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27/12/14

a mis veinte y diez

Cumplí 30 años el viernes 5 de diciembre. Antonia ya llevaba seis meses acá adentro, creciendo sin inconvenientes y haciéndose sentir a pataditas desde temprano; y yo me sentía verdaderamente plena, feliz. Recibí el desayuno en la cama, con las voces más lindas del mundo cantándome el "Feliz cumpleaños"; la imagen no se me borrará en la vida: Damián, parado en el umbral de la puerta de la habitación, sostenía la guitarra con una mano mientras Miguelina rasgueaba como podía con sus deditos gordos.
Desbordé de amor. Quise comérmelos a besos.
A todo esto, el celular vibraba anunciando la llegada de un mensaje tras otro al grupo "Locutores" que tenemos con mis amigos Mario y José en Whats app, me gastaban a más no poder, a sabiendas que había comenzado el día del año en el que me siento una reina y, jactándose de haber estado conmigo en las últimas diez ediciones, me torturaron con recuerdos que me sonrojaban, me irritaban y me también daban mucha risa. Portan una memoria envidiable y de una manera de decir las cosas que hace que los quiera mandar a la mierda y abrazarlos fuerte, todo al mismo tiempo.
Más tarde, pero siendo temprano aún, abrí mi cuenta de Facebook y encontré el mensaje de alguien a quién he visto contadas veces pero que está entre mis contactos por ser alguien a quien mi papá conoció y aconsejó en cuestiones del campo. "Tu viejo te está sonriendo desde el cielo", me dijo. Y eso, exactamente eso fue lo que sentí durante todo el día: su sonrisa y su mirada mancita siempre conmigo.
¿Cómo no eternizar tanta felicidad? ¿Cómo no celebrarlo?
Esa misma mañana tenía turno con mi ginecólogo, y sería otro regalo invaluable ver a mi niña y escuchar cómo su corazón, tan chiquitito, latía con la velocidad de quién se emociona por llegar a la meta. Tenía tiempo, así que antes de ir a la clínica entré a la Catedral donde ya habían armado el pesebre, y me arrodillé agradecida frente al Niño. Pocas veces en mi vida sentí tantas ganas de dar las gracias. Así que eso hice, decir gracias, gracias, gracias. Insistentemente, sí, porque me daba la sensación de estar quedándome corta.
En una de esas tantas charlas de pasillo en la facu alguien observó que la gente se saca fotos en los momentos felices, nunca en los tristes. Será una zoncera, pero es verdad, y supongo que tendrá que ver con cierta necesidad de detener la fugacidad del tiempo alegre (ya que el tiempo triste es demorón en irse). Dejar plasmada la felicidad en un foto es una manera de eternizarla.
Eso fue lo que le pedí a Jerónimo, que es un excelente fotógrafo, y a Natalia, productora de moda y dulce mujer: ayuda para preservar este instante feliz.
Damián me acompañó en la idea, dijo que ese sería su regalo para mis treinta.
Juliana, de Senderos del Monte, me abrió las puertas de esa mágica reserva que es un tesorito del litoral para que sea el entorno.
Florencia se encargó de ocultar defectos y resaltar lo bueno con la técnica y el arte del maquillaje, mientras que Rosario se abocó a crearme rizos de Deméter* en el pelo.



*La asociación con la diosa griega no fue mía, sino de mi profesora de Literatura de la secundaria, Marta Ledri.



9/10/14

a tres días del desfile

Las manos frías (siempre frías) de tanto meterlas en el tacho con engrudo. Papeles de diarios desparramados por todo el galpón. Un café aguado en un tazón compartido para vencer el sueño y avanzar. Es que ya falta poco, el sábado es el desfile y es inadmisible presentar la carroza inconclusa. Nada nos importa más, por eso pedimos un par de faltas en el colegio y por eso nuestros padres nos entienden cuando llegamos tarde a casa, oliendo a humo, harina mojada y cigarrillo.
Las bicis ya no tienen dueño, quien necesita ir a comprar electrodos manotea la que está al alcance y sale. Las chicas aplicadas llevan la cuenta de lo que vamos gastando, las menos vergonzosas salen a vender alfajores de Maizena a los vecinos. Nos tranquiliza saber que otros cursos están más atrasados, pero tampoco es cuestión de nivelar para abajo, la Villa tiene una buena trayectoria con las carrozas primaverales y el objetivo, como en toda competencia, es ganar. Ojalá no llueva. Estamos decorando el traje del espantapájaros con semillas de sorgo, maíz, girasol y arroz; si suspenden el desfile todo eso empezará a emanar olor a podrido. Las chicas de las cebollas conversan mucho y avanzan poco, una salió a la vereda argumentando sentirse mareada de tanto inhalar Poxipol. El coordinador dijo que al perejil hay que hacerlo de nuevo, está mal, está feo. Desde el pequeño equipo de música que trajo Diego se escucha La ley, ese trío chileno que acaba de grabar un unplagged en la MTV. No hay mucho para elegir, si no son los chilenos será el santafesino Leo Matioli, Rodrigo, y sino Los mensajeros del amor.

...él soy yo, 
el que te escribe canciones soy yo, 
cada palabra o detalle que te hace temblar 
no es mas que el sentir 
de mi corazón que te ama de verdad...

Y las charlas sin apuro, los amores que se confiesan, los colaboradores de otros cursos, el junior de Río que viene a dárselas de amigo para que de una vez por todas firmemos y viajemos a Bariloche con ellos; los asados del ruso, los sermones del Mondra para que dejemos de fumar; todo se va yendo. Nos vamos quedando sin tiempo, se viene la noche del desfile y ya nos vamos a quedar sin excusas para pasar tantas horas juntos. Lo presiento, limpiar y devolver el galpón será más que haber terminado y expuesto nuestra carroza; el premio, si lo hubiera, ya es algo anecdótico.

Las manos del espantapájaros y las mías.
Septiembre 2001.

16/7/14

yo

La nota de Silvina me hizo bien. Ya se lo dije, fue como hacer terapia.
Una está más acostumbrada a hacer las preguntas que a responderlas, y aunque parezca irrisorio, dar respuestas sobre la propia vida puede ser más difícil que un final. Sin embargo, conmigo Silvina logró lo que todo entrevistador anhela: que el entrevistado se olvide que hay un grabador entre los dos, que se relaje y cuente, cual charla entre amigos y con mate.
La excusa fue el día del Locutor. Justo este año que yo le había dado bastante poca bola al asunto. Soy locutora, si, la 7984 según el carnecito que me mandó el COMFER hace ocho años. Uso a la locución como herramienta para ejercer el periodismo de actualidad, cada tarde de lunes, de martes, miércoles, jueves y viernes. El resto de los días soy periodista sin locutar, pues una no puede dejar de ser lo que es cuando se apaga la luz de aire. Y viceversa. Cuando la luz de aire se enciende, en mis palabras se reflejan la mamá de Miguelina, la esposa de Damián, el duelo por mi viejo, el intensamente firme apoyo de mi madre, la vecina, la amiga, la mujer y todo lo que soy y lo que he sido. Todo se nota.
Y digamos que a eso vagamente lo sabía, o lo sospechaba, pero fue al decirlo que lo entendí. O me lo apropié.
El domingo leí la nota como si se tratara de otra persona. Alguien más contaba cosas sobre su relación con la radio, con los oyentes, hablaba de la agenda, de las malas palabras, de los juegos de la infancia...
La chica en la foto me pareció de verdad feliz, con el micrófono en una mano apuntando hacia la boca de una corneta, con la otra mano sosteniéndose los auriculares para no perder el retorno, y en la mirada la fascinación por ese pequeño murguero que esperaba ansioso debutar esa noche en el corso barrial.
Me gustó ser esa de la nota y por eso digo que me hizo bien, porque no siempre nos agrada la imagen que nos devuelven los espejos.

 

23/4/14

la sorpresa de Tía Rosa y Tía Estela

La tarde que mi tía me dijo que había una sorpresa para mí en su casa me desesperé por saber de qué se trataba, aún a costa de arruinar lo sorpresivo de la cuestión. Eran apenas las cinco y no iba a poder pasar por lo de las tías sino hasta pasadas las nueve. Demasiado tiempo para convivir con una intriga.
Pensé en un par de posibilidades pero nada me convencía, no era habitual que las tías me dijeran que había una sorpresa para mí en casa de ellas. Cuando por algún motivo me hacían un regalo directamente me lo daban y ya. ¿Por qué ahora se habían puesto tan misteriosas estas dos?
Dejé que pasara el día, seguí trabajando como de costumbre, y por decantación las horas pasaron y llegó la noche. La casa de las tías queda en el camino a la mía así que ir por mi sorpresa no implicaba más que hacer un alto en el recorrido. 
Tía Rosa abrió la puerta con cara de buen cómplice. La noté ansiosa, probablemente por conocer mi reacción cuando me dieran la sorpresa. En la cocina había movimiento, pero no alcancé a ver nada porque Tía Estela salió antes y evidentemente lo que traía en las manos era para mí. 
Antes de lograr dilucidar de qué se trataba me advirtieron que comerlas tibias es mejor y que tienen unas cascaritas de naranja tal como le gustaba al abuelo. 
La sorpresa fue un súbito viaje a mi infancia. Pero no a la infancia en general con mi plaza, el karting a pedal y los amigos del barrio; sino a una tarde en particular: la tarde que probé por primera vez las torrejas.
Habrán sido las seis, o un poco antes. En la casa donde hoy viven las tías, hasta hace no muchos años también vivía la abuela. Con la prolijidad que la caracterizaba, todos los días antes de que el sol cayera disponía sobre la mesa de la cocina todos los utensilios y alimentos para la merienda. Tostadas de pan francés, mermelada casera y generalmente de naranjas, la manteca en la mantequera y sobre unos platillos de vidrio grueso los enormes pocillos repletos de te con leche. Amaba merendar con la abuela Adela, nunca el momento de la merienda me pareció tan importante como entonces. Era una verdadera ceremonia. 
Esa tarde, además de las tostadas había torrejas. 
Me dijeron algo de la bisabuela Petra y de las comidas vascas, pero no lo recuerdo muy bien. No supe si agarrarlas con mis manos o si pedirle a mi mamá que me las cortara para pincharlas y llevármelas a la boca con un tenedor. Estaban almibaradas y no estaba segura de que fueran a gustarme. Lo cierto es que las comí y fue lo más dulce que conoció mi boca. Más que las pastillas Yapa y las bananitas Dolca que me compraba papá en el kiosco de la plaza Urquiza.
Cuando la tía me dijo que había una sorpresa para mí en casa de ellas jamás imaginé lo que me esperaba debajo del repasador.



18/4/14

Casi mil personas, un mismo apellido


Allá a lo alto, delante del portón de ingreso a una de las naves de los galpones del puerto de Gualeguaychú colgaba un cartel lo suficientemente grande como para que desde cierta distancia pudiera leerse con facilidad: "Bienvenidos. Ben vindos. Benvenuto". Se trataba de las palabras de recibimiento para los participantes del séptimo encuentro de la familia Taffarel, que por primera vez tenía a esta ciudad del sur entrerriano como sede.

Estaban invitados todos los que forman parte de algunas de las ramas del inmenso árbol genealógico de esta familia que nació en el Véneto del siglo XI, y que como muchas otras, formó parte de la oleada inmigratoria hacia Sudamérica ocho siglos después. Algunos quedaron, claro, y hoy sus descendientes se relacionan con los descendientes de quienes vinieron, a través de las redes sociales. Al llegar a costas brasileñas parte de la familia se quedó allí, mientras que otros siguieron su viaje hasta lo que hoy es Larroque, una pequeña ciudad ubicada a 50 kilómetros de Gualeguaychú, donde según dicen, la mitad de los habitantes son o descienden de los Taffarel.

Así empezó todo. Es por eso que en este encuentro, a modo de bienvenida los anfitriones realizaron una teatralización de lo que fue la llegada de los ancestros a América, y para ello no sólo se vistieron como en la época sino que utilizaron un barco y el río Gualeguaychú como escenario. Hubo aplausos, y lágrimas, y más abrazos; sobre todo entre los mayores, que tenían más presente el relato del desembarco.

"Dalla Italia noi siamo partiti
Siamo partiti col nostro onore
Trentasei giorni di macchina e vapore,
e nella Merica noi siamo arriva'...", cantaban.





En el interior del salón, en un rincón a la derecha del portón de ingreso estaba Edie. Con sus 78 años de pie, e indiferente a la música de moda que empezaba a retumbar en el lugar, explicaba con extrema dedicación lo que representaba cada uno de los óleos allí expuestos. Los había pintado ella, y pertenecían a su colección sobre la historia de la familia. Uno mostraba un par de campanas que el abuelo Luís trajo de uno de sus viajes de regreso a Italia con el fin de que sean colocadas en la capilla de Talitas. Hoy sólo repica allí una de ellas porque a la otra se la llevaron hace tiempo a Urdinarrain “no sé con qué permiso”, agregó Edie con un gesto de indignación que se le pasó rápido. Dio un paso a la derecha y se detuvo frente a una procesión de inmigrantes recién llegados a una estación de tren: mujeres embarazadas, niños pequeños, hombres y algunos muchachos vistiendo los birretes de la guerra; porque así los había visto ella en una de las fotos que conserva de la época. Más allá, una docena de hijos y nueras trillando soleados campos de trigo, junto a las máquinas que también le tocó traer a Luís. Y para el final, como corolario del relato histórico de la familia, Edie deja dos cuadros. Ambos la llevan a un mismo lugar: una casa de gruesos muros de piedra que todavía existe en una esquina de Treviso, se trata de la misma que un siglo y medio atrás dejaron sus bisabuelos Antonio Taffarel y Caterina Zanetti. Tres veces intentó Edie conocer ese lugar, pero los viajes al país de sus raíces no se dieron: “Ahora en unos días va a ir mi nieta, como viaje de bodas, y es como si fuera yo. Le pedí que me trajera un poquitito de tierra”.

Edie hubiera seguido en ese rincón relatando la historia de la familia quién sabe por cuánto tiempo más, pero una de sus sobrinas se la llevó del brazo para sentarse a comer, y a paso lento se perdió entre la parentela.

La noche terminó con un baile, y al otro día, temprano, todos a Misa. Otra sana costumbre que también bajó del barco. Curas no faltaban, porque además del párroco de la Catedral, entre los Taffarel había dos sacerdotes. Uno de ellos, de nacionalidad brasileña, asegura con orgullo conservar intacto el dialecto que le enseñaron sus abuelos, algo difícil de escuchar hoy en Italia, de no ser por algunas personas mayores. Ellos, a un océano de distancia y durante años, lo mantuvieron vivo hablándolo en su casa, transmitiéndolo de una generación a otra. Fueron las ganas de conservar la cultura, atesorar los orígenes y de que lastime menos el desarraigo.

Parte de eso son también estos encuentros familiares. Reconocerse en una historia en común, en tres Himnos nacionales, tres banderas (o cuatro, incluyendo a la de la región del Véneto, que también fue ceremoniosamente portada al inicio del encuentro), una vieja fotografía, un escudo, la misma sangre, y un mismo apellido.

Foto: Ricardo Santellán.

2/4/14

tres años

"Nunca un all inclusive en el Caribe", le dije apenas empezábamos a alejarnos del puerto. Quise hacerlo reír, para que no sea siempre él el gracioso entre los dos, y lo conseguí. El negrito sonrió hasta llenarse de viento todos los dientes, y largó una risotada hermosa.
Habíamos ubicado a Miguelina con la Pochi y Miguel, y nos disponíamos a remar hasta el Venerato en una piragua prestada. Llevábamos algo para almorzar y algo también para brindar. Yo no sabía que llegar a destino nos tomaría algo más de dos horas, y que el regreso sería aún peor con la corriente de frente; pero igual le dije que sí cuando el día antes me propuso celebrar de esta manera nuestro tercer aniversario de casados.
Cómo no aceptar, entusiasmada, si justamente fue con sus ideas poco convencionales y sus invitaciones sencillitas que me enamoró. 
Ojalá no cambie, ojalá esto siga siendo así entre los dos, aún si algún día la corriente nos lleva hasta el Caribe.

15/2/14

el cornetero


Ayer se realizó la noche inaugural de los corsos populares, una fiesta carnestolenda auténtica que late intensa y vigorosa todos los febreros. Irregular y asimétrico desfile de carcajadas, algarabía y sudor de barrio. Hay serpentina, agua-nieve, choripanes a la venta en las cantinas, colores, papel picado; y colombinas de toda la periferia.
Desde dónde yo estaba, que no era ahí, imaginé a Julián [ojos color del barro] mirando hacia arriba. El cielo ya a oscuras, cubierto por las bocas abiertas de las cornetas. El nerviosismo del coordinador, que él no llegaba a comprender del todo pero le alcanzaba para saber que aquello era algo importante, y que al final, como en el fútbol, se podía perder o se podía ganar. A un costado resguardando sus pasos estaría su mamá, orgullosa, enamorada. Pensé que Julián estaría hermoso con su traje de friselina sosteniendo su propia corneta, igual que la de los demás, con los mismos motivos pintados con esmalte brilloso sobre la hojalata, pero acorde a su tamaño de hombrecito de cinco años. 
Sabía lo que tenía que hacer porque lo había ensayado varias veces allá en la casa de la mamá de Sebastián, en calle Jujuy pasando Seguí. Además, el día anterior cuando fueron a una radio, tras escucharlo tocar, la periodista que le preguntaba un montón de cosas lo felicitó y al final todos lo aplaudieron.





10/1/14

carnaval





      "Después de ver el carnaval de Gualeguaychú 
             no hay nada que te sorprenda", 
       dijo el maquillador artístico Gervasio Larrivey 
        hace unos días en una entrevista en la radio.

13/12/13

un cuento de Landó


Era lindo cuando de niñ@s algún adulto nos contaba un cuento. Los improvisados en el momento estaban buenos porque maravillosamente coincidían con nuestras propias vidas en más de un detalle; pero los otros, los que alguien había escrito, también. A mi me gustaba Hansel y Gretel porque me resultaba de una astucia deslumbrante de parte de los niños eso de ir tirando miguitas de pan para reconocer luego el camino, más allá de que se las comieran luego los pájaros.
El martes por la mañana me dieron ganas de que me contaran un cuento, y la red social del momento fue la clave para encontrar al autor. Se llama Jorge Landó, es  un señor muy alto, de barba blanca, gualeguaychuense y anticlerical. Escribe hermoso. El cuento que me mandó es el siguiente, y se llama "Paraje La Garza Mora".
Que lo disfruten, como yo.




No me va a crer Don Luis, bah, si a mí nadie me cree. Pero había como docientos pa verlo al Nene Brunner en persona . Vinieron de todos laus, del Médano de Ceibas, de Paranacito, hasta de Gualeguaychú vinieron.

Y no mentía el viejo Aguinaldo Cevallos, se había acercado mucha gente al Paraje Garza Mora, caserío de unos setenta habitantes, pero con destacamento policial, capilla, posta sanitaria, y otros adelantos infrecuentes en la zona y en una población tan pequeña. Pero el Torcido Menoyo había nacido allí, y hoy era Diputado Provincial, jugaba sus influencias en beneficio de su pago el Torcido, su nombre de pila era Pío Papa, le decían Torcido porque de chico lo pateó una yegua y le dejó mal todo el costado izquierdo, desde entonces vivía medio de perfil, casi como los egipcios.
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Pa verlo al Nene llegaron Don Luis, pa verlo de cuerpo presente, la Rosa Aizpurúa estaba que se salía de la vaina. Hacía como tres años que no lo veia. La pista ´el cieguito estaba llena ´e gente.

La Rosa Aizpurúa, vasca de madre, y padre desconocido, era la “pareja” del Nene Brunner. El cieguito Artidoro Pereyra era ciego de nacimiento el pobre, pese a ello con la menguada herencia de su padre había edificado el emporio de la diversión del paraje. Boliche de copas, cancha de taba, pista para cuadreras, cancha de bochas. Y tres piecitas al fondo, que tanto servían de alojamiento para infrecuentes viajeros, como para que allí se prostituyera su hermana, la bizca Eudosia Sanjurjo, hermana de madre solamente. La bizca estaba siempre allí a disposición de quien la requiriera, no tan siempre se le sumaba alguna viajera, del oficio, que recalaba para retomar fuerzas y hacerse unos pesos. Y menos siempre cualquier mujer del pago que precisaba recomponer sus finanzas, o remediar sus carencias de afecto. En estos últimos casos trataban con Artidoro para que las ubicara en la pieza del fondo, la que no tenía luz, de modo que los clientes entraran sin saber con quien ni con que se encontrarían. Bastaba con disimular la voz ante el ciego y los clientes.
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Llena la pista Don Luis, quién iba a decir, por ese asunto del libro. ¿Qué les importaba el libro? si casi ninguno sabía ler. Era pa verlo al Nene.
Otra verdad del viejo Don Aguinaldo, al que nadie le creía a causa de su fama de mentiroso y borracho. Pero esta vez decía la verdad.
La Comisión de Fomento, todos amigos del Torcido, había conseguido un subsidio de la provincia para organizar algo que moviera un poco la vida del paraje.
Y a instancias del maestro, director y ordenanza de la escuela, organizaron un certamen literario. Los participantes debían presentar un libro de cincuenta páginas que versara sobre el Paraje Garza Mora. La extensión fue provincial, y el género podía ser cualquiera, cuento, novela, teatro, ensayo histórico, poesía. El único premio era la edición de doscientos ejemplares del libro, de los cuales el vencedor recibiría cien. El jurado lo integraban el presidente vitalicio de la Comisión de Fomento: Don Aparicio Fagúndez, el maestro Don Heraclio Paredes y el propio Torcido Menoyo.
Poco debió trabajar el jurado, pues se presentó una sola obra, que resultó ganadora por fallo unánime, el seudónimo empleado fue “Flor Silvestre”. La poca convocatoria del concurso fue cuidadosamente ocultada por los organizadores, que dijeron haber recibido más de cien trabajos.
Cuando se abrió el sobre para develar los datos del, o de la agraciada/o, todos los presentes quedaron helados. El triunfador fue el Nene Brunner.
Arduas fueron las pesquisas para dar con su paradero a fin de invitarlo para la entrega del premio.
Más arduas las gestiones para lograr que se confirmara la asistencia del triunfador. Pero al fin hubo una respuesta positiva y se fijó la fecha.
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Quién le iba a decir Don Luis, el Nene autor de libro, nunca le conocí esas mañas. Él sabía ser güeno pa cartear en el truco, cargar una taba, o hallar algún lazo antes que el dueño lo pierda. Habilidoso pa encontrar una soga y llevársela pa su casa, sin darse cuenta que había un ternero en la otra punta.
Pero escribir libro ni pa nada.
La fama del Nene Brunner estaba bien cimentada, tanto que debió mudarse de pago ante las reiteradas y sabias sugerencias del Torcido, su amigo de la infancia.
Poco se supo de él luego, ni la Rosa tenía noticias del amor de su vida.
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La cosa es que se ha juntao toda esta multitú pa verlo al Nene con libro. El cieguito ha puesto mesas en la pista y está despachando bebida a lo pavote.
El negocio de Artidoro Pereyra marchaba viento en popa, desde la mañana temprano, vino en especial, ginebra y refrescos. En una parrilla humeaban los chorizos. Había también truco y taba, para matizar la espera.
Las piecitas del fondo trabajaban a pleno. La bizca y dos forasteras hacían lo suyo a destajo, y el cieguito iba con su parte en todo.
Lo único que empañaba su dicha era que cada tanto el torcido invitaba una vuelta para todos, y a esas vueltas jamás las pagaba.
Un par de matronas del lugar rumoreaban entre ellas mientras se hacían cruces denostando la actividad ilícita e inmoral de las tres mujeres de las piecitas.
Pasado el mediodía la concurrencia vio llegar una camioneta, en las puertas un escudo y una sigla IPPSF. Los que sabían, medianamente, leer identificaron las letras pero se quedaron sin saber su significado.
Entre otras tres personas que descendieron del vehículo vieron azorados al Nene Brunner, riguroso ambo azul marino, camisa blanca, corbata verde y zapatos bien lustrados. Como recién afeitado y el pelo corto a la moda. Era preciso detenerse en su cara para reconocerlo. Era, sin duda, el Nene Brunner que todos conocían de sobra. Tez morena, facciones simiescas y la sonrisa que nunca se le fugaba del rostro. Nunca nadie supo por qué sonreía siempre.
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Y yo, Don Luis, ya estaba mamau por unanimidá. Pero tengo tantos años de mamau que no se me escapa nada.
El Nene se reia por algo, lo conozco de gurí, algo se maliciaba.
Mirelón al Nene Brunner con libro, con su pinta ´e tape y su apellido alemán que nunca supo ´e dónde lo había sacau, porque a su padre no lo conoció.
Los recién llegados se plegaron al jolgorio general, la Rosa se colgó del pescuezo del Nene y lo miraba embobada. Los acompañantes del laureado querían comer, y el Torcido en persona se encargaba de atenderlos. Unas tiras de asado, chorizos y ensalada aparecieron en la mesa que tenían reservada desde el comienzo. El vino, tinto y blanco, se destacaba por ser de buena marca, entre tanto vino de damajuana que circulaba por toda la pista.
Había tiempo antes del acto protocolar de la entrega del premio y la presentación del libro del Nene.
De un colectivo de línea que hizo un alto en la ruta llegó, caminando, un hombre alto y muy flaco, del hombro le colgaba un portafolios negro, de lona.
El Torcido lo presentó, era un poeta y cuentista de Gualeguaychú, también profesor de Lengua, Literatura y Latín. Algunos se quedaron pensando si Latín era una lata chiquita.
El mismo Torcido, apelando al remanente de una partida destinada a la ampliación de una letrina pública que se construía sobre la ruta, lo había contratado para que se hiciera cargo de la presentación y análisis de la obra del Nene Brunner.
El profesor no dudó en sentarse en la mesa donde estaba el vino bueno y el asado. Hizo honores proverbiales a ambos elementos entre comentarios y carcajadas cada vez más estridentes.
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Le juro Don Luis que el profesor ese chupaba como ladrillo ´e cuarta y comía como lima nueva, ni que se fuera a acabar el mundo, era un desaforau pal tinto, no le duraba en el vaso.
La parte formal del acto estaba prevista para las cinco de la tarde. A eso de las cuatro y media los acompañantes del Nene se dirigieron a las piecitas, y cada uno en una se encerraron bien acompañados.
Como la plata no había alcanzado para contratar equipo de sonido un megáfono hacía las veces de tal.
El presidente vitalicio de la Comisión de fomento abrió el acto exaltando las virtudes cívicas del Torcido, ciudadano preclaro le dijo, benefactor de la comunidad. Al Nene lo calificó de poeta por “autonomacia”, y le cedió el megáfono al profesor que se lanzó al comentario de la obra. Le costaba articular las palabras a causa de la profusa ingesta alcohólica previa, no obstante citó en abundancia a Virgilio y a Borges, ilustres antecedentes del Nene Brunner. Habló de tropos y metáforas, de hipérbaton y metonimia, de paráfrasis y oxímoron, para terminar leyendo una cuarteta del libro que, solícito, le alcanzó Don Ricardo, el encargado de la edición.
“En los campos de La Garza
  ande relincha el peludo
  levanta cola la iguana
  con una flor en el culo”
Los aplausos lo alentaron para leer otra, el vino también lo alentó. Después de una parrafada en la que elogió la concisión y economía de lenguaje del Nene Brunner, comparándolo con Quevedo y Lugones, leyó este terceto:
“En el pago de La Garza
no hay animal que se pierda
¡Flor mierda!”
La ovación fue generalizada, la concurrencia deliraba de gozo, agitando pañuelos y sombreros, lo que le indicó al profesor que era tiempo de convocar al vencedor para ceñirle la corona de laurel que habían preparado las niñas del lugar.
El nene Brunner no aparecía, lo buscaron con empeño y nada. Unos chicos que, ajenos al acto, jugaban a la pelota muy cerca dijeron haberlo visto con la Rosa caminando hacia la ruta.
Los tres hombres que habían arribado con el Nene aparecieron demudados.
-

Tenemos que llevarlo de vuelta al penal de Coronda, si no nos decapitan.
Algunos comprendieron la sigla pintada en las puertas de la camioneta. “Institutos Penales Provincia de Santa Fe”.
-

¿Sabe Don Luis? el nene estaba guardau en Coronda, intentó asaltar una compañía de seguros, pero era tan chambón que lo agarraron.
Las gestiones del Torcido habían logrado que le permitieran asistir a la entrega de premios, ya que era el único y principal  premiado.
La policía local rastrilló en vano la zona. Cuando empezaron la búsqueda el Nene Brunner ya estaba a bordo de una lancha rápida por el arroyo Martínez.
A la noche bebía vino blanco helado en una suntuosa residencia isleña, junto al propietario, que no era otro que el Torcido mismo, la Rosa y la bizca.
El cieguito Pereyra contaba sus ganancias palpando con cuidado los billetes.
Los oficiales santafecinos optaron por mamarse y repartirse a las dos forasteras que quedaron, igual los iban a castigar luego.
-

Ya sabía Don Luis, el nene Brunner es capaz de joderlo al mismo Judas. Y si se junta con el Torcido Menoyo, ¡Pior!.
En el Paraje Garza Mora se sigue hablando hasta hoy de la ingeniosa fuga, aunque los diarios no dijeron ni mu.

Los lugares y personajes de esta historia pertenecen a la ficción. Cualquier parecido con sitios o personas reales es producto de la casualidad, que tantas veces acierta.

Jorge F. Landó

11/12/13

perdón

               
"No tengo palabras para pedirles perdón", dijo José Alberto Castro tras conocer su condena. 
Hacia años que trabajaba de camionero. Sabía tanto... Había hecho ese recorrido ciento de veces y en horarios diferentes. Tan clara la tenía José, que la madrugada del 4 de septiembre se creyó omnipotente. Tenía que cumplir horario de llegada, como siempre, y ese neumático roto kilómetros antes demoraba el objetivo. Además quería volver a casa, ver a sus hijos, y descansar. Concordia aún estaba lejos, la provincia-isla recién empezaba.

La oscuridad de la noche habilita al hombre a actos que el día impugnaría.

La solución a los problemas de José era ese atajo. Lo haría rápido, él sabía cómo. Hay otros que también lo hacen.

Una mala idea y la vida da un vuelco.

Claro, el no quería que ellos murieran. No los conocía. No sabía sus nombres. No sabía que también venían por la ruta esa noche.

Pocos meses después, una mañana de calor una jueza en Gualeguaychú leyó su destino: tres años y dos meses de prisión efectiva, más la inhabilitación para conducir vehículos automotores durante diez años. 

No podía creerlo, jamás se había imaginado pasar días en la cárcel. El no era un criminal. Pero sabía que se merecía pagar por lo que hizo. La culpa lo estaba torturando. Se sentía estúpido y tenía bronca consigo mismo. Quería pedir perdón y no sabía cómo, le dolía el dolor de esa gente.

"Fue una negligencia mía, fueron cinco segundos y por más que sea un chofer profesional soy un ser humano y cometo errores, ojalá no haya más estúpidos como yo. Lo lamento un montón porque sé que arruiné a una familia", le dijo José esa mañana en la sala a un periodista que se acercó a entrevistarlo. 
Durante el transcurso de la nota pasó algo que dejó atónitos a los empleados del Poder Judicial y que el diminuto grabador del periodista atesoró. Un muchacho joven, de unos 20 años, y un hombre adulto se le acercaron para abrazarlo. Eran el hijo y el hermano de la mujer que murió en la ruta aquella madrugada. Le dijeron que lo entendían, que no le tenían bronca y que lo perdonaban.

José pagará con años cárcel su negligencia, pero gracias a la inconmensurable grandeza del perdón que esos dos hombres pudieron darle José alivianó su culpa, que hubiera sido su peor condena. Su martirio eterno.

15/8/13

gestos

Ella le mandó una carta.
El no sólo la leyó, entre tantas que le habían llegado últimamente, sino que la llamó a su celular.
Ella es Josefina, una gualeguaychuense de 34 años que no está pasando por un buen momento de salud.
El es el Papa.

10/8/13

la rueda de la fortuna

Era uno de los viernes más fríos del año, y sin embargo igual quisimos cenar fuera de casa. Lo hacíamos siempre que teníamos unos manguitos extras y algo para celebrar o algo para conversar, o porque queríamos darnos un gusto. Estacionamos el auto frente al río, y mientras caminábamos hacia el luminoso restorán al otro lado de la calle, un muchacho flaquito, algo encorvado y con las manos refugiadas en los bolsillos del buzo tipo canguro se ofreció a cuidarnos el auto. Nadie lo dijo, el trato estaba implícito, al regresar debíamos darle unos pesos. Continuamos caminando hacia la gran puerta de vidrio, sabíamos que al pasarla el lugar iba a estar calentito y que en no más de cuarenta minutos estaríamos comiendo. Yo llevaba a Miguelina en brazos y Damián empujaba el coche. Me di vuelta y vi como el muchacho se recostaba en la balaustrada de espaldas al río. Ese buzo es una burla para este frío impiadoso, pensé. Y él tan flaquito. Pero seguí avanzando, voltee la cabeza y así de fácil dejé de verlo. (¿Dejé de verlo?). Allá enfrente el panorama era tan distinto...
Nada iba a quitarme del alma ese sentimiento áspero y amargo, ni la propina que le dimos, ni el chocolate que le regalé. Ni siquiera la breve charla amable que entablé con él.
En mi mente se representaba una de esas ruletas en las que el hecho de que el puntero se quede señalando el casillero de la fortuna depende del azar. ¿Por qué mi hija tuvo la suerte de nacer en una familia que cada tanto puede darse el gusto (aunque contando los billetes) de pasear y pagar por una cena y a ese muchacho le tocaron la noche fría, el techo lejos, los ojos en los autos ajenos y la balaustrada?
¿Hay algo realmente transformador que podamos hacer o vamos a seguir haciéndonos los estúpidos sosegando nuestras consciencias dejando propinas y llevando bolsones de ropa que ya no usamos a la parroquia del barrio?
¿Qué tal si fuéramos vos y yo los que tengamos que estar ahora cuidando autos en la costanera? Y en ese caso, ¿cuál sería nuestra visión del mundo?

8/7/13

para Esteban

“Yaguar i guazú”, le decían a este río los primeros habitantes; “Gualeguaychú”, entendieron los conquistadores, y así quedó. La ciudad lleva como nombre una mala interpretación de tres palabras guaraníes que hablan de un tigre grande y del agua.

El paisaje de la foto es un rincón del río Gualeguaychú que conocí hace un par de años. No sabría cómo regresar, ni ubicar a quién quiera saber dónde queda, pero puedo averiguarlo. 

3/6/13

un Snoopy en Magnasco al norte

 Los bichos no dejan de sorprenderme, y pareciera que en mi nuevo (aún soy nueva en esta parte de la ciudad) barrio, más todavía.
Hace un tiempo y a pocas cuadras de mi casa encontré, sin soporte que lo sostuviera, a un perro sentado sobre sus muslos manteniendo su lomo derecho y en perfecto equilibrio cual maestro de yoga. (Haga click acá para verlo).

Y ahora esto:

24/4/13

el dolor del asfalto


Andando por las calles de mi ciudad es probable que te encuentres con alguna estrella color amarillo pintada sobre la calzada, y si no se despintó por el paso de las ruedas, también podrás notar que dentro de la estrella  hay un nombre y una fecha. 
Se trata de la campaña de estrellas amarillas que también se realiza en otras ciudades argentinas.
Allí donde hay una estrella murió una persona producto de un accidente de tránsito. Los que llevan adelante esta campaña prefieren no decir "accidente" sino "hecho" de tránsito, por tratarse de acontecimientos que pudieron haberse evitado de no ser por el negligente incumplimiento de la ley por parte de uno o todos los involucrados. 
En Gualeguaychú ya se han pintado casi cincuenta estrellas. Y quedan otras por pintar. Nadie lleva la cuenta de cuántos han muerto en las calles. Parece mentira que sean tantos. Es necesario y es urgente que una vez que se pinten las que restan no haya nuevas por pintar.
En la esquina de mi casa hay una estrella que lleva el nombre de Miriam, una joven madre que venía desde el norte por calle Magnasco, conduciendo el auto acompañada por sus hijitos. Recuerdo el ruido del impacto. A mi vecinos, a mi suegro, a Damián yendo a socorrerla. El pavimento ardía porque era verano y su cuerpo tendido y dolorido sobre el asfalto no encontraba alivio. Los chiquitos lloraban y gritaban mamá, y las empleadas de la panadería los abrazaban. Cada minuto sin la ambulancia fue una hora, o una eternidad.
Miriam había frenado porque el semáforo estaba en rojo y avanzó cuando se puso en verde, pero un camionero que transitaba por el bulevar no cumplió las reglas y siguió andando cuando debería haber parado. Chocó el auto de Miriam, la puerta de abrió, y ella, que no llevaba cinturón de seguridad (porque en la ciudad para qué) salió despedida.
La campaña invita a la reflexión. Algunos se persignan y elevan una plegaria por ese ser que abrupta y dolorosamente se fue. Es que tenés que ser de piedra para no conmoverte al pasar por una estrella. Tenés que ser de aire para no ponerte el casco cuando andás en moto. Bastante zonzo si crees que no hace falta el cinturón en la ciudad. Necio si pensás que todo lo podés, incluso atender el celular cuando vas a volante. 
Ser parte de a masa del tránsito implica un compromiso mucho más serio del que crees. Es la vida de las personas lo que se pone en riesgo ahí afuera.



19/4/13

desde el comienzo

Hoy es el día del aborigen. La palabra aborigen proviene del latín ab origine que significa desde el comienzo. Hoy se conmemora, después de tantos años de hiriente desprecio, a quienes estuvieron desde el comienzo, antes de los que llegaron a apropiarse y a imponerse a fuerza de cruces y espadas (pero con estas últimas ante todo).
La ciudad donde vivo lleva el nombre de la incomprensión. De lo que quedó resonando en los oídos españoles de lo que los guaraníes decían. Yaguar i guazú, así llamaban ellos al río que corre al este y más allá  se pierde en el Uruguay.
No sabemos cómo habrán nombrado a ese río los chanaes, porque de ellos, a pesar de que vivieron acá desde hace al menos dos mil años, se sabe menos. Probablemente los guaraníes fueron más poderosos en la transmisión cultural, con seguridad también fueron más; o quizás también, esas voces guturales se escucharon con más fuerza desde los barcos.
Nuestra historia, gualeguaychuenses [yaguariguazuenses], tiene más de 200 años. ¿No es hora de que vayamos conociéndonos desde el comienzo?.

Les dejo una canción, un artículo ya publicado en estos mundos, y una linda experiencia personal.







31/3/13

a Damián

Primero habrá sido tu mirada, como casi siempre sucede. No me costó, a pesar de la música fuerte y la gente alrededor, darme cuenta de que eras un tipo bueno. Y para colmo hiciste eso de bajar el mentón y mantener fijo en mí a ese par de bolillones tan oscuros, tan brillantes. El corazón me latió un poco más fuerte y probablemente se hayan enrojecido y mucho mis cachetes, pero lo disimulé. Cómo podía ser que así como si nada se me moviera de esa manera la estantería.
Siempre fui enamoradiza, está bien, lo admito, pero tarde o temprano (y muchas veces más temprano que tarde) encontraba ese "algo que no me cerraba". Con decirte, Negrito mío, que minutos antes había resuelto quedarme sola, feliz y sola, alejada de cagones inmaduros que-no-saben-lo-que-quieren y de aquellos otros, la mayoría, que sólo tienen espuma de fernet con Coca y entradas free para el boliche en la cabeza.
Me gustaron tus manos. Luego el timbre de tu voz, tu sonrisa con todos tus dientes, y esas cosas que decías que me hacían reír. 
Me tenés encandilau, como  a una vizcacha. 
Percibí de inmediato tu inteligencia, y entonces, estalló un grito de gol de domingo en la Bombonera. Sin embargo hacían falta unas buenas charlas para encontrar lo fundamental, porque hay diferencias que mucho no cuentan, que son divertidas y hasta diría que es saludable que las haya, pero hay otras cuestiones en las que hay que coincidir para caminar juntos.
Como ya te he dicho: la tenés re clara, más que yo. En las reglas ortográficas y en las ideas. Te has equivocado y feo (porque sos imperfecto), y tus miserias te duelen (porque nivelás para arriba). Sabés quererte y así querés a los demás, con la dosis justa: sin egolatría, sin idolatrías, y sin desprecio.
En algún momento de aquellas charlas de calor y cerveza pensé que serías un buen compañero más allá del verano, que tus chistes eran lo suficientemente buenos como para transformar en sonrisa mis duelos, que me llevaría bien con tu familia a pesar de no cantar ni tocar instrumento alguno y que le caerías muy bien a los míos, que podría aprender muchísimas cosas y conocer rincones de verdes y de aguas dulces de por acá cerca porque me dijiste que te gustaba esta ciudad (como a mí), que me acompañarías a rezar sin cuestionar por qué lo necesito tanto, que serías capaz de casarte conmigo y que me ayudarías muy bien a transmitirle valores a los hijos que pudieran llegar.
Tres años desde aquel encuentro entre la música fuerte y el amanecer inminente no son muchos, menos aún los dos de matrimonio, pero bien vale la pena celebrar en el alma el acierto.
Te amo.

2/4/2011  -  2/4/2013

23/3/13

extremo inferior derecho





Hoy encontré esta foto en Facebook y como quien juega a buscar a Wally me entretuve reconociendo gente. No esperaba encontrarme a mí a pesar de que esa posibilidad existía, de manera que cuando me vi fue suspensivo. De repente vinieron muchos recuerdos. La foto fue tomada durante la marcha al puente internacional General San Martín del 2008. Fue de las más concurridas a pesar del mal tiempo. En ese entonces trabajaba para un programa de la tele local, por eso voy caminando junto a un camarógrafo. Jorge se llama. Me gustaba grabar informes y luego participar de la edición. Disfrutaba mucho de mi trabajo. Ahora también. Bueno, en realidad siepre disfruté y eso me alegra y mucho. En este oficio una se va reinventando cada día, es imposible dejar de aprender. Los temas del día de a poco van quedando atrás mientras nacen nuevos. Y ahora los testimonios son otros, otras las voces, otros los reclamos y las historias que se convertirán en noticias de  tapa. Hoy podemos hablar del hombre accidentado en la ruta y familiarizarnos con términos médicos y mañana hablaremos del aumento de salario escalonado que el gobierno ofrece a los estatales. 
Bienvenido al periodismo todo aquel que se aburre en la monotonía.
Ayer la foto me mostraba en medio de un reclamo ambiental. Mañana no sé dónde. ¿Acaso no es fascinante?

19/3/13

21 cuadras en 21 oraciones (y media)

1- Desde la ventana que da al oeste la mañana parecía ventosa, sin embargo al salir a la calle no me dio la misma sensación, (quizás el fresno haya exagerado un poco).
2- Miguelina tardó en dormirse lo que las tres ruedas del coche tardaron en pisar la esquina de Cervantes (¿por qué no será así de sencillo cuando yo muero de sueño?).
3- Las veredas en esta parte de la ciudad son un desastre, de manera que no me quedó otra que avanzar por la calle, (me gusta el aire coqueto que les dan los adoquines de hormigón articulado).
4- Hay una cuadra, justo antes de llegar a la sede de la Asociación de Sordos e Hipoacúsicos, en la que siempre me maravillo de escuchar cantar a tantos pájaros; (¿será porque allí encuentran muchos árboles donde posarse, o en alguna de estas casas habrá una enorme pajarera?)
5- Debo estar haciendo un movimiento nuevo, o de mala manera, porque esto de caminar empujando un coche con bolso y nena hace que me duelan partes del cuerpo que no tenía registradas, (entre las axilas y los omóplatos, por ejemplo).
6- Pasan dos, tres, cuatro autos y los conductores ni se percatan de nuestra presencia y necesidad de cruzar hacia la otra esquina; hasta que el quinto frena y con un gesto de sus manos me dice que avance, (y como en un plumazo se me voló la chinche).
7- Acercándonos al centro el tránsito se hace más denso y parecieran estar todos, automovilistas y peatones, más apurados, (se me ocurre que la señora de gris camina así porque quiere llegar a horario al médico, tiene cara de dolor).
8- Miguelina se despertó, (¡ay, cómo la amo!)
9- Al descubrir el coche, dos nenas que venían caminando con su abuela, supongo, se abalanzaron a los cachetes de mi pasajera, (contra todo pronóstico, en lugar de llorar se rió).
10- La abuela de las nenas me quiso vender la rifa de Santa Rita: "Ciento diez pesos por mes, no son nada", me dijo; y yo le contesté que tenía que consultarlo con mi marido (jajajaja).
11- Las nenas parecían mellizas pero no lo eran, se llevaban un año y un mes de diferencia, (quién sabe con qué método anticonceptivo se habrá cuidado esa madre después del parto).
12- Allá está la plaza Urquiza; siempre que la cruzo me acuerdo de mi papá conmigo esperando que mami saliera de la escuela.
13- La plaza está igual que en aquellos años, sólo han agregado cartelitos en cada esquina con el nombre de usuario y la contraseña del WIFI gratuito, (el usuario es "gchu" y la contraseña también).
14- Casi en el centro de la plaza distingo al intendente conversando con un señor mientras una chica les saca fotos con flash, (¿serán periodistas?).
15- La cartera más barata de este negocio cuesta 800 pesos, (si es que no estoy desactualizada).
16- Pienso en el programa de la tarde y me alivio al recordar que ya está casi armado, aunque llegando al mediodía no vendría mal pegarle un llamadito a Alippi, (el productor).
17- En el último bloque voy a entrevistar a un politólogo sobre las influencias que puede llegar a haber en el país tras la asunción como Papa de un argentino.
18- Hablando de Papa, Miguelina dice "papa", o "papá", (le dije a Damián que no estaba segura si era por él o por Bergoglio).
19- Bueno, ya falta menos, (por suerte el dolorcito ridículo ya no se siente).
20-  Las vidrieras exhiben ropa de abrigo en tonalidades rodeando al bordó, (era cierto lo que dijo esa comentarista de modas en la tele la otra vez, y evidentemente la gente que vive de esto se pone rápidamente al día).
21- ¡Qué lindo es llegar a lo de mamá!, la casa está hermosa, como siempre y para mí es como volver un poco a la infancia, (pero renovada).

28/2/13

Willkommen

A 60 kilómetros de Gualeguaychú y a 25 de Urdinarrain, sobre la ruta provincial 20 se encuentra San Antonio, una aldea agrícola ganadera que desde hace 17 años le rinde culto al trabajo de los inmigrantes llegados desde el río Volga, con una fiesta sencillamente imperdible.
El acceso es un camino largo, prolijamente enripiado que se abre paso entre campos sembrados, criaderos de pollos y unas pocas casas lo necesariamente alejadas para que el polvo que el tránsito levanta no les llegue. Poquito a poco las viviendas aparecen con mayor frecuencia, los maizales quedan atrás y el camino de acceso se convierte en Avenida “Los inmigrantes”. Vaya si serán importantes por acá, que se los conmemora con el nombre de la arteria principal y además hoy hay fiesta en su honor. 

Tres bellísimas jóvenes de tez terriblemente blanca y ojos claros entregan unos pequeños folletos a quien ingresa al pueblo. Llevan puesto esos típicos vestidos alemanes, y en el pelo una o dos trenzas. De las ventanas de las casas cuelgan dos banderas: la negra, roja y amarilla, de la Nación de sus antepasados; y la blanquiceleste de la Patria joven que los acogió. Sobre la calle cuelgan, de una vereda a otra, banderines con los mismos colores. 

Bienvenidos a la Fiesta del Inmigrante Alemán. 


En la plaza San Martín donde más importante que el del prócer es el monumento a La Oma, suenan acordeones y hay venta de dulces, tortas, cerveza, unas galletitas caseras bañadas con glasé que ellos llaman tinikugen, y salchichas y chorizos alemanes que las vendedoras entregan sostenidos en pan y aderezados con chucrut.  

Elvira tiene 70 años, es alta y se la ve fuerte. Estuvo el día entero amasando y batiendo. Son casi las siete y sobre su stand sólo quedan migas. Una supone que debería estar cansada, sin embargo no se le nota. Debe ser una mujer laboriosa, pues lleva en su estirpe la idiosincrasia de los alemanes del Volga. Me cuenta que los primeros en habitar estas tierras sobrevivieron con harina, azúcar y grasa, y me señala el monumento que representa a una mujer metiendo masa de pan en un horno de barro. Sabe hablar alemán porque su madre se lo enseñó, pero lamenta y culpa a la falta de práctica estar olvidándoselo un poco. 

Por las calles pasean carros rusos y mientras, todos van preparándose para el desfile. En sus puestos los protagonistas y expectante en la vereda de la plaza, el público. Arriba de una carroza, un grupo de músicos compaña la caída de la tarde con polcas y chamamés; en otra, mujeres vestidas con trajes típicos ofrecen pan casero y los hombres entregan a los interesados unos vasitos de plástico cargados de un tipo de cerveza casera llamada quast (o kwast), que es una verdadera delicia. Allá enfrente, al lado del edificio de la Municipalidad ya está listo el escenario para el acto inaugural: un micrófono de pie y unas diez sillas para los dirigentes políticos; de fondo un modesto cartel recuerda el motivo del encuentro: 124° aniversario de Aldea San Antonio. Al finalizar el acto los festejos continuarán en el club. Allí elegirán una nueva reina, tocarán orquestas alemanas, habrá baile y se podrán degustar bebidas y comidas típicas.