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16/7/14

yo

La nota de Silvina me hizo bien. Ya se lo dije, fue como hacer terapia.
Una está más acostumbrada a hacer las preguntas que a responderlas, y aunque parezca irrisorio, dar respuestas sobre la propia vida puede ser más difícil que un final. Sin embargo, conmigo Silvina logró lo que todo entrevistador anhela: que el entrevistado se olvide que hay un grabador entre los dos, que se relaje y cuente, cual charla entre amigos y con mate.
La excusa fue el día del Locutor. Justo este año que yo le había dado bastante poca bola al asunto. Soy locutora, si, la 7984 según el carnecito que me mandó el COMFER hace ocho años. Uso a la locución como herramienta para ejercer el periodismo de actualidad, cada tarde de lunes, de martes, miércoles, jueves y viernes. El resto de los días soy periodista sin locutar, pues una no puede dejar de ser lo que es cuando se apaga la luz de aire. Y viceversa. Cuando la luz de aire se enciende, en mis palabras se reflejan la mamá de Miguelina, la esposa de Damián, el duelo por mi viejo, el intensamente firme apoyo de mi madre, la vecina, la amiga, la mujer y todo lo que soy y lo que he sido. Todo se nota.
Y digamos que a eso vagamente lo sabía, o lo sospechaba, pero fue al decirlo que lo entendí. O me lo apropié.
El domingo leí la nota como si se tratara de otra persona. Alguien más contaba cosas sobre su relación con la radio, con los oyentes, hablaba de la agenda, de las malas palabras, de los juegos de la infancia...
La chica en la foto me pareció de verdad feliz, con el micrófono en una mano apuntando hacia la boca de una corneta, con la otra mano sosteniéndose los auriculares para no perder el retorno, y en la mirada la fascinación por ese pequeño murguero que esperaba ansioso debutar esa noche en el corso barrial.
Me gustó ser esa de la nota y por eso digo que me hizo bien, porque no siempre nos agrada la imagen que nos devuelven los espejos.

 

11/12/13

perdón

               
"No tengo palabras para pedirles perdón", dijo José Alberto Castro tras conocer su condena. 
Hacia años que trabajaba de camionero. Sabía tanto... Había hecho ese recorrido ciento de veces y en horarios diferentes. Tan clara la tenía José, que la madrugada del 4 de septiembre se creyó omnipotente. Tenía que cumplir horario de llegada, como siempre, y ese neumático roto kilómetros antes demoraba el objetivo. Además quería volver a casa, ver a sus hijos, y descansar. Concordia aún estaba lejos, la provincia-isla recién empezaba.

La oscuridad de la noche habilita al hombre a actos que el día impugnaría.

La solución a los problemas de José era ese atajo. Lo haría rápido, él sabía cómo. Hay otros que también lo hacen.

Una mala idea y la vida da un vuelco.

Claro, el no quería que ellos murieran. No los conocía. No sabía sus nombres. No sabía que también venían por la ruta esa noche.

Pocos meses después, una mañana de calor una jueza en Gualeguaychú leyó su destino: tres años y dos meses de prisión efectiva, más la inhabilitación para conducir vehículos automotores durante diez años. 

No podía creerlo, jamás se había imaginado pasar días en la cárcel. El no era un criminal. Pero sabía que se merecía pagar por lo que hizo. La culpa lo estaba torturando. Se sentía estúpido y tenía bronca consigo mismo. Quería pedir perdón y no sabía cómo, le dolía el dolor de esa gente.

"Fue una negligencia mía, fueron cinco segundos y por más que sea un chofer profesional soy un ser humano y cometo errores, ojalá no haya más estúpidos como yo. Lo lamento un montón porque sé que arruiné a una familia", le dijo José esa mañana en la sala a un periodista que se acercó a entrevistarlo. 
Durante el transcurso de la nota pasó algo que dejó atónitos a los empleados del Poder Judicial y que el diminuto grabador del periodista atesoró. Un muchacho joven, de unos 20 años, y un hombre adulto se le acercaron para abrazarlo. Eran el hijo y el hermano de la mujer que murió en la ruta aquella madrugada. Le dijeron que lo entendían, que no le tenían bronca y que lo perdonaban.

José pagará con años cárcel su negligencia, pero gracias a la inconmensurable grandeza del perdón que esos dos hombres pudieron darle José alivianó su culpa, que hubiera sido su peor condena. Su martirio eterno.

31/10/13

ojos que no ven

Ayer de tarde conocí a Eduardo. Adolfo, el señor gordo de la dirección de Tránsito municipal, me lo presentó y propuso que saliera al aire en el espacio de la columna de Educación Vial para hablar de accesibilidad en la vía pública y la responsabilidad que tenemos todos en este espacio que compartimos.
Eduardo tiene 53 años. A los diez, en un recreo en la escuela, quedó ciego. Un juego, una gresca, un puntero, un golpe entremedio de sus ojos y el mundo se le apagó.
Siendo joven se fue a Buenos Aires a estudiar cuestiones relacionadas con la mecánica de los autos en un instituto para ciegos, allí primero que nada le enseñaron a trasladarse por sí solo y a escribir usando el sistema Braille.
Desde hace años es la única persona ciega que camina sola por las calles de Gualeguaychú (también es capaz de hacerlo en la capital de los argentinos). Quien lo ve intenta unos segundos imaginarse como sería caminar sin ver donde se pisa, quien viene por la otra cuadra, qué tan altos están los árboles de la plaza...
Eduardo marcha a paso ligero, muy cerca de las paredes de las viviendas dando golpecitos con su bastón blanco. Dice que los obstáculos que encuentra más a menudo son los postigos de las ventanas abiertos hacia la calle, motos y bicicletas estacionadas arriba de la vereda y bolsas de arena, pozos y obras en construcción sin señalizar. Así y todo, igual camina solo. Todas las tardes da clases de orientación y Braille a un grupo de ciegos y disminuidos visuales de todas las edades.
"Toda persona ciega necesita ayuda, el que dice que no, está mintiendo" asegura, y le pide a la gente que cuando vea a un ciego por la calle le ofrezca su ayuda sin miedo, que no le va a decir que no, y menos enojarse.
Hay que ponerse delante, dejar que coloque una mano sobre nuestro hombro y caminar. Nada más. Ellos saben percibir así cuando se sube o se baja un escalón.
Y lo ayudé a salir del estudio de la radio. De la silla frente al micrófono hasta la vereda. Y lo vi marcharse ligerito por calle Maipú hasta perderse de mi vista.

16/9/13

la princesa Agustina











Días atrás la Policía de Concordia descubrió en la calle a una nena de 12 años ejerciendo la prostitución. Cuando se acercaron a ella, les dijo que era su mamá la que la obligaba a acostarse con hombres a cambio de dinero, que luego debía entregarle. También contó que su mamá también obligaba a sus hermanas a hacer lo mismo.
La nena se llama Agustina, y ahora está en una residencia dependiente del COPNAF (Consejo Provincial del Niño el Adolescente y la Familia).



En medio de la maraña informativa de este lunes aparece, como una isla tenebrosa, esta 
noticia. 
¿Podrías detenerte unos segundos y ponerte en el lugar de Agustina? 

Feo, ¿no?

Probá un rato más. 
Pensá en la noche, en el frío, en lo lindo que sería estar al lado del fuego en lugar de estar 
caminando por estas calles inhóspitas, con estas botas y esta ropa incómoda que obligaron 
a ponerte. 
Las nenas de tu misma edad todavía se ilusionan con historias de princesas, que usan vestidos
amplios y bailan. 
Son lindas, y lucen felices las princesas... 
Pensá en esos hombres, enormes. Enormes si, son mucho más grandes que vos y tienen 
mucha fuerza. 
Te dan asco. Mucho asco. Escupirías sus caras cada vez que los ves acercarse. Y saldrías 
corriendo con tal de evitar las manos. Otra vez las manos, y la saliva, y el dolor, y la sangre.
Y el dolor.
¿Pero adónde? ¿Quién podría ayudarte?
Esa vez que intentaste resistirte, el hombre se enojó mucho y recordó que había pagado 
dinero para que vos te portaras bien y hagas lo que él te pidiera.
Tenés tanto miedo.
Estás tan sola. 
¿Quién podría llegar a darte amor, si ni tu mamá lo hace?.


Sin clientes no hay trata.
Desde el lugar en el que estés en esta sociedad hacé lo posible para evitar Agustinas tristes.

23/3/13

extremo inferior derecho





Hoy encontré esta foto en Facebook y como quien juega a buscar a Wally me entretuve reconociendo gente. No esperaba encontrarme a mí a pesar de que esa posibilidad existía, de manera que cuando me vi fue suspensivo. De repente vinieron muchos recuerdos. La foto fue tomada durante la marcha al puente internacional General San Martín del 2008. Fue de las más concurridas a pesar del mal tiempo. En ese entonces trabajaba para un programa de la tele local, por eso voy caminando junto a un camarógrafo. Jorge se llama. Me gustaba grabar informes y luego participar de la edición. Disfrutaba mucho de mi trabajo. Ahora también. Bueno, en realidad siepre disfruté y eso me alegra y mucho. En este oficio una se va reinventando cada día, es imposible dejar de aprender. Los temas del día de a poco van quedando atrás mientras nacen nuevos. Y ahora los testimonios son otros, otras las voces, otros los reclamos y las historias que se convertirán en noticias de  tapa. Hoy podemos hablar del hombre accidentado en la ruta y familiarizarnos con términos médicos y mañana hablaremos del aumento de salario escalonado que el gobierno ofrece a los estatales. 
Bienvenido al periodismo todo aquel que se aburre en la monotonía.
Ayer la foto me mostraba en medio de un reclamo ambiental. Mañana no sé dónde. ¿Acaso no es fascinante?

8/9/12

una noche como esta II

Tanta lluvia me ha vuelto memoriosa, no tanto como Funes pero sí más de lo que habitualmente soy. El 3 de septiembre no esperaba acordarme que se cumplían nueve años de la primera vez que sentí el vértigo del aire de radio y sin embargo pude revivir y dejar escritas en este blog aquellas primigenias sensaciones.
Hoy, que de casualidad me di cuenta que es ocho de septiembre, me acordé que hace tres años estaba en una de las aulas de la U.C.U defendiendo mi tesina de periodismo. Pelo planchado, brillo en los labios, pollera negra y medias can can del mismo color; camisa, tacos y sobretodo. Nervios, satisfacción y frío. Había olvidado por completo las indicaciones de la profesora de Oratoria y no dejé de mover las manos mientras explicaba el desarrollo de la investigación que me había tenido en vilo un año entero: la construcción de las noticias relativas al conflicto entre Argentina y Uruguay por la instalación de fábricas de pasta de celulosa en el río Uruguay. 
De público, además del tribunal evaluador, había un grupo de estudiantes de la carrera que probablemente hayan querido ver lo que en algún momento les llegaría; la tía Marga y el mayor de sus hijos, el inevitablemente querible Martín Ignacio. En primera fila y cerca de la puerta estaban Mariela, José y la Chula que no paraban de sacar fotos y grabar. También Jes y Clau; y en el centro del aula y con mirada expectante, mis viejos, los dos. Regalo de Dios. Les dediqué cada palabra esa noche, porque fue gracias a ellos que pude estudiar lo que quería. Vaya si se merecían verme recibida después de los esfuerzos que hicieron.
Defendí el trabajo y me aprobaron con un ocho. Volvimos a Gualeguaychú y escondidos detrás de un auto me esperaban Darío, la Glon y Rocío sacudiendo una botella de sidra que terminó toda en mi sobretodo y mi pelo planchado. En la puerta de casa habían pegado globos y un cartel que decía "felicitaciones amiga periodista". Comimos empanadas y brindamos.

3/9/12

una noche como esta

En el 2003 el 3 de septiembre cayó miércoles. Más o menos a la hora en la que escribo esto, con mi amigo José nos estábamos preparando para dar comienzo al primer programa de radio juntos. Él ya había incursionado en la radiofonía, yo no; y si bien ya llevábamos medio año de la carrera de Locutor Nacional de Radio y Televisión cursado, tenía nervios.
El programa se llamaba Escape. La radio, que según tengo entendido desapareció del dial uruguayense, era radio City, y se la encontraba a duras penas entre el 96 y el 97 de la frecuencia modulada. Era una emisora modesta, sin mucha publicidad y con la cantidad de oyentes necesarios como para nutrirse.
Al lado del estudio había una cancha de fútbol 5, y el aislamiento acústico con el que contábamos no bastaba para evitar que los pelotazos contra la pared que compartíamos salieran al aire.
Para ese primer programa llevamos material suficiente para leer y luego comentar, sobre temas livianos como diferencias entre el hombre y la mujer, efemérides, y además preparamos una interesante selección de temas musicales.
El operador era un chico del barrio, amigo de la infancia de José, que se llamaba Ricardo pero yo insistía en llamar Roberto. Buen pibe, con una paciencia enorme y una mirada buena.
Marbot, que al programa siguiente se sumaría, nos acompañaba desde el otro lado de la pecera.
Recuerdo no haber sentido el aire hasta tanto no llamó un oyente. Hasta ese momento todo se parecía a las prácticas que hacíamos en la facu, o peor, porque sin alguien que evaluara carecía totalmente de sentido. Saber que había alguien en alguna habitación de alguna casa prestando atención a nuestras palabras y participando del mundo que proponíamos fue magia pura.
Entonces parecía un juego, pero era real.
Y pensándolo bien, algo de juego hay en esto de hablarle a seres imaginarios, volátiles y sin rostro que están del otro lado, en algún lado, pero en realidad cuya presencia y atención no la podemos asegurar.

24/8/12

números penales

En Entre Ríos, en los últimos seis meses han sido condenadas 120 personas, de las cuales 11 fueron declaradas reincidentes por la Justicia.
En total son 830 los internos en toda la provincia. Hasta hace un año atrás eran 780, pero desde hace varios años la población penal promedia los 800. En los últimos días se han ido incrementando, sobre todo en Concepción del Uruguay y en Paraná.
 En Gualeguaychú hay 123 internos alojados en la Unidad Penal N°2.
Hay 24 mujeres presas en toda la provincia. Ellas se encuentran alojadas en el penal de mujeres de la ciudad de Paraná, donde como mucho han llegado a ser 32. Nunca hubo superpoblación en el penal de mujeres.

La cárcel de Gualeguaychú hoy

Internos del 1900, ¿qué delitos habrán cometido?

La cárcel de Gualeguaychú en 1900

16/8/12

las panzas de la tarde

Hasta tanto la panza de una mujer embarazada no "se salte", lo que quiere decir no se note como tal, puede que ante los ojos de la gente que no está al tanto de su gravidez parezca más bien que está un poco gordita. Sin embargo, no hay manera de malentender los motivos de la panza que le crece a los hombres.  



Con Rolo (el operador del programa de la tarde), y Pipu, mi compañero de aire.


13/7/12

la Sodoma entrerriana

Noticia publicada hoy en elonce.com
Paraná se ha transformado en un verdadero caos. Ya es moneda corriente encontrar figuras humanas exhibiendo sin pudor su desnudes en las zonas más concurridas de la ciudad. Seres rígidos e impertérritos ante la mirada atónita de unos pocos pudorosos. Mujeres insensibles sin ánimo de ocultar sus senos y sus genitales como si pararse desnudas frente a los demás fuera lo más normal del mundo.
Demos gracias a la democracia por la labor de esta concejal que está ocupándose del asunto antes de que Dios sentencie la destrucción de Paraná por la perversión abyecta de sus habitantes.

10/7/12

protestas juguetonas

Ser testigos cercanos de un acontecimiento hace que perdamos un poco la dimensión real de los hechos. Algo así sucede cuando miramos de cerca algo demasiado grande.
Como gualeguaychuense me costaba creer cuando decían que la lucha contra la instalación de la fábrica de pasta de celulosa Botnia iba a sentar precedente en las protestas ambientales del país y la región; y sin embargo estas manifestaciones, que fueron noticia en medios de comunicación de muchos países y por un tiempo prolongado, favorecieron al resurgimiento (o surgimiento y ya) de la denominada "conciencia ambiental" y todo aquello relacionado al medio ambiente fue ocupando su lugar en la agenda pública.
No estoy en condiciones de afirmar que el mérito haya sido todo de Gualeguaychú, pero en parte colaboró.

Cuando todavía no se habían retirado de Arroyo Verde las cámaras de los medios de difusión nacional, otra ruta, la 14, se convirtió en el centro de atención del país. Allí, micrófono en mano y montado a un acoplado, un productor agropecuario descendiente de inmigrantes italianos despotricaba contra el gobierno de Néstor Kirchner. Era Alfredo De Ángeli, un entrerriano cincuentón de cachetes colorados, panza y ojos grandes que no tenía reparos en dirigirse a los gobernantes ante una multitud, con las mismas palabras que utilizaría frente a un amigo en el patio de su casa. Eso le cayó bien a la gente, los productores encontraron su voz cantante y todos esos otros vecinos que nada tenían que ver con el reclamo, que lo más cerca que estuvieron del campo fue el tablero de El Estanciero, aprovecharon la volada para cuestionar al kirchnerismo. 
Vaya si habrán hecho bulla que en las elecciones legislativas del año siguiente se abrió paso la oposición y se mudaron al Congreso los "agrodiputados". 


Ambas protestas, la ambiental y la rural, que tuvieron como epicentro las rutas de Gualeguaychú, fueron noticia en los servicios informativos de las AM, tapa  en los diarios, ocuparon el bloque principal de los programas televisivos más importantes de política, fueron tema de conversación en los taxis, almacenes, cafés, cumpleaños, redes sociales.


De lo que no tenía conocimiento, hasta ayer, es que además fueron incluidos en la última edición del popular juego de mesa "Carrera de Mente".





13/6/12

la última crónica

El taller de redacción de crónicas termina este viernes con la devolución del trabajo entregado el martes, y la consigna era escribir una crónica con técnica libre, de la cantidad de caracteres que quisiéramos justamente sobre el taller. Aquí va "la última crónica".

 Esperaba con ansias los viernes, y a partir del anochecer de cada domingo sentía que el reloj empezaba a aplastarla. Sabía que tenía tiempo hasta el martes, pero de todos modos, la posibilidad de no llegar a terminar la crónica a horario la inquietaba. Así, pasó dos meses. Poniendo a prueba su ortografía, su gramática y sobre todo su inspiración, que es tan fundamental como fortuita. Una puede estar segura de las reglas de puntuación y acentuación pero no puede garantizarse la inspiración antes de la medianoche uruguaya. Sin embargo, pudo entregar a tiempo los ocho trabajos encargados y disfrutarlos, como tazas de chocolate caliente al lado del fuego. Saboreando sorbo a sorbo, jornada a jornada.

Recordó aquel viaje a Villa Paranacito y escribió sobre los escalofriantes recuerdos de Juan, que en realidad se llama Marcos, pero hasta su nombre quiso resguardar “por si vuelven los militares”. Aprovechó el día de trabajo transmitiendo la octava marcha sobre el puente internacional General San Martín contra la contaminación de la pastera Botnia y la describió, cronológicamente y a su modo, en poco más de 4.500 caracteres. Dedicarse al periodismo le dio temas para contar, como ocurrió con su tercera crónica, basada en un día del juicio que tuvo sobre ascuas a la gente de su ciudad; pero después comprendió que para escribir no hace falta más que vivir. No es necesario asistir a importantes acontecimientos sociales porque, probado está, podemos ser testigos de una bellísima cantidad de cosas con tan sólo mirar un rato a través de una ventana. Lo cotidiano, por ser materia de todos los días, no es menos apasionante que un día de vacaciones en las montañas.

El ejercicio de escribir le aceitó los dedos y le desaplomó la imaginación. Este otoño, por ser la segunda vez que participaba del taller, se permitió desajustarse el cinto, quitarse las botas y volar. No es fácil dejarla conforme, por tal motivo hubo un tiempo que pensó que se quedaría soltera a pesar de la Susanita interna que le reclamaba los abrazos de un novio. Siempre le resultaron mediocres los profesores poco exigentes, tanto el de vóley como el de geografía, y se amargaba por el resto de la charla si el disertante demostraba cierta inseguridad o falta de conocimiento sobre el tema. Tras presenciar una obra de teatro, o un espectáculo musical, prefiere quedarse con las ganas de más antes que salir empalagada de la sala. Y de los libros pretende que la consuman, que la secuestren y la mantengan presa hasta la última letra del último párrafo.

Le seduce la inteligencia y el sentido del humor, pero la conmueven como ninguna otra cosa en el mundo la capacidad de encontrar belleza en lo simple. Algo de eso detectó en los ocho correos electrónicos de Hernán y en los otros ocho de Laura, sino no estaría pensando a quiénes sugerirles hacer estos talleres o deseando que allá en Nueva Palmira inventen un tercero.


10/6/12

decálogo del cronista

Ya casi sobre el final del taller de redacción de crónica, Hernán López Echagûe nos envió el decálogo del cronista escrito por el cubano Michel Contreras. Una suerte de reglas simples y básicas para redactar una crónica.

1- Sentir una emoción y emocionarse de veras
Esto parece un reclamo baladí, pero es el huevo del asunto. Todo el mundo se irrita, se enamora, se ruboriza o se estremece, pero no todo el mundo —o mejor, casi nadie— es capaz de experimentar la necesidad de perpetuar esa emoción, de darle la inmortalidad a ese momento en que una cabellera de mujer rompió a batir, o a aquel en que un anciano lo miró con los ojos helados y levantó su tembloroso dedo recriminatorio.

 2- Expresar esa emoción de manera (casi) instintiva
La crónica es una pasión, y requiere de espacio para desbordarse con naturalidad. Si la pensamos demasiado, la perdemos, porque su cuerpo ha de fluir por las arterias, y no debe brotarnos del cerebro. Más que materia gris, reclama sangre. Obviamente, hay momentos en que se hace preciso meditarla, pero su esencia hay que plasmarla con el impulso irracional de lo instintivo. Una cosa no admite discusión: cronicar se parece a tener sexo, porque exige de ciertas facetas animales. Sentado ante su computadora, el buen cronista está —como Vallejo, como Borges o Quevedo— poseído por Dios, que habla a través suyo. Luego, pensar excesivamente el texto, viene a ser algo así como desconfiar del propio Dios.

3- Alimentar debidamente el don
Podemos haber venido al mundo con una voz poética especial, pero hay que darle vino para que sea más clara y perdurable. El cronista debe ser un lector por vocación, y en el afán de perpetrar su poesía tendrá que maltratarse la vista ante los libros. Si no lo hace, su voz se irá poniendo ronca, y acaso acabará por apagarse definitivamente un día.

4- No ahorrar la corriente del detector de mierda
Tenerlo encendido permanentemente, como enseñara Hemingway. Depurar sin piedad, que es bien difícil, porque el que escribe tiende a enamorarse de ciertas imágenes fútiles. Un adjetivo de más puede aniquilar la criatura, lo mismo que una metáfora forzosa o un aluvión de símiles. Dicho de un tajo: la hojarasca apesta. O damos las imágenes en cuotas moderadas, o sucede como decía Guyau: “Oled mucho una flor y acabaréis por ser insensibles a su perfume”. Así que revise cuanto pueda. Relea y, otra vez, relea. Total, si Flaubert martillaba sobre cada palabra, no hay razones para avergonzarse de hacerlo.

5- Imitar sin complejos
No dejar que las influencias nos angustien; por el contrario, al principio resulta provechoso dejar que nos arrastren, pero velando siempre por frenar en las inmediaciones del plagio. A estas alturas no hay nada nuevo bajo el sol, y nadie puede armarse de un estilo completamente propio. ¿No hay evidentes ecos vallejianos en los temas de Silvio, o de Azorín en las maravillosas crónicas de Manuel González Bello? Deje olvidado el miedo en el camino: García Márquez se inventó Macondo a partir del Yoknapatawpha, de Faulkner, y no por ello podemos acusarlo de plagiario. Eso sí, mucho ojo: si al cabo del tiempo, después de completar centenares de cuartillas, aún no hemos podido fundar nuestra poética —llena de resonancias ajenas, pero al fin y al cabo nuestra—, entonces lo indicado será renunciar al empeño de hacer crónicas. Tenga siempre presente que al cronista de raza se le identifica sin necesidad de ver su firma. “El estilo —sentenció Alfonso Reyes— es como la manera de caminar de una persona: uno lo ve desde atrás y dice: 'Ese es Fulano'”.

6- Respetar la fragilidad del discurso
Cada crónica lleva su tono y tiene un ritmo: el aura con que nace en la primera línea, no se puede extinguir hasta la última. Hay quien empieza cabalgando sobre el lomo de los ángeles, y después baja de golpe a tierra, en medio de un estallido colosal. A la postre, en los labios del lector queda tan solo el regusto árido del polvo.

7- Ser breve
Recordar que lo bueno, si es breve, suele ser dos veces bueno, porque lo que se gana en extensión se pierde en intensidad. El paralelo con la literatura arroja que la novela se equipara con el reportaje, y el cuento con la crónica. Admitido esto, recordemos a Cortázar: en el eterno combate entre el lector y el texto, la novela puede ganar por puntos; pero el cuento tiene que hacerlo por nocaut. La crónica, pues, viste mejor de minifalda que de traje de novia.

8- No pensar en el lector
Si adecuamos el discurso (o el recorrido del discurso) a las posibilidades intelectuales del lector, la criatura llegará deforme al mundo. Reducir la “altura del vuelo” ha sido un mal histórico de nuestros “aviadores” de la crónica. Y en el fondo de tal actitud se esconde un enfermizo menosprecio hacia la inteligencia del que va a leernos. Los versos de La tierra baldía y El barco ebrio desconciertan a menudo, pero así y todo se disfrutan y agradecen.

9- Haber vivido
La vida bulle en las calles y cantinas, los parques y el “camello”. Ahí —más que en la soledad de los desiertos quevedianos— está la materia prima de la crónica. Habitualmente, ese será el cuadro para pintar con los colores que le escamoteamos a los libros. 10- Temer siempre a la página en blanco Esto es, respetar a la crónica. Nunca puede sentirse ese extraño “deber profesional” que conmina a llenar la cuartilla con las primeras cuatro naderías que nos asalten. Desde Ícaro sabemos que las alas postizas no llegan al Sol. De manera que vale acordarnos todo el tiempo de aquel viejo consejo de Rilke: “Si puedes vivir sin escribir, no escribas”. ¿Tienes los dedos romos? Deja el piano.

Este texto fue escrito para el Festival Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre in memoriam, realizado en Cienfuegos.

7/6/12

periodismo

Estamos condenados a este oficio del diablo.

5/6/12

crónica de un lunes de junio

Desde hace un tiempo, cada vez que la alarma del celular le recuerda que hay que levantarse ella se encuentra prácticamente en la misma posición en la que se quedó dormida. La panza, que ha crecido notablemente los últimos días le impide conciliar el sueño de espaldas al techo como lo ha hecho toda su vida. Prende el velador que está sobre la mesita a su derecha y busca a tientas, entre libros y potecitos de crema, los anteojos de siempre, los que sólo han visto quienes la sorprenden entrecasa; más tarde, cuando los ojos logren despegarse del todo, se pondrá los lentes de contacto. Al mismo tiempo pero sin tanto escándalo se despierta Damián. Es lunes, ni la noche ni el fin de semana alcanzaron para descansar lo que pretendían, el ringstone elegido como alarma es tan irritante como los otros treinta que propone el aparato y sin embargo él se despierta de buen humor. Él no entiende como a ella le cuesta ser amable esos primeros minutos de cada día y a ella no le cabe la posibilidad de sonreír ante tales circunstancias. Aún así, cada mañana han sabido negociar a quién le toca hacer el desayuno y quién puede remolonear unos minutos más.

A las ocho arranca el programa de radio. El conductor también está de buen humor, o al menos eso demuestra a los oyentes. En el transcurso de la mañana ella realiza las intervenciones que cree necesarias y enfoca su atención en tomar notas de las entrevistas y subir noticias a la página Web que no deja de reclamar actualización. El juez de instrucción resolverá en los próximos días la situación procesal del imputado por la presunta violación de una menor. Inspección municipal clausuró un comercio de la ciudad. El campo convocó a un paro agropecuario. Organizan actividades por el día mundial del medio ambiente. La mañana la consume. De no ser por las cada vez más frecuentes ganas que le dan de hacer pis, no se levantaría de la silla hasta la hora de irse. Últimamente su cuerpo manda más que su mente, su voluntad quedó supeditada a aquello que no le haga mal a la bebé que lleva adentro. Recuerda que ayer se cumplieron cinco meses, y de repente, todo lo que pasa en el estudio más la misérrima producción para el programa que conduce a la tarde le importan un bledo. Las pataditas de Miguelina le dan cosquillas, se lleva la mano a la panza y nadie lo nota, pero está sonriendo y es la mujer más feliz sobre la tierra.

Un mensaje de texto de “Ma” llega en el momento justo como para quitarse una preocupación de encima: “Hice croquetas de pollo. ¡Vienen a comer?”. Cómo negarse a tan delicioso mimo. Aunque tuviera la heladera llena de opciones para el almuerzo no desaprovecharía la oportunidad de comer lo elaborado por las manos de mamá. Y Damián tampoco, porque seguro liga un plato más calórico y elaborado que el que ella pueda hacerle.

Tras el almuerzo, la vida en las ciudades pequeñas le da una segunda oportunidad a la fiaca y eso se llama siesta. Los negocios cierran y las calles se aquietan por unas horas, y entre las cuatro y las cinco de la tarde todo recobra movimiento. A esa hora regresa a la radio. La luz de “aire” se enciende a mitad de una enérgica cortina musical y su voz se escucha diciendo: “Muy buenas tardes a todos, bienvenidos a la tarde de radio Máxima, bienvenidos a esto que es: ‘Más tarde que nunca”. Al igual que la mañana, la tarde también se escurre, aunque con más adrenalina. Este lunes, al despedirse de los oyentes se sintió satisfecha con el programa, a pesar de ese entrevistado que surfeaba entre las preguntas que no le gustaba responder.

Afuera hace mucho frío y ella detesta las bajas temperaturas. No ve las horas de llegar a la casa, bañarse, comer algo y acostarse. Se consumió la mañana, como esas velitas petizas que se usan en decoración. También la tarde, y así los días. De no ser por ese trabajo de redacción que le encargaron no hubiera sido consciente de todo lo que ocurre entre que se pone y se quita los lentes. Mientras escribe su lunes como si lo hubiera vivido otra persona, lamenta no disponer de más caracteres para no tener que obviar tantos detalles. Tenía razón Borges, piensa; y en una página cualquiera de la agenda copia textual: “Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar”.

24/5/12

el alma del payador

Augusto Romero era la persona indicada. El profesor de investigación periodística nos había propuesto entrevistar a alguien que estuviera fuera del sistema por elección propia, y dudo que exista ser humano que cuaje más con tal descripción. Lo había visitado un par de años atrás, también por un trabajo de la facultad, pero no recuerdo qué surgió de aquella charla, lo cierto es que esa vez volví dónde suponía encontrarlo y allí estaba, tan voluntariamente indigente al lado de la ruta como la primera vez que lo vi.

Augusto Romero
Don Augusto nació y creció en La Pampa , en Jacinto Araos. Al menos eso es lo que él dice, y de querer conocer su historia no hay más opción que creer en su relato aunque por momentos parezca inventado. Se describe como un hombre andariego que sin nada que lo ate a su tierra y guiándose por sus impulsos de peregrinar decidió hacer “unas andanzas por el Uruguay”. Nada de transportes tradicionales y confortables para él. Un amigo le prestó tres caballos y, montado en uno y cargando lo necesario en los otros dos, llegó a Entre Ríos. Sin embargo, su plan de cruzar al país vecino se frustró por problemas aduaneros y otros de salud, por lo que debió permanecer un tiempo más de este lado del río. Hace nueve años, cuando conversé con él por primera vez había pasado poco más de una década desde su llegada y hasta el día de hoy no ha pisado tierra oriental.

Como la idea era pasar sólo un tiempo, nunca buscó un lugar para alquilar o comprar. Por el contrario, ocupó parte de un terreno en venta al costado de la ruta hacia el balneario El Ñandubaysal y construyó allí un rancho endeble de no más de un metro y medio de alto. Un montón de chapas atadas con alambre y reforzadas con algunas tarimas para que no se las tumbara el viento del sureste. Nadie que lo haya visto puede creer cómo un hombre puede vivir allí. Sin luz, sin agua, sin cloaca. La gente se compadece al verlo, pero él no necesita la compasión de nadie, no le gusta dar lástima; no quiere limosna y de hecho no la pide, parece estar conforme con todo como si nada le faltara. Sin embargo, basta una sola charla con él para saber que no es así.

Cuando alguien llega a visitarlo no pide explicaciones, satisfecho con sólo saber el nombre de quienes se interesan por él, ofrece de asiento cualquier corte de tronco o cajón de frutas que tenga a mano y empieza a conversar. Tiene una voz inconfundible, quizás la más singular de todas las voces. Una especie de ronquera en tonos agudos y las típicas cadencias de los hombres de campo. Augusto habla mucho, dice lo que se le da la gana y si no quiere responder alguna pregunta sabe bien cómo zafar. Justifica no seguir su recorrido ni regresar a La Pampa señalando con sus dedos enfermos a los perros que lo rodean, que entre los que nacen y los que mueren de hambre o carcomidos por la sarna nunca llegan a ser menos de quince. Como puede también los alimenta, y de paso también alberga a algún gatito guacho.

Su aspecto asusta. Sus olores apestan. Y aún así no han sido pocos los que han ido a conocerlo. El bajista Ricardo Iorio, hombre del heavy metal argentino, le compuso una canción que incluyó en uno de los discos de Almafuerte; y tal “homenaje”, pues así se llama la canción, lo pone feliz, despierta una sonrisa de niño en el rostro usado y curtido de Augusto.

Al fin un reconocimiento para este payador.

Todos pretendemos al menos algo en esta vida. Augusto Romero también, por eso hay dignidad debajo de tantos harapos. Es peregrino y es cantor, y quiere que sus coplas también caminen; que escuchen todos los que este payador tiene para contarles. En algún rincón debajo de esas chapas, este hombre guarda coplas, coplas y más coplas que él escribió y alguna vez alguien le hizo el favor de imprimirlas y fotocopiar las suficientes como para regalárselas a los visitantes. Algunas hablan del río Uruguay, del general Artigas, de San Martín, del gaucho y el gringo, y entre tantas también hay una dedicada, con destacable respeto, a la mujer.

Al igual que un niño alborotado de alegría porque le están prestando la atención que tanto esperaba, se desespera por mostrarlo todo y que al final de la charla no quede copla sin recitar. Por eso, ni bien reparte sus papeles en un despilfarro de generosidad, entra nuevamente al rancho y regresa con un estuche negro de curvas gordas como las de la guitarra que hay adentro. Es increíble cómo en medio de ese barullo de troncos, perros, chapas, nylon, latas, espinillos y pulgas pueda algo conservarse tan pulcro y lleno de brillo. Recién después de conocer su guitarra puede alguien decir que conoce al gaucho Romero. Que conoce el alma del payador.

13/5/12

todos los hombres son iguales bajo el sol

Cuando el Tribunal ingresó a la sala se pararon todos y recién volvieron a tomar asiento cuando el presidente lo permitió. Como en las misas. Todo allí adentro era rígido, puntiagudo, lustroso y de dimensiones exageradas. Predominaba el marrón de los muebles y la blancura de las paredes. Además de la puerta de ingreso, había tres en cada una de las paredes laterales, o sea: seis. Todas iguales, todas capaz de permitir el paso de un ser humano de dos metros y medio, todas con cerraduras de bronce y algo parecido a la flor de lis tallado tanto en una como en otra hoja. De una de estas puertas, la primera del lado izquierdo, ingresó el Tribunal. Primero el presidente, un abogado de no más de 45 años; y detrás los vocales, un hombre morocho y de bigotes y una mujer rubia con corte carré. Abogados también, claro. Permanecieron sentados sobre unas sillas giratorias de respaldo alto y de cuero también marrón, tomando nota cada tanto, saboreando alguna pastilla, hasta el cuarto intermedio de las 12:50. Detrás de ellos, pero un metro por sobre la tupida cabellera del presidente de la Cámara – que estaba en el centro-, colgaba un escudo gigante de la provincia de Entre Ríos, un enorme chapón ovalado pintado con una pobre gama de colores de pintura látex. Y rompiendo con tanta simetría, sólo a uno de los lados, las banderas nacional y provincial.

De frente al suntuoso escritorio de los camaristas pero en el otro extremo de la sala era el lugar del público, unas doce personas de rictus menos juicioso que el de los letrados y bastante menos nervioso que el de los imputados. Entre ellos estaban los periodistas, que eran los más relajados de la sala pero no por ello los menos atentos. Sobre el lado derecho, dándole la espalda a las puertas trillizas, se ubicaban los cuatro imputados con sus respectivos abogados defensores. Una prolija hilera de hombres de saco oscuro, camisa blanca y corbata. De frente a ellos, de espalda a las otras tres puertas, más o menos lo mismo: más hombres de traje oscuro, camisa blanca y corbata. Eran la querella y su joven ayudante; el fiscal de la causa, y entre éste y de costado a la vocal de corte carré, el secretario dactilógrafo.

En el centro de la ronda permaneció vacía durante todo el día la silla que fueron ocupando a su debido momento los testigos y los enjuiciados. Esta vez sólo tenían la oportunidad de hablar el abogado querellante y el fiscal. Al primero le llevó dos horas y media explicar bajo qué doctrina del derecho y con qué argumentos resolvió solicitarle al señor debajo del escudo la pena de catorce años y seis meses de prisión para uno de los cuatro imputados y porqué motivo decidió pedirle el levantamiento de la acusación para los otros tres. Su disertación fue impecable, merecedora de toda la atención posible y, si se hubiese podido, de un aplauso al final. Se trataba de un reconocido doctor en leyes y de renombre nacional que dado su histrionismo tranquilamente pudiera haberse dedicado a los escenarios. Cuando el discurso lo requería elevaba la voz y al hacer una pausa no volaba una mosca. En aparente plena furia golpeaba con su puño derecho el escritorio, y cuando pretendía mostrarse indignado bajaba los hombros y exponía las palmas de sus manos como pidiendo explicación.

Sin embargo, tal disertación por más elevado nivel que haya tenido, no anuló las necesidades fisiológicas humanas que también tienen los abogados. Sin quitarle los ojos de encima y sin perderse detalle, el fiscal, cuyo turno era después del mediodía, se metía a la boca pedazos exagerados de turrón, que le inflaban la delgada mejilla. Tal cosa sólo distraía al público, sobre todo a los periodistas que se codeaban entre sí; el resto de los presentes parecía no haber reparado en el cargado cachete del fiscal. Sin aplausos y ya sin turrones a la vista, concluyó la exposición del llamativo querellante, entonces el presidente de la Cámara del Crimen dispuso el cuarto intermedio dando la posibilidad a los presentes de buscar un lugar donde comprar algo para almorzar. Como en toda ciudad pequeña las posibilidades no abundaban, un restorán de comidas rápidas era la única opción y quedaba del otro lado de la plaza, frente al histórico edificio donde habían pasado la mañana. De manera que hacia allí marcharon todos, en caravana y a paso lento; con sus sacos oscuros y zapatos lustrados.

Sobre las cuadriculadas baldosas de la plaza Constitución no había formalismos ni rangos institucionales, allí todos eran iguales, a todos los acariciaba el sol y todos tenían hambre.

1/5/12

la marcha que no se detiene


El joven de la bandera, el que va de la mano con una chica rubia, tenía diez años cuando se realizó la primera marcha; sus padres le habían llevado la bicicleta y una pelota para que no se le hiciera aburrida la caminata y para que jugara con los demás chicos. Hace dos meses empezó a cursar la carrera de Abogacía porque quiere defender los derechos de los ciudadanos.
Las marchas sobre el puente internacional que une Gualeguaychú y Fray Bentos se vienen realizando desde hace ocho años el último fin de semana de abril, y el propósito de quienes participan es reclamar que la fábrica de pasta de celulosa UPM – Botnia, de capitales finlandeses, sea desinstalada; pues aseguran que su producción es altamente contaminante.
La primera fue el 30 de abril de 2005. En ese entonces Botnia era una inmensa explanada rodeada de obradores al lado del puente, lo que auguraba una fábrica de dimensiones nunca antes vistas en la zona, ni de uno ni del otro lado del río.
A pesar de los cánticos, las banderas, los cortes de ruta, los muchachos de Greenpeace jugando a salvar el mundo, los brillosos caireles de la reina del carnaval en la cumbre de presidentes en Viena, los estudios científicos y los escalofriantes testimonios de los vecinos de Valdivia y Pontevedra, la construcción concluyó y la fábrica comenzó su producción de pasta blanca para papel a fines de 2006.
Sin embargo, el siguiente abril la gente volvió a marchar.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y hoy, el más frío de los ocho últimos domingos de fines de abril, también marchan.
En los casi cuarenta kilómetros de recorrido entre la ciudad y el puente los autos de los manifestantes se diferencian del resto por las banderas argentinas que flamean amarradas de las ventanillas; algunos muestran su asistencia perfecta a las marchas con las calcomanías que identifican a cada una de las ediciones pegadas en la luneta.
Octava marcha. Puente Gral San Martín. 29 de abril de 2012. (Foto: Gustavo Rivollier)
Cada tanto, carteles pintados a mano y colocados más allá de la banquina impactan con frases como “Salvemos al río Uruguay”, “Sí a la vida”, “Vamos al puente” y “Gobierno uruguayo violador”.
A mitad de camino, en el kilómetro 28, aún permanece el refugio de Arroyo Verde; un pequeño salón levantado al lado del arroyo donde los asambleístas se reunían, y que en los tiempos de mayor euforia fue declarado paraje histórico cultural por la Legislatura entrerriana. Ahí mismo, un acoplado y una tranquera mantuvieron cortado el tránsito durante tres años y medio.
Con tanto para ver el recorrido se hace corto. Al llegar al lugar de la protesta, los agentes de Tránsito de la Municipalidad de Gualeguaychú ordenan a los autos. También llegan los micros de larga distancia con vecinos de diferentes barrios de la ciudad, a los que las empresas trasladaron sin cobrarles un centavo.
Familias enteras cargando canastos de mimbre y reposeras van llegando a la cabecera del puente. Se ubican y empiezan el mate mientras otros van encendiendo las brasas para asar chorizos, y más allá unas señoras derriten grasa para hacer -y vender- tortas fritas. Colores, saludos y olores son traídos y llevados por el viento frío.
Los periodistas, en su mayoría de medios de comunicación de Gualeguaychú, caminan ansiosos entre la gente perpetuando testimonios en sus grabadores y blocs de notas. También está esta vez el puesto de venta que tiene la Asamblea para recaudar fondos; todo objeto al que se le pueda estampar una frase tiene escrito “No a las papeleras” o una segunda opción un tanto más amplia: “Sí a la vida”. Y como cada año, tampoco faltan los dirigentes políticos incapaces de perderse la oportunidad de quedar bien con el pueblo.
Una vez realizada la oración ecuménica a cargo de representantes de todos los credos, empieza la marcha. Al frente de la multitud van los más chicos, los integrantes de la Asamblea Juvenil, que sostienen un cartel tan ancho como la ruta, que dice: “Salvemos nuestro futuro, paremos la contaminación”. Más allá, los ambientalistas uruguayos que llegaron hace dos días desde Montevideo y La Paloma levantan la bandera oriental. Entre todos ellos camina un padre con su gurí sentado en sus hombros, el chico se saca la campera y la madre se acerca por detrás e intenta volver a ponérsela. Es en vano, más allá vuelve a quitársela y esta vez la tira al piso. Una pareja de novios comparte besos y mates, dos amigas se fotografían y una nena vestida de rosado pasa esquivando gente arriba de sus patines.
La protesta tiene poco grito y puño en alto, más bien se parece a una tarde de otoño en el parque de la ciudad.
Este es su modo. Así fue en el abril de 2005 y así fue el siguiente, y el siguiente, y el siguiente; y así dicen que seguirá siendo hasta que cumplan su objetivo.


26/1/12

¿Tomamos unos mates?

Arrancamos la mañana conversando al aire (que no es lo mismo que entrevistar) con Tirso Fiorotto. A mi entender uno de los mejores periodistas de Entre Ríos y de los hombres más comprometidos y valientes al hablar. El tema de la charla fue el extractivismo del que son víctimas los países latinoamericanos.

Osisko, Cargill, Botnia y Monsanto por mencionar algunos parásitos.

¿Cómo se denomina ese tipo de parásito que vive gracias al otro pero a la vez lo enferma?

Todo muy triste, todo muy feo, gobiernos marionetas, gobiernos prostitutos, sociedades embobadas, el agua que se llevan, la pobreza que nos dejan.

¿Qué hacemos entonces? le pregunté, me dijo "conocer", me dijo que tenemos que estudiar y estudiar no sólo de los libros sino reflexionar con la almohada o sentarnos entre nosotros a conversar tomando mate. Así también se adquiere conocimiento.

mural pintado en la costanera de Gualeguaychú

22/12/11

Sartori para supermercados

Lo que parecía una zonza visita al supermercado terminó llevándome a esas carpetas donde guardé los apuntes de la facu. Es que ese cartel que los del super pusieron arriba de los crucigramas, historietas, autodefinidos y libros de cuentos me recordó a aquello del VIDEO-NIÑO.

El politólogo italiano Giovanni Sartori dice que lo que hace único al homo sapiens entre los primates, es su capacidad simbólica que se despliega en el lenguaje, en la capacidad de comunicar mediante una articulación de sonidos y signos "significantes", provistos de significado.
En la televisión, el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar; y como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que un animal simbólico, y esto, afirma el investigador, es un cambio radical de dirección  porque mientras la capacidad simbólica distancia al homo sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades ancestrales.
La televisión modifica la relación entre entender y ver, está produciendo una metamorfosis que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens, generando un nuevo tipo de ser humano.
¿Qué pasa con los chicos y la tele? Los niños ven televisión durante horas antes de aprender a leer y a escribir y de esta manera, la tele se convierte en la primera escuela del niño. Pero el problema es más grave aún, porque al hecho de que la televisión le quita al hombre su capacidad simbólica al darle "todo servido", hay que sumarle que los niños son como esponjas que absorben y registran todo lo que ven.
En definitiva, lo que Sartori denomina empobrecimiento de la capacidad de entender, metamorfosis, acercamiento del homo sapiens a sus capacidades ancestrales, los del super le dicen cerebro atrofiado y así pretenden asustar a los padres para que les lean a sus hijos alguno de los libritos que venden.