acento porteño que fueron los encargados de agregarle los "pero" a las alabanzas, y de recordarle al guía lo mucho que también había aportado al federalismo Juan Manuel de Rosas. 
A la frutilla del postre de este paseo, y lo que lo hace más suspensivo aún, la obtuvo Damián, él escuchó cuando una de las septuagenarias admiradoras le dijo a la guía al terminar la visita: "Gracias querida, me refrescaste todo lo que ya sabía".


24/4/13

el dolor del asfalto


Andando por las calles de mi ciudad es probable que te encuentres con alguna estrella color amarillo pintada sobre la calzada, y si no se despintó por el paso de las ruedas, también podrás notar que dentro de la estrella  hay un nombre y una fecha. 
Se trata de la campaña de estrellas amarillas que también se realiza en otras ciudades argentinas.
Allí donde hay una estrella murió una persona producto de un accidente de tránsito. Los que llevan adelante esta campaña prefieren no decir "accidente" sino "hecho" de tránsito, por tratarse de acontecimientos que pudieron haberse evitado de no ser por el negligente incumplimiento de la ley por parte de uno o todos los involucrados. 
En Gualeguaychú ya se han pintado casi cincuenta estrellas. Y quedan otras por pintar. Nadie lleva la cuenta de cuántos han muerto en las calles. Parece mentira que sean tantos. Es necesario y es urgente que una vez que se pinten las que restan no haya nuevas por pintar.
En la esquina de mi casa hay una estrella que lleva el nombre de Miriam, una joven madre que venía desde el norte por calle Magnasco, conduciendo el auto acompañada por sus hijitos. Recuerdo el ruido del impacto. A mi vecinos, a mi suegro, a Damián yendo a socorrerla. El pavimento ardía porque era verano y su cuerpo tendido y dolorido sobre el asfalto no encontraba alivio. Los chiquitos lloraban y gritaban mamá, y las empleadas de la panadería los abrazaban. Cada minuto sin la ambulancia fue una hora, o una eternidad.
Miriam había frenado porque el semáforo estaba en rojo y avanzó cuando se puso en verde, pero un camionero que transitaba por el bulevar no cumplió las reglas y siguió andando cuando debería haber parado. Chocó el auto de Miriam, la puerta de abrió, y ella, que no llevaba cinturón de seguridad (porque en la ciudad para qué) salió despedida.
La campaña invita a la reflexión. Algunos se persignan y elevan una plegaria por ese ser que abrupta y dolorosamente se fue. Es que tenés que ser de piedra para no conmoverte al pasar por una estrella. Tenés que ser de aire para no ponerte el casco cuando andás en moto. Bastante zonzo si crees que no hace falta el cinturón en la ciudad. Necio si pensás que todo lo podés, incluso atender el celular cuando vas a volante. 
Ser parte de a masa del tránsito implica un compromiso mucho más serio del que crees. Es la vida de las personas lo que se pone en riesgo ahí afuera.



10/2/13

la fiesta


Como una piedra que alguien tira al río, el carnaval se propaga como ondas alrededor del corsódromo. El tranquilo barrio de vecinos que recién ahora están acostumbrándose a ver el pavimento en la puerta de su casa, convulsiona cada sábado de verano. Autos por doquier. Los quioscos y las despensas abiertos toda la noche. Pelucas de colores. Agentes de tránsito. La Policía. Los turistas preguntando cómo llegar. Y la música de las comparsas que no deja dormir, por eso es mejor sentarse en la vereda y sumarse a la fiesta.

Da la sensación de que Gualeguaychú todavía no puede creer lo que pasa. Desde que en Argentina se recuperó el feriado de Carnaval, esta ciudad del sur entrerriano se convirtió en el epicentro de los festejos. Por los tres accesos de la ciudad se ven entrar autos constantemente. Y tal “invasión” genera trabajo y alegría, pero también algún temor  (como cuando para algún encuentro familiar caen a la casa más parientes y amigos de lo imaginado), y entonces se escucha a la gente preguntarse si alcanzará el agua, si habrá cortes de luz, plata en los cajeros y dónde se alojarán todas estas personas.

El barrio del corsódromo verdaderamente se transforma, y por fuera del enrejado de la pasarela el carnaval también se festeja.

Kamarr se estaba yendo y Ará Yeví estaba lista para su turno. Faltaban cuatro minutos para la medianoche. Beto, en su puesto de venta de cotillón carnestolendo, estratégicamente ubicado a pocos metros de la entrada principal del circuito, le colocaba un espaldar lleno de brillo y plumas a una turista salteña mientras el marido preparaba la cámara. Por 15 pesos podía sacarse todas las fotos que quisiera y sentirse pasista o bastonera por un rato. Cuando ella terminó de jugar él también quiso su foto. Beto cobró quince más y él, aunque vestido de jeans, camisa, y lentes con aumento, se calzó otro espaldar.

Cuando la ciudad deja de ser la sede del carnaval y recupera su habitual ritmo de pueblo grande, Beto es uno de los choferes de las ambulancias del hospital. Pero cuando llega el verano divide su tiempo y cansancio entre sus dos trabajos. Este año invirtió tres mil pesos en plumas para armar los espaldares. Uno de sus hijos confeccionó un montón de tocados para vender, y su mujer quedó a cargo de la caja. Contando a la pareja de Salta, ya eran 250 quienes le pagaron por una foto esa noche. Beto estaba contento.

La música de Kamarr se escuchaba lejos y alzando la vista desde la calle podía verse a la carroza de apertura de Ará Yeví en el otro extremo de la pasarela, lista para avanzar. En el bar de la esquina cuatro chicas con antifaces compartían una cerveza, mientras otra, con una pluma rosada en la cabeza bailaba en plena calle y alzaba su copa ante los desconocidos que la piropeaban. Los agentes de tránsito y los policías, serios en el centro de la batahola, la miraban con zozobra. Unos metros más allá, aclimatados con el espectáculo, una familia entera pasaba el rato en la vereda.

No había remises libres, ni lugar donde estacionar. Tampoco se escuchaban sirenas. Sólo los ruidos de la alegría, y allá arriba el cielo acompañaba con estrellas. Eran casi la una de la madrugada y seguía la fiesta…

Apurad, que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta*.

*Segmento de “La Fiesta”, de Joan Manuel Serrat

2/2/13

cambio de personalidad

Sólo bastó que dejáramos de ser quienes éramos para ponernos a jugar. La profe de inglés con un embarazo de cuatro meses, el arquitecto aficionado por el bikepolo y la periodista, jamás lo hubieran hecho. Pero la muñeca pepona, el malo de la película de Scream y la ratona, sí.

26/1/13

todos tenemos algo con qué impresionar a los demás

Yo puedo mover las orejas y descalzar ambas caderas. También soy capaz de doblar la primera falange de mi índice dejando bien recto el resto del dedo.
Ana, mi compañera de aire de cada tarde puede poner así su pulgar:



Y vos?

25/1/13

city tour


La costanera estaba llena. De gente, de risas, de música, de perfumes, de plumas, de ojotas, de cerveza, de sol. En el puerto, frente a la plaza Colón se ofrecían paseos en lancha por el río Gualeguaychú y Uruguay. A un costado, interrumpiendo el tránsito de calle Del Valle se instaló la feria de artesanías, y los turistas pasaban de maravillarse con las prolijísimas pulseras de macramé, a preguntar los precios de los cuchillos y luego de los mates y más allá una señora de caderas anchas se probaba un pareo. Ahí cerquita, el bus que nos llevaría a recorrer la ciudad estaba todavía estacionado a la espera de más pasajeros, cuando un matrimonio de unos treinta años (de casados) se sumó al tour. Y entonces el chofer puso primera y arrancó:


Lento pero ininterrumpido. Había mucho para ver y también eran muchos los autos cuyos pasajeros, al igual que nosotros, paseaban por Avenida Morrogh Bernad. Fuimos bordeando el río Gualeguaychú  pasando por los obeliscos, la heladería, el hotel, la parrilla, el casino, el balneario y la piscina pública hasta llegar al puente naranja, el puente Méndez Casariego. Mientras lo cruzábamos muchos hubiéramos preferido que se detuviese en el medio, porque desde allí la vista era fantástica. A ambos lados. El sol reflejaba fuerte sobre el agua y el río parecía de plata. Y dispersos entre costa y costa flotaban veleros, kayaks, lanchas, piraguas, canoas, un catamarán y muchos de esos coloridos bicibotes. Allá a lo lejos las playas se veían abarrotadas de gente. Como hormigueros. Chiquititos, uno pegadito al otro.

Se terminó el puente y nos zambullimos en el verde del parque. Ceibos. Talas. Espinillos. Tipas. Eucaliptos. Un papá atajando penales. Una nena en bici con rueditas. Unos novios tomando mate. Bajo la sombra, una familia numerosa ocupaba una de las mesas de madera, y unos pasos más allá los restos de la leña yacían sobre una parrilla. Pocas ciudades tienen un parque tan hermoso. ¿Pensarían lo mismo el resto de los pasajeros?

El matrimonio resultó ser de Villa Libertador San Martín. Habían pasado más de diez años desde la última vez que visitaron Gualeguaychú. Para ellos el recorrido fue como conocerla de nuevo. Le sacaron fotos a la plaza y a la Catedral, descubrieron la casa más antigua de la ciudad, ponderaron el aspecto del teatro remodelado y al llegar a la avenida Rocamora extendieron la vista hasta la copa de las viejas palmeras. Él recordó que “antes los corsos se hacían acá”. Hablaron de las comparsas, de las majestuosas carrozas y de los laboriosos detalles de los trajes. La noche anterior habían estado en el carnaval, pero esta vez el corsódromo los sorprendió desnudo; como un gigante echado al sol.

El colectivo bordeó el corsódromo y tomó por Avenida Parque hasta reencontrarse con el puerto, el paseo Nicaragua primero y el muelle de los pescadores después. A la izquierda los galpones y allá enfrente, en la isla, ese extraño castillo. Y nuevamente los artesanos. Y el guía del catamarán. Y un señor ofreciendo departamento para alquilar. Y las ojotas. Y los helados. Y  los turistas probándose espaldares y tocados. Y la música. Y el sol ya más bajo.

23/8/12

nervios

Están los que se comen las uñas, los que se muerden los labios, los que hacen movimientos cortitos y repetidos con los pies, los que se suenan los nudillos de los dedos de las manos, los que encienden un cigarrillo tras otro.
Todos (creo) tenemos o hemos tenido alguno de estos hábitos que por lo general se adoptan en situaciones en las que debemos controlar los nervios.
Recuerdo a compañeros del colegio masticando la punta del lápiz capitán en la hora de matemática, incluso la de aquellos lápices que tenían una pequeña gomita rosada; pero nunca había visto a alguien dejar a las lapiceras en este estado:

Lapiceras sobre la mesa del estudio de la radio

26/5/12

el principio

Todos, alguna vez empezamos algo. Una conversación, una comida, una historia de amor, un dibujo, la composición de una canción, un viaje, un día, un texto...

“Puro engaño de inocentes y desprevenidos, el principio nunca ha sido la punta nítida y precisa de un hilo, el principio es un proceso lentísimo, demorado, que exige tiempo y paciencia para percibir en qué dirección quiere ir, que tantea el camino como un ciego, el principio es sólo el principio, lo hecho vale tanto como nada”.

Pasaje de La Caverna, de José Saramago.

1/5/12

la marcha que no se detiene


El joven de la bandera, el que va de la mano con una chica rubia, tenía diez años cuando se realizó la primera marcha; sus padres le habían llevado la bicicleta y una pelota para que no se le hiciera aburrida la caminata y para que jugara con los demás chicos. Hace dos meses empezó a cursar la carrera de Abogacía porque quiere defender los derechos de los ciudadanos.
Las marchas sobre el puente internacional que une Gualeguaychú y Fray Bentos se vienen realizando desde hace ocho años el último fin de semana de abril, y el propósito de quienes participan es reclamar que la fábrica de pasta de celulosa UPM – Botnia, de capitales finlandeses, sea desinstalada; pues aseguran que su producción es altamente contaminante.
La primera fue el 30 de abril de 2005. En ese entonces Botnia era una inmensa explanada rodeada de obradores al lado del puente, lo que auguraba una fábrica de dimensiones nunca antes vistas en la zona, ni de uno ni del otro lado del río.
A pesar de los cánticos, las banderas, los cortes de ruta, los muchachos de Greenpeace jugando a salvar el mundo, los brillosos caireles de la reina del carnaval en la cumbre de presidentes en Viena, los estudios científicos y los escalofriantes testimonios de los vecinos de Valdivia y Pontevedra, la construcción concluyó y la fábrica comenzó su producción de pasta blanca para papel a fines de 2006.
Sin embargo, el siguiente abril la gente volvió a marchar.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y hoy, el más frío de los ocho últimos domingos de fines de abril, también marchan.
En los casi cuarenta kilómetros de recorrido entre la ciudad y el puente los autos de los manifestantes se diferencian del resto por las banderas argentinas que flamean amarradas de las ventanillas; algunos muestran su asistencia perfecta a las marchas con las calcomanías que identifican a cada una de las ediciones pegadas en la luneta.
Octava marcha. Puente Gral San Martín. 29 de abril de 2012. (Foto: Gustavo Rivollier)
Cada tanto, carteles pintados a mano y colocados más allá de la banquina impactan con frases como “Salvemos al río Uruguay”, “Sí a la vida”, “Vamos al puente” y “Gobierno uruguayo violador”.
A mitad de camino, en el kilómetro 28, aún permanece el refugio de Arroyo Verde; un pequeño salón levantado al lado del arroyo donde los asambleístas se reunían, y que en los tiempos de mayor euforia fue declarado paraje histórico cultural por la Legislatura entrerriana. Ahí mismo, un acoplado y una tranquera mantuvieron cortado el tránsito durante tres años y medio.
Con tanto para ver el recorrido se hace corto. Al llegar al lugar de la protesta, los agentes de Tránsito de la Municipalidad de Gualeguaychú ordenan a los autos. También llegan los micros de larga distancia con vecinos de diferentes barrios de la ciudad, a los que las empresas trasladaron sin cobrarles un centavo.
Familias enteras cargando canastos de mimbre y reposeras van llegando a la cabecera del puente. Se ubican y empiezan el mate mientras otros van encendiendo las brasas para asar chorizos, y más allá unas señoras derriten grasa para hacer -y vender- tortas fritas. Colores, saludos y olores son traídos y llevados por el viento frío.
Los periodistas, en su mayoría de medios de comunicación de Gualeguaychú, caminan ansiosos entre la gente perpetuando testimonios en sus grabadores y blocs de notas. También está esta vez el puesto de venta que tiene la Asamblea para recaudar fondos; todo objeto al que se le pueda estampar una frase tiene escrito “No a las papeleras” o una segunda opción un tanto más amplia: “Sí a la vida”. Y como cada año, tampoco faltan los dirigentes políticos incapaces de perderse la oportunidad de quedar bien con el pueblo.
Una vez realizada la oración ecuménica a cargo de representantes de todos los credos, empieza la marcha. Al frente de la multitud van los más chicos, los integrantes de la Asamblea Juvenil, que sostienen un cartel tan ancho como la ruta, que dice: “Salvemos nuestro futuro, paremos la contaminación”. Más allá, los ambientalistas uruguayos que llegaron hace dos días desde Montevideo y La Paloma levantan la bandera oriental. Entre todos ellos camina un padre con su gurí sentado en sus hombros, el chico se saca la campera y la madre se acerca por detrás e intenta volver a ponérsela. Es en vano, más allá vuelve a quitársela y esta vez la tira al piso. Una pareja de novios comparte besos y mates, dos amigas se fotografían y una nena vestida de rosado pasa esquivando gente arriba de sus patines.
La protesta tiene poco grito y puño en alto, más bien se parece a una tarde de otoño en el parque de la ciudad.
Este es su modo. Así fue en el abril de 2005 y así fue el siguiente, y el siguiente, y el siguiente; y así dicen que seguirá siendo hasta que cumplan su objetivo.


25/4/12

por los ríos de la memoria

Paranacito se llama la Villa y Paranacito se llama el río que la aloja, la atraviesa, y algunas veces, sin piedad, también la cubre. Ese río, y todos los demás que entraman inmensas hectáreas de humedales, identifican al lugar y más aún a su gente: los isleños… o isleros, como resolví llamarlos. Las mujeres y los hombres que crecieron mirando al río ven distinto. El río los hizo observadores, pacientes, reflexivos, los volvió reservados ante lo que viene “de afuera”. Les contagió el andar sereno y el olor del agua dulce, les arrugó el cuero de tanto reflejarles el sol y erizarlos con el viento. Saben respetarlo y no hacerle reproches cuando se lo lleva todo. Se adaptan a él, a su curso, a sus humores, a sus vaivenes. La gente vive tanto de éste como del otro lado del Paranacito. Allá enfrente está el hospital con un barco-ambulancia amarrado a la costa, y una estación de expendio de combustible sobre el agua donde cada tanto para una embarcación; pero de este lado están la parroquia, la Municipalidad, la terminal de ómnibus y los almacenes. Todas las familias tienen una lancha, algo mucho más necesario que un auto, y navegan de una costa a la otra como los porteños cruzan la 9 de Julio.
Villa Paranacito
Villa Paranacito, fácilmente localizable en un mapa del delta entrerriano, no es una ciudad grande, pero tiene su centro comercial con locales de venta de indumentaria femenina, sus paseos públicos, su avenida principal y su santa patrona Señora de las Islas, que parada sobre un camalotal sostiene en brazos al niño Jesús. También tiene sus barrios periféricos con veredas indefinidas, charcos y calles de tierra donde abundan perros, gallinetas y niños. Por allí, desde hace 66 años, vive Juan, un lanchero jubilado que trabajó para Celulosa Argentina durante mucho tiempo.
Juan ha visto correr mucha agua, hay imágenes y frases que no se le borran, que de apenas recordarlas le vuelve a latir nervioso el corazón y aunque pretenda no logra disimularlo. Juan todavía está asustado. Lo asustaron tanto que ni siquiera nos permite dar a conocer su nombre, porque “no sea cosa que vuelvan los milicos”. Nos recibe en su casa levantada con tablas flacas de madera del lugar, en el fondo del terreno de una construcción más solvente donde vive su hija. Nos ofrece de asiento un tronco y una silla de plástico blanco, de esas que se apilan. Las paredes no detienen el frío húmedo, entonces, para qué cerrar la puerta. Acodado a una mesita de madera donde apoya el termo y un paquete de cigarrillos, se dispone a desandar los años, a remar hacia atrás. La primera vez que fue al destacamento de Prefectura y contó que había visto el cuerpo de un hombre maniatado y ahogado entre los juncos del Paraná Bravo, ahí donde se une con el río Guitierrez, le dijeron que cerrara la boca y que si no era familiar suyo no hiciera nada porque le iba a pasar lo mismo. Fue hace poco más de 30 años. “En la época del Mundial”, recuerda. Lo contó esa vez y no lo contó nunca más. Hubo un tiempo en el que se subía a la lancha para hacer su trabajo de chofer de la empresa y sabía que en algún tramo del río iban a asomar unas manos atadas por la espalda; y una vez más, iba a seguir de largo deseando no haber visto nada, deseando con todas sus fuerzas no haberlos visto nunca y no volver a verlos más. Seguía su recorrido forzando tanto ser indiferente que no puede decir si los cuerpos que veía eran de hombres o si se trataba de mujeres, tampoco puede asegurar que estuvieran desnudos, pero cree que no…
Detiene la cebada y parece que detuviera el tiempo, arruga el ceño, se concentra para ser más preciso e indica: “Veía más o menos uno por semana, y sí… era el año 78”. El silencio del lanchero nos envuelve. Permanece, estático, callado y nadie es capaz de violentar ese momento. Juan debió ser un hombre rubio, porque sus canas son de una blancura espesa y de apariencia sedosa. Dijo que tenía 66, pero parece mayor. Se ha ido quedando encorvado como los sauces y sobre sus manos curtidas viene avanzando una irreversible artrosis que se me ocurre dolorosa. Detrás de él, cuelga sobre la pared el almanaque que regalaron a principio de año en el almacén, y a un lado, sobre la diminuta repisa, un sólo portarretrato con la foto del nieto. A su derecha la heladera de puerta corroída y ahí nomás, una cocina vieja con tres hornallas. Finalmente el silencio se rompe. Llega su hija con las compras y el gurí del portarretrato le pide dibujitos animados desde la otra pieza; entonces Juan, súbitamente regresa y saca temas irrelevantes, se afloja hablando de cosas más agradables, y estira la charla, y alivia la memoria.

10/4/12

dos rayitas y al muro

Me dice Ana, mi compañera de aire de cada tarde con su cuenta de Facebook abierta frente a su grandes ojos: "No, no puede ser... una loca le sacó una foto al test de embarazo y la publicó". Tras una breve pausa y sin perder la sorpresa, agrega lo que "la loca", (que es una amiga de una amiga suya que en realidad más que una amiga es su vecina) dice: "Después de un mes y medio de retraso había que sacarse la duda".

No se qué me suspendió más, si el hecho de que haya publicado la foto del test con la lengüeta piyada y todo ¡o que se haya aguantado tanto hasta sacarse la duda!

5/4/12

tetrix

Entré a Twitter para matar el tiempo de espera hasta que esté la cena, y después de cerciorarme de haber leído todas las menciones, mensajes directos y twits de quienes sigo, observo que la primera tendencia era #MeEnamorasSi. 


Hago clic para ver qué decía la gente y me encuentro con una gran cantidad de motivos, de razones y condiciones para ganar corazones: "Me enamoras si eres fan a muerte de Green Day", decía una chica. Otra aseguraba que la enamoran si en vez de invitarla al cine la llevan a la cancha. "Me enamoras si muerdes mis labios", aseguró un tal Andrés, y una mina con pinta de rockera puso: "Me enamoras si estás en una banda". El más cursi que encontré fue: "Me enamoras si me hablas como bebé y me das besitos de pez cuando esté molesto".


En fin, todo esto me llevó a pensar en lo dificultoso que es encontrar alguien con quien encajar. Sería imposible, estimo yo, que la chica que prefiere ir a la cancha le de calce al pibe de los besitos de pez o que la fanática de Green Day suspire por el cantante de tango. Y así es como está lleno de decepciones, fiascos, fracasos, tragos empalagosos o amargos o secos, rebotes, terapias, corazones rotos, almohadas saladas.
A pesar de la cantidad de medios para encontrarnos, no es nada simple que se de el encuentro. El verdadero encuentro. El de las palabras claras, las miradas pausadas, el sudor de las manos, el del cariñoso escrutinio... y que después de eso, vaya si es complejo, sean más las coincidencias y la sangre siga alborotada. 



9/3/12

canciones del gajo al suelo

No existe otra especie sobre la tierra capaz de crear, sólo los seres humanos tienen creatividad y llegan a ser artistas. El hombre pinta, esculpe, toma fotografías, escribe poesías, cuentos, ensayos, novelas... dibuja, baila, canta, compone canciones, confecciona instrumentos, inventa recetas, decora tortas, hogares y salones de fiesta. También restaura muebles, recicla antigüedades. Es capaz de disponer de modo estético las plantas y los árboles en un jardín. Seguro me falta algo.
A veces me pregunto si, dejando de lado a quienes llegan a hacerse conocidos por realizar alguna de estas actividades, existe hombre o mujer que jamás haya creado.
Pareceré babosa, pero yo creo que soy justa.
Tengo la dicha de compartir los días con un artista, uno de esos que cantan y componen canciones con la guitarra. Uno que de tanto insistir con aprender, codearse con músicos, hacerle caso a eso que le sale de adentro y de la nada; que de tanto esquivar piedras, de jugarse pasando de un proyecto consolidado a otro que sólo estaba en su cabeza, y de descartar amores que no lo apoyaban, terminó sacando un disco.

Y lo presenta...

En Gualeguaychú


Y en Cedelu

http://www.damianlemes.com.ar/

22/12/11

Sartori para supermercados

Lo que parecía una zonza visita al supermercado terminó llevándome a esas carpetas donde guardé los apuntes de la facu. Es que ese cartel que los del super pusieron arriba de los crucigramas, historietas, autodefinidos y libros de cuentos me recordó a aquello del VIDEO-NIÑO.

El politólogo italiano Giovanni Sartori dice que lo que hace único al homo sapiens entre los primates, es su capacidad simbólica que se despliega en el lenguaje, en la capacidad de comunicar mediante una articulación de sonidos y signos "significantes", provistos de significado.
En la televisión, el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar; y como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que un animal simbólico, y esto, afirma el investigador, es un cambio radical de dirección  porque mientras la capacidad simbólica distancia al homo sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades ancestrales.
La televisión modifica la relación entre entender y ver, está produciendo una metamorfosis que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens, generando un nuevo tipo de ser humano.
¿Qué pasa con los chicos y la tele? Los niños ven televisión durante horas antes de aprender a leer y a escribir y de esta manera, la tele se convierte en la primera escuela del niño. Pero el problema es más grave aún, porque al hecho de que la televisión le quita al hombre su capacidad simbólica al darle "todo servido", hay que sumarle que los niños son como esponjas que absorben y registran todo lo que ven.
En definitiva, lo que Sartori denomina empobrecimiento de la capacidad de entender, metamorfosis, acercamiento del homo sapiens a sus capacidades ancestrales, los del super le dicen cerebro atrofiado y así pretenden asustar a los padres para que les lean a sus hijos alguno de los libritos que venden.


24/10/11

ver y ser visto

"Ver y ser visto" es una frase que Damián usa mucho para referirse a las vidrieras de los cafés y restaurantes. Por lo general, la gente busca sentarse en aquellos lugares donde pueda ver... y a la vez, ser vista.

Nada nuevo voy a decir si agrego que las redes sociales, sobre todo Facebook, son un claro ejemplo de estas vidrieras donde la gente  se para, se sienta y come. 
Las redes son el gran escaparate al mundo. Me muestro, te muestras nos mostramos, y por si no estamos seguros de haber sido vistos, nos etiquetamos.
La pregunta es por qué nos mostramos. Y como una pregunta siempre lleva a otra, pregunto también qué es lo que mostramos de nosotros, y qué ocultamos, de qué cosas nos desetiquetamos. 

Este último tiempo descubrí otra vidriera, menos virtual que el Face y con ruedas. Por estacionarme detrás de un Fiat Punto colorado supe que ese es el auto de una familia compuesta por un papá, una mamá, un niño que juega al fútbol, otro que juega al tenis, una niñita más chiquita que toma clases de danzas clásicas, otro nene que juega; y que tienen un gato.

2/8/11

bar

En esta mesa un hombre de más de 70, de casi 80 diría; en aquella otra dos chicos los suficientemente grandes para andar solos en la calle pero sin edad para conducir; y más allá, al lado de la ventana, un tipo de cuarenta, cuarenta y pico, cuya cabeza ya había sido avasallada por la calvicie.
Todos tensándose al mismo tiempo, aguantando la respiración aunque no lo hayan decidido, cerrando los puños, enojándose, luego aliviándose y exhalando al unísono; y repentinamente todos esperanzándose a la vez.

Si no estaban juntos, si no se conocían entre sí, ¿qué les provocaba a todos la misma reacción por igual?