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27/11/14

tragame tierra

Vivir en una ciudad con menos de cien mil habitantes tiene sus ventajas y sus desventajas. Para mi modo de ser y ver la vida, las primeras tienen más peso, sin embargo no dejo de reconocer a las segundas.
No hace mucho fui al banco con la intención de corroborar la existencia de mi cuenta y al introducir la tarjeta en la ranura, como es obvio, se me solicitó la clave.
Me la había olvidado.
Se trataba de un número de cuatro dígitos completamente desconocido para mi.
No me detuve en preocuparme por la falta de memoria, simplemente recurrí a la mesa de entrada, donde está Marcelo y él (que también me saluda por mi nombre), amablemente hizo los pasos para generar una nueva clave.
Otra ventaja de ciudad chica viví también en otro banco, el de la provincia. Esa vez me sumé a la cola equivocada. Al llegar a la caja y presentar mi cheque, el señor me preguntó qué hacía ahí. Le dije que la vez anterior había cobrado otro cheque en la misma ventanilla (obviando que aquella vez anterior me dijeron que hiciera esa cola porque andaba con mi hija menor de dos años a cuestas). Bueno, la cuestión es que el cajero, en lugar de mandarme a freir churros y hacer la cola que me correspondía, me dijo que me pagaba igual. Y me pagó.
Y cuento estos dos casos sin detenerme a mencionar las distancias cortas que nos ahorran muchísimo tiempo, el río acá nomás, la saludable costumbre de la siesta, las bocinas sólo para saludarnos; pero como dije al principio, vivir en una ciudad de no más de cien mil habitantes también tiene sus desventajas.
Cuando le conté esta anécdota a Vivi, me dijo que era "buenísima para una sesión denominada 'Tragame tierra', dentro de un programa de radio". Poco antes de quedar embarazada de mi segunda hija saqué turno en un centro de diagnóstico por imágenes para hacerme una ecografía transvaginal, sin preguntar, claro, qué médico me la iba a hacer. La cuestión es que cuando se abrió la puerta del consultorio, el muchacho de ambo blanco que dijo "Melchiori" y esperó que yo entrara, era el primo de un ex. De mi misma edad. A quién había visto por última vez en un boliche, o en un cumpleaños, no se. La engorrosa cuestión es que me conocía con el tipo que iba a hurgar un buen rato en mi vagina con ese artefacto y ese gel, y en ese momento (sólo en ese momento) envidié a las mujeres que se hacen ecografías transvaginales en ciudades con más de cien mil habitantes.

16/7/14

yo

La nota de Silvina me hizo bien. Ya se lo dije, fue como hacer terapia.
Una está más acostumbrada a hacer las preguntas que a responderlas, y aunque parezca irrisorio, dar respuestas sobre la propia vida puede ser más difícil que un final. Sin embargo, conmigo Silvina logró lo que todo entrevistador anhela: que el entrevistado se olvide que hay un grabador entre los dos, que se relaje y cuente, cual charla entre amigos y con mate.
La excusa fue el día del Locutor. Justo este año que yo le había dado bastante poca bola al asunto. Soy locutora, si, la 7984 según el carnecito que me mandó el COMFER hace ocho años. Uso a la locución como herramienta para ejercer el periodismo de actualidad, cada tarde de lunes, de martes, miércoles, jueves y viernes. El resto de los días soy periodista sin locutar, pues una no puede dejar de ser lo que es cuando se apaga la luz de aire. Y viceversa. Cuando la luz de aire se enciende, en mis palabras se reflejan la mamá de Miguelina, la esposa de Damián, el duelo por mi viejo, el intensamente firme apoyo de mi madre, la vecina, la amiga, la mujer y todo lo que soy y lo que he sido. Todo se nota.
Y digamos que a eso vagamente lo sabía, o lo sospechaba, pero fue al decirlo que lo entendí. O me lo apropié.
El domingo leí la nota como si se tratara de otra persona. Alguien más contaba cosas sobre su relación con la radio, con los oyentes, hablaba de la agenda, de las malas palabras, de los juegos de la infancia...
La chica en la foto me pareció de verdad feliz, con el micrófono en una mano apuntando hacia la boca de una corneta, con la otra mano sosteniéndose los auriculares para no perder el retorno, y en la mirada la fascinación por ese pequeño murguero que esperaba ansioso debutar esa noche en el corso barrial.
Me gustó ser esa de la nota y por eso digo que me hizo bien, porque no siempre nos agrada la imagen que nos devuelven los espejos.

 

4/7/14

Hulk

_ Papá, tenés el cuello verde - le dijo su hija la noche del cumpleaños. Él no quiso alterarse, al fin y al cabo, lo que fuera que ocasionara esa extraña pigmentación en su cuello, podía esperar al otro día. Esa noche había que celebrar la vida, Mariana era la luz de sus ojos, y si bien verla tan grande, tan mujer, hacía que los años se le derrumbaran desde el techo sobre los hombros, se sentía feliz. De todo lo hecho en la vida, su única hija era lo que más lo enorgullecía.
 
Ya de madrugada regresó a su casa olvidándose por completo del color de su cuello, al abrir la puerta Pampa saltó del sillón y fue al encuentro moviendo enérgicamente su cola. Ella se alegraba y él se alegraba también de llegar y que hubiera alguien que lo recibiera. A Pampa se la regalaron hace poco, tras la reciente muerte de otra perrita que lo había acompañado durante años. Al principio creyó que no sería capaz de superar el dolor por la pérdida de su primera compañera, pero la pequeña Pampa lamió sus heridas y se ganó el amor (y ese rincón a los pies de la cama) que tenía la mascota anterior.
 
La historia que cuento está basada en un hecho real, aunque extremadamente condimentada con detalles propios de la imaginación. El eje central, por así decirlo, es asombrosamente cierto.
 
A Mariana le daba bronca que su papá descuidara su salud, sabía que viviendo solo y con tanto trabajo, no disponía de tiempo suficiente para prepararse platos saludables. Además estaban las peñas, los viajes, las juntadas con amigos. La intranquilizaba la vida atareada, cargada de compromisos sociales y cierta exposición mediática de su padre, pero entendía que no podía hacer nada. "Él es feliz así", se repetía como quien quiere darse consuelo. Al día siguiente, fue ella la que retomó el tema de la piel, más extrañada aún, pues notó que la pequeña Pampa también estaba verde:
_ Papá, ¡mirá, la perra está verde igual que vos!, capaz que te contagió algo.
Mariana no salía del asombro y el tampoco. Era consiente de los desarreglos alimenticios de los últimos días, de hecho ya andaba mal del hígado otra vez; pero ¿qué tiene que ver la perra?. Todo era tan extraño que no encontraba explicación lógica, ya iría al médico si la cosa empeoraba, pero por lo pronto solo pensaba en el partido contra Nigeria y la posibilidad de viajar a verlo, tal como le había propuesto un amigo. Las posibilidades de ver jugar en vivo a la Selección no es algo que se de muy a menudo, ni siquiera cada cuatro años, y esta vez el Mundial es acá nomás -pensó.
No tenía que poner un mango, lo único que tenía que hacer para estar el miércoles en Brasil era mandar la confirmación y sus datos a la agencia de viajes.
Y eso fue lo que hizo.
 
El lunes fue a trabajar con dos cuartos de cada hemisferio cerebral pensando en Di María, Lavezzi, Mascherano, ¡en Messi!. -¿¡Cuándo carajo voy a poder ver jugar a Messi!?-, se preguntaba, convencido de la decisión que había tomado, a medida que la ansiedad por ver con sus propios ojos al equipo de Sabella iban en aumento. Su garganta gritaba goles enmudecidos, censurados por la rutina del arranque de la semana en la oficina; pero de a poco, como quien va entrando en un túnel oscuro, su sueño mundialista se esfumó. Uno a uno sus compañeros de trabajo le decían que lo notaban un tanto verde, sobre todo en el cuello y en la cabeza. El se miró las manos y vio que también estaban verdes, aunque con menor intensidad. Por primera vez en esta historia, el hombre se asustó y salió de la oficina en busca de asistencia médica.
 
El medico que lo revisó advirtió la inflamación hepática e intentó quitar las manchas verdes de sus manos, fregándolas, pero no lo logró; entonces le pidió análisis de urgencia.
_ ¿Pero qué puede ser, doctor? - preguntó afligido.
_Puede ser cirrosis; aunque usted no tome alcohol, la cirrosis puede producirse por una alimentación elevada en grasas. De todos modos no nos aventuremos a diagnosticar ahora, vaya, hágase los estudios y venga cuanto antes.
El bioquímico que lo atendió también opinó:
_Puede ser pancreatitis, pero quédese tranquilo que con unos días internado y con suero se pasaría; eso sí vaya olvidándose de las comidas a las que está acostumbrado. 
 
Chau Sabella. Chau Mundial. Chau decime-que-se-siente.
 
Canceló el viaje. Buscó "cirrosis" y "pancreatitis" en Google, y los síntomas que aparecían en la pantalla poco a poco iban manifestándose en su cuerpo.
 
Pasado el mediodía regresó al laboratorio para retirar los análisis y llevárselos al médico. Le dijo que sigue con el hígado inflamado y que será conveniente que permanezca 24 horas en observación para ver cómo responde. El verdor en su piel podría deberse a una intoxicación, una alergia, o estar causada por una ropa nueva.
 
_Ropa nueva, -pensó el hombre de camino a su casa-.
 
Introdujo la llave en la cerradura de la puerta que da a la calle, saludó a Pampa, y caminó sin detenerse ni medio segundo hasta llegar a la habitación, quitó el cubrecama con decisión, tomó la sábana por su extremo inferior y se restregó las manos como si estuviera secándoselas con una toalla. Las manos quedaron verdes.
 
Nadie fue testigo de la reacción de este pobre hombre al concluir, horas antes del partido (que podría haber visto en vivo) entre Argentina y Nigeria, que lo que ocasionaba el verdor en su piel eran las sábanas. Es cuestión de imaginarla.

 

10/2/13

la fiesta


Como una piedra que alguien tira al río, el carnaval se propaga como ondas alrededor del corsódromo. El tranquilo barrio de vecinos que recién ahora están acostumbrándose a ver el pavimento en la puerta de su casa, convulsiona cada sábado de verano. Autos por doquier. Los quioscos y las despensas abiertos toda la noche. Pelucas de colores. Agentes de tránsito. La Policía. Los turistas preguntando cómo llegar. Y la música de las comparsas que no deja dormir, por eso es mejor sentarse en la vereda y sumarse a la fiesta.

Da la sensación de que Gualeguaychú todavía no puede creer lo que pasa. Desde que en Argentina se recuperó el feriado de Carnaval, esta ciudad del sur entrerriano se convirtió en el epicentro de los festejos. Por los tres accesos de la ciudad se ven entrar autos constantemente. Y tal “invasión” genera trabajo y alegría, pero también algún temor  (como cuando para algún encuentro familiar caen a la casa más parientes y amigos de lo imaginado), y entonces se escucha a la gente preguntarse si alcanzará el agua, si habrá cortes de luz, plata en los cajeros y dónde se alojarán todas estas personas.

El barrio del corsódromo verdaderamente se transforma, y por fuera del enrejado de la pasarela el carnaval también se festeja.

Kamarr se estaba yendo y Ará Yeví estaba lista para su turno. Faltaban cuatro minutos para la medianoche. Beto, en su puesto de venta de cotillón carnestolendo, estratégicamente ubicado a pocos metros de la entrada principal del circuito, le colocaba un espaldar lleno de brillo y plumas a una turista salteña mientras el marido preparaba la cámara. Por 15 pesos podía sacarse todas las fotos que quisiera y sentirse pasista o bastonera por un rato. Cuando ella terminó de jugar él también quiso su foto. Beto cobró quince más y él, aunque vestido de jeans, camisa, y lentes con aumento, se calzó otro espaldar.

Cuando la ciudad deja de ser la sede del carnaval y recupera su habitual ritmo de pueblo grande, Beto es uno de los choferes de las ambulancias del hospital. Pero cuando llega el verano divide su tiempo y cansancio entre sus dos trabajos. Este año invirtió tres mil pesos en plumas para armar los espaldares. Uno de sus hijos confeccionó un montón de tocados para vender, y su mujer quedó a cargo de la caja. Contando a la pareja de Salta, ya eran 250 quienes le pagaron por una foto esa noche. Beto estaba contento.

La música de Kamarr se escuchaba lejos y alzando la vista desde la calle podía verse a la carroza de apertura de Ará Yeví en el otro extremo de la pasarela, lista para avanzar. En el bar de la esquina cuatro chicas con antifaces compartían una cerveza, mientras otra, con una pluma rosada en la cabeza bailaba en plena calle y alzaba su copa ante los desconocidos que la piropeaban. Los agentes de tránsito y los policías, serios en el centro de la batahola, la miraban con zozobra. Unos metros más allá, aclimatados con el espectáculo, una familia entera pasaba el rato en la vereda.

No había remises libres, ni lugar donde estacionar. Tampoco se escuchaban sirenas. Sólo los ruidos de la alegría, y allá arriba el cielo acompañaba con estrellas. Eran casi la una de la madrugada y seguía la fiesta…

Apurad, que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta*.

*Segmento de “La Fiesta”, de Joan Manuel Serrat

26/1/13

todos tenemos algo con qué impresionar a los demás

Yo puedo mover las orejas y descalzar ambas caderas. También soy capaz de doblar la primera falange de mi índice dejando bien recto el resto del dedo.
Ana, mi compañera de aire de cada tarde puede poner así su pulgar:



Y vos?

12/9/12

el trabajo de los niños

El último día del niño, el grupo de apoyo escolar de Caritas de la Catedral de Gualeguaychú llevó al parque a los chicos de la Guardería Nazaret. Allí les entregaron los derechos del niño, conversaron un poco y les pidieron que el que quiera tome algún derecho y escriba algo.
El viernes siguiente, una nena de 11 años entregó esto:


Los derechos del niño 
Un día 5 niños que vivían en un rancho estaban solos en su rancho, sus padres se fueron a un casino a jugar. Cuando sus padres llegaron a su rancho ya era muy tarde y los chicos ya estaban dormidos, entonces su padre los disperto para que salgan a pedir comida y plata. Porqué ellos abían perdido toda la plata que les quedaba , ni los niños ni ellos tenian para comer, por eso los mandó a pedir. Aunque no era la primera vez que los chicos salian a pedir ya estaban muy acostumbrados. 
Por eso existen los derechos del niño para que los chicos no salgan a pedir y para no trabajar porque los trabajos los hacen los adultos. Los chicos trabajan en la escuela.

23/8/12

nervios

Están los que se comen las uñas, los que se muerden los labios, los que hacen movimientos cortitos y repetidos con los pies, los que se suenan los nudillos de los dedos de las manos, los que encienden un cigarrillo tras otro.
Todos (creo) tenemos o hemos tenido alguno de estos hábitos que por lo general se adoptan en situaciones en las que debemos controlar los nervios.
Recuerdo a compañeros del colegio masticando la punta del lápiz capitán en la hora de matemática, incluso la de aquellos lápices que tenían una pequeña gomita rosada; pero nunca había visto a alguien dejar a las lapiceras en este estado:

Lapiceras sobre la mesa del estudio de la radio

16/8/12

las panzas de la tarde

Hasta tanto la panza de una mujer embarazada no "se salte", lo que quiere decir no se note como tal, puede que ante los ojos de la gente que no está al tanto de su gravidez parezca más bien que está un poco gordita. Sin embargo, no hay manera de malentender los motivos de la panza que le crece a los hombres.  



Con Rolo (el operador del programa de la tarde), y Pipu, mi compañero de aire.


7/6/12

periodismo

Estamos condenados a este oficio del diablo.

5/6/12

crónica de un lunes de junio

Desde hace un tiempo, cada vez que la alarma del celular le recuerda que hay que levantarse ella se encuentra prácticamente en la misma posición en la que se quedó dormida. La panza, que ha crecido notablemente los últimos días le impide conciliar el sueño de espaldas al techo como lo ha hecho toda su vida. Prende el velador que está sobre la mesita a su derecha y busca a tientas, entre libros y potecitos de crema, los anteojos de siempre, los que sólo han visto quienes la sorprenden entrecasa; más tarde, cuando los ojos logren despegarse del todo, se pondrá los lentes de contacto. Al mismo tiempo pero sin tanto escándalo se despierta Damián. Es lunes, ni la noche ni el fin de semana alcanzaron para descansar lo que pretendían, el ringstone elegido como alarma es tan irritante como los otros treinta que propone el aparato y sin embargo él se despierta de buen humor. Él no entiende como a ella le cuesta ser amable esos primeros minutos de cada día y a ella no le cabe la posibilidad de sonreír ante tales circunstancias. Aún así, cada mañana han sabido negociar a quién le toca hacer el desayuno y quién puede remolonear unos minutos más.

A las ocho arranca el programa de radio. El conductor también está de buen humor, o al menos eso demuestra a los oyentes. En el transcurso de la mañana ella realiza las intervenciones que cree necesarias y enfoca su atención en tomar notas de las entrevistas y subir noticias a la página Web que no deja de reclamar actualización. El juez de instrucción resolverá en los próximos días la situación procesal del imputado por la presunta violación de una menor. Inspección municipal clausuró un comercio de la ciudad. El campo convocó a un paro agropecuario. Organizan actividades por el día mundial del medio ambiente. La mañana la consume. De no ser por las cada vez más frecuentes ganas que le dan de hacer pis, no se levantaría de la silla hasta la hora de irse. Últimamente su cuerpo manda más que su mente, su voluntad quedó supeditada a aquello que no le haga mal a la bebé que lleva adentro. Recuerda que ayer se cumplieron cinco meses, y de repente, todo lo que pasa en el estudio más la misérrima producción para el programa que conduce a la tarde le importan un bledo. Las pataditas de Miguelina le dan cosquillas, se lleva la mano a la panza y nadie lo nota, pero está sonriendo y es la mujer más feliz sobre la tierra.

Un mensaje de texto de “Ma” llega en el momento justo como para quitarse una preocupación de encima: “Hice croquetas de pollo. ¡Vienen a comer?”. Cómo negarse a tan delicioso mimo. Aunque tuviera la heladera llena de opciones para el almuerzo no desaprovecharía la oportunidad de comer lo elaborado por las manos de mamá. Y Damián tampoco, porque seguro liga un plato más calórico y elaborado que el que ella pueda hacerle.

Tras el almuerzo, la vida en las ciudades pequeñas le da una segunda oportunidad a la fiaca y eso se llama siesta. Los negocios cierran y las calles se aquietan por unas horas, y entre las cuatro y las cinco de la tarde todo recobra movimiento. A esa hora regresa a la radio. La luz de “aire” se enciende a mitad de una enérgica cortina musical y su voz se escucha diciendo: “Muy buenas tardes a todos, bienvenidos a la tarde de radio Máxima, bienvenidos a esto que es: ‘Más tarde que nunca”. Al igual que la mañana, la tarde también se escurre, aunque con más adrenalina. Este lunes, al despedirse de los oyentes se sintió satisfecha con el programa, a pesar de ese entrevistado que surfeaba entre las preguntas que no le gustaba responder.

Afuera hace mucho frío y ella detesta las bajas temperaturas. No ve las horas de llegar a la casa, bañarse, comer algo y acostarse. Se consumió la mañana, como esas velitas petizas que se usan en decoración. También la tarde, y así los días. De no ser por ese trabajo de redacción que le encargaron no hubiera sido consciente de todo lo que ocurre entre que se pone y se quita los lentes. Mientras escribe su lunes como si lo hubiera vivido otra persona, lamenta no disponer de más caracteres para no tener que obviar tantos detalles. Tenía razón Borges, piensa; y en una página cualquiera de la agenda copia textual: “Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar”.

13/5/12

todos los hombres son iguales bajo el sol

Cuando el Tribunal ingresó a la sala se pararon todos y recién volvieron a tomar asiento cuando el presidente lo permitió. Como en las misas. Todo allí adentro era rígido, puntiagudo, lustroso y de dimensiones exageradas. Predominaba el marrón de los muebles y la blancura de las paredes. Además de la puerta de ingreso, había tres en cada una de las paredes laterales, o sea: seis. Todas iguales, todas capaz de permitir el paso de un ser humano de dos metros y medio, todas con cerraduras de bronce y algo parecido a la flor de lis tallado tanto en una como en otra hoja. De una de estas puertas, la primera del lado izquierdo, ingresó el Tribunal. Primero el presidente, un abogado de no más de 45 años; y detrás los vocales, un hombre morocho y de bigotes y una mujer rubia con corte carré. Abogados también, claro. Permanecieron sentados sobre unas sillas giratorias de respaldo alto y de cuero también marrón, tomando nota cada tanto, saboreando alguna pastilla, hasta el cuarto intermedio de las 12:50. Detrás de ellos, pero un metro por sobre la tupida cabellera del presidente de la Cámara – que estaba en el centro-, colgaba un escudo gigante de la provincia de Entre Ríos, un enorme chapón ovalado pintado con una pobre gama de colores de pintura látex. Y rompiendo con tanta simetría, sólo a uno de los lados, las banderas nacional y provincial.

De frente al suntuoso escritorio de los camaristas pero en el otro extremo de la sala era el lugar del público, unas doce personas de rictus menos juicioso que el de los letrados y bastante menos nervioso que el de los imputados. Entre ellos estaban los periodistas, que eran los más relajados de la sala pero no por ello los menos atentos. Sobre el lado derecho, dándole la espalda a las puertas trillizas, se ubicaban los cuatro imputados con sus respectivos abogados defensores. Una prolija hilera de hombres de saco oscuro, camisa blanca y corbata. De frente a ellos, de espalda a las otras tres puertas, más o menos lo mismo: más hombres de traje oscuro, camisa blanca y corbata. Eran la querella y su joven ayudante; el fiscal de la causa, y entre éste y de costado a la vocal de corte carré, el secretario dactilógrafo.

En el centro de la ronda permaneció vacía durante todo el día la silla que fueron ocupando a su debido momento los testigos y los enjuiciados. Esta vez sólo tenían la oportunidad de hablar el abogado querellante y el fiscal. Al primero le llevó dos horas y media explicar bajo qué doctrina del derecho y con qué argumentos resolvió solicitarle al señor debajo del escudo la pena de catorce años y seis meses de prisión para uno de los cuatro imputados y porqué motivo decidió pedirle el levantamiento de la acusación para los otros tres. Su disertación fue impecable, merecedora de toda la atención posible y, si se hubiese podido, de un aplauso al final. Se trataba de un reconocido doctor en leyes y de renombre nacional que dado su histrionismo tranquilamente pudiera haberse dedicado a los escenarios. Cuando el discurso lo requería elevaba la voz y al hacer una pausa no volaba una mosca. En aparente plena furia golpeaba con su puño derecho el escritorio, y cuando pretendía mostrarse indignado bajaba los hombros y exponía las palmas de sus manos como pidiendo explicación.

Sin embargo, tal disertación por más elevado nivel que haya tenido, no anuló las necesidades fisiológicas humanas que también tienen los abogados. Sin quitarle los ojos de encima y sin perderse detalle, el fiscal, cuyo turno era después del mediodía, se metía a la boca pedazos exagerados de turrón, que le inflaban la delgada mejilla. Tal cosa sólo distraía al público, sobre todo a los periodistas que se codeaban entre sí; el resto de los presentes parecía no haber reparado en el cargado cachete del fiscal. Sin aplausos y ya sin turrones a la vista, concluyó la exposición del llamativo querellante, entonces el presidente de la Cámara del Crimen dispuso el cuarto intermedio dando la posibilidad a los presentes de buscar un lugar donde comprar algo para almorzar. Como en toda ciudad pequeña las posibilidades no abundaban, un restorán de comidas rápidas era la única opción y quedaba del otro lado de la plaza, frente al histórico edificio donde habían pasado la mañana. De manera que hacia allí marcharon todos, en caravana y a paso lento; con sus sacos oscuros y zapatos lustrados.

Sobre las cuadriculadas baldosas de la plaza Constitución no había formalismos ni rangos institucionales, allí todos eran iguales, a todos los acariciaba el sol y todos tenían hambre.

20/4/12

ando mirando

Cuando no se contrata a un diseñador gráfico, se logran logos tan literales como este:

Por si no está claro, se trata de una óptica...



3/1/12

estafadores turísticos

¿Cuánto pueden llegar a valer dos sándwiches de jamón y queso y una cerveza de litro?
Supongamos que los sándwiches cuesten 10 cada uno y la cerveza 15, tenemos 35 pesos en total; pero considerando que la cerveza es de las que vienen en botella verde calculemos... 25, y el total llega a 45. A lo sumo 55 si es que los sándwiches valen 15 en lugar de 10, pero más no.
¿Más no?
Depende dónde.
En la costanera de Gualeguaychú, frente a los obeliscos, para comer dos sándwiches de jamón y queso y tomarte una cerveza de litro tenés que pagar 90 pesos: 30 por cada chegusán y otros 30 por la Estela. 
conste la estafa
Como si eso fuera poco, después de pagar no te dan la factura que te corresponde, salvo que la pidas y esperes un buen rato hasta que la misma empleada poco entendida y bastante menos simpática que te atendió, llame a la dueña y le pregunte cómo hacerla.

El Estado municipal no puede imponer precios sino sugerirlos, así como tampoco puede retener a los turistas o pedirle de rodillas que regresen una vez que les hayan arrancado de esta manera la cabeza. 

Me apena que por estos injustos paguen los justos que cobran lo razonable por el servicio que prestan y entienden de qué se trata el turismo, porque el que llegó de otra ciudad y se sentó donde me senté yo y pagó lo que pagué yo, no vuelve (ni a la mesita frente a los obeliscos, ni a la ciudad).

20/12/11

cada cosa en su lugar


Nadie cuestiona la presencia de pelos en los cuerpos, 
de última, los menos estéticos se depilan y ya; 
pero guarda si aparece uno en la sopa...
Hoy, las chicas de la radio recibimos regalos
que nos sonrojaron los cachetes.

Todo objeto pierde respeto, y en ciertos casos su utilidad, si no está donde el entorno cultural al que pertenece indica que debería estar. No sé en otros países del mundo, pero en el que vivo, los chupetines fálicos quedan bien en las despedidas de soltera, pero no en los estudios de las radios.
De todos modos, bienvenidas sean las cosas desubicadas que nos descolocan, porque es una forma de suspenderse, de salir de la aburrida normalidad de los días. 
Ojalá la vida nos haga abrir grande los ojos y poner la boca en forma de "o" seguidito.



15/12/11

errores agudos, o graves (o esdrújulos)

Parte de la noticia que se leyó en el SIM
 En su momento dije que las comas valen fortuna pero omití darle el valor que se merecen los acentos, a la hora de evitar malos entendidos.
Hace un ratito, en el SIM (Servicio Informativo Máxima) el locutor, que no voy a dejar en evidencia, pero suele dejar sus comentarios en este blog, le puso acento a la palabra "plantará" en lugar de leerla como estaba escrita: "plantara". El error no hubiera sido para tanto de no tratarse de un ceibo que tiempo atrás plantara el ex presidente, ya fallecido, Néstor Kirchner...

8/12/11

buscado

Trabajando en una radio me doy cuenta de la cantidad de cosas que pierde la gente. A diario llegan tarjetas de débito, de crédito, Documentos Nacionales de Identidad, billeteras vacías, lentes de sol, también de los recetados...
La gente pierde muchas cosas, pero sobre todo, la gente pierde perros. Por momentos me fastidio y no me explico cómo se pueden extraviar tantos perros, perros aparentemente muy queridos, porque de lo contrario sus dueños no ofrecerían recompensas a cambio de su hallazgo y devolución y no se molestarían en ir a las radios a pedir ayuda.
En fin, han sido muchas las veces que en la diversidad de papelitos que quedan sobre la mesa del estudio he encontrado alguno referido al extravío de un perro, pero el que encontré ayer fue lo más:

El perrito (de orejas muy grandes) responde al nombre de ROBERTO!!!



29/11/11

para que los uruguayos y las uruguayas se enamoren

Cada tanto pongo en práctica lo aprendido en aquellas clases de P.I.R (Práctica Integral de Radio) y Foniatría grabando publicidades para otras ciudades. Por lo general, mi voz va a parar a radios de Gobernador Virasoro, Corrientes; o de alguna localidad uruguaya, promocionando desde actividades de gobierno (con tono institucional), las ofertas de un minimercado de barrio (con tono dinámico), hasta locales de venta de lencería unisex (con tono un poco cachondo).
Variadito, pero nada que me sorprenda demasiado, a excepción de aquella vez (hacer clic en "aquella vez" para ver a lo que me refiero) y hoy, que cuando abrí el archivo Word "A Grabar" me econontré con esto:


Tono canchero

QUE VAS A HACER ESTA NOCHE...
SI ESTAS SOLO O ESTAS SOLA...
DECILE ADIOS A LA SOLEDAD!!!

BUSCA AMIGOS O AMIGAS PARA SALIR
CON TU CELULAR
ENVIA “CHAT” AL UNO DOS TRES CUATRO CINCO

LA COMUNIDAD MAS GRANDE DEL URUGUAY
AHORA LA TENES EN TU CELULAR

“ENVIA CHAT AL UNO DOS TRES CUATRO CINCO”

DECILE ADIOS A LA SOLEDAD.
ALGUIEN TE ESTA ESPERANDO EN EL CHAT
ENVIA CHAT AL UNO DOS TRES CUATRO CINCO

LOCO, me pareció muy loco/suspensivo escucharme a mí misma como a la locutora del 2020.
Veremos si resulta...

21/10/11

una cachetada de diciembre

Fines de octubre ya es fin de año, o al menos parte del tramo final del año. Se nota en las temperaturas máximas que rondan los 23, 24 grados; pero más se nota cuando llegás a un lugar y encontrás sobre la mesa un pan dulce.

Foto registrada esta mañana en la sala de producción de Máxima.
De fondo la rusa antes de ir al móvil.

18/9/11

vivo

Abro la puerta que da a la calle y salgo, a pie. A las ocho tengo que estar en la radio y son las menos diez, así que acelero el paso. El aire es cálido, denso, húmedo; todo indica que más tarde va a llover. Me gusta la lluvia; me gusta cómo se ve; me gusta cómo se escucha; me gusta como huele, me gusta cómo me moja. Siento el sol, suave, despegándome los párpados. Lo dejo hacer. Me entrego. Respiro. Me lleno de viernes. A media cuadra veo a Chiche cargando cajones de acelga. "Buen día locutora" me grita;  y las otras dos personas que caminan por la cuadra se dan vuelta y miran. Buen día Chiche. Sigo caminando, escucho mis pasos, mis latidos y ese ruidito que hacen las chapitas de mis aros cuando se chocan. Sonrío, todo me dice que estoy viva y me gusta darme cuenta, y me gusta dar las gracias. Entiendo que lo que estoy viviendo es único, que la rutina no existe, que nada se repite. Que el ritmo de mis pasos el lunes no serán iguales, que el martes puede que esté nublado, que el miércoles quizás no me cruce a Chiche cargando acelgas, que el jueves no me pondré estos aros, que el próximo viernes quizás no esté.