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31/3/13

a Damián

Primero habrá sido tu mirada, como casi siempre sucede. No me costó, a pesar de la música fuerte y la gente alrededor, darme cuenta de que eras un tipo bueno. Y para colmo hiciste eso de bajar el mentón y mantener fijo en mí a ese par de bolillones tan oscuros, tan brillantes. El corazón me latió un poco más fuerte y probablemente se hayan enrojecido y mucho mis cachetes, pero lo disimulé. Cómo podía ser que así como si nada se me moviera de esa manera la estantería.
Siempre fui enamoradiza, está bien, lo admito, pero tarde o temprano (y muchas veces más temprano que tarde) encontraba ese "algo que no me cerraba". Con decirte, Negrito mío, que minutos antes había resuelto quedarme sola, feliz y sola, alejada de cagones inmaduros que-no-saben-lo-que-quieren y de aquellos otros, la mayoría, que sólo tienen espuma de fernet con Coca y entradas free para el boliche en la cabeza.
Me gustaron tus manos. Luego el timbre de tu voz, tu sonrisa con todos tus dientes, y esas cosas que decías que me hacían reír. 
Me tenés encandilau, como  a una vizcacha. 
Percibí de inmediato tu inteligencia, y entonces, estalló un grito de gol de domingo en la Bombonera. Sin embargo hacían falta unas buenas charlas para encontrar lo fundamental, porque hay diferencias que mucho no cuentan, que son divertidas y hasta diría que es saludable que las haya, pero hay otras cuestiones en las que hay que coincidir para caminar juntos.
Como ya te he dicho: la tenés re clara, más que yo. En las reglas ortográficas y en las ideas. Te has equivocado y feo (porque sos imperfecto), y tus miserias te duelen (porque nivelás para arriba). Sabés quererte y así querés a los demás, con la dosis justa: sin egolatría, sin idolatrías, y sin desprecio.
En algún momento de aquellas charlas de calor y cerveza pensé que serías un buen compañero más allá del verano, que tus chistes eran lo suficientemente buenos como para transformar en sonrisa mis duelos, que me llevaría bien con tu familia a pesar de no cantar ni tocar instrumento alguno y que le caerías muy bien a los míos, que podría aprender muchísimas cosas y conocer rincones de verdes y de aguas dulces de por acá cerca porque me dijiste que te gustaba esta ciudad (como a mí), que me acompañarías a rezar sin cuestionar por qué lo necesito tanto, que serías capaz de casarte conmigo y que me ayudarías muy bien a transmitirle valores a los hijos que pudieran llegar.
Tres años desde aquel encuentro entre la música fuerte y el amanecer inminente no son muchos, menos aún los dos de matrimonio, pero bien vale la pena celebrar en el alma el acierto.
Te amo.

2/4/2011  -  2/4/2013

10/2/13

la fiesta


Como una piedra que alguien tira al río, el carnaval se propaga como ondas alrededor del corsódromo. El tranquilo barrio de vecinos que recién ahora están acostumbrándose a ver el pavimento en la puerta de su casa, convulsiona cada sábado de verano. Autos por doquier. Los quioscos y las despensas abiertos toda la noche. Pelucas de colores. Agentes de tránsito. La Policía. Los turistas preguntando cómo llegar. Y la música de las comparsas que no deja dormir, por eso es mejor sentarse en la vereda y sumarse a la fiesta.

Da la sensación de que Gualeguaychú todavía no puede creer lo que pasa. Desde que en Argentina se recuperó el feriado de Carnaval, esta ciudad del sur entrerriano se convirtió en el epicentro de los festejos. Por los tres accesos de la ciudad se ven entrar autos constantemente. Y tal “invasión” genera trabajo y alegría, pero también algún temor  (como cuando para algún encuentro familiar caen a la casa más parientes y amigos de lo imaginado), y entonces se escucha a la gente preguntarse si alcanzará el agua, si habrá cortes de luz, plata en los cajeros y dónde se alojarán todas estas personas.

El barrio del corsódromo verdaderamente se transforma, y por fuera del enrejado de la pasarela el carnaval también se festeja.

Kamarr se estaba yendo y Ará Yeví estaba lista para su turno. Faltaban cuatro minutos para la medianoche. Beto, en su puesto de venta de cotillón carnestolendo, estratégicamente ubicado a pocos metros de la entrada principal del circuito, le colocaba un espaldar lleno de brillo y plumas a una turista salteña mientras el marido preparaba la cámara. Por 15 pesos podía sacarse todas las fotos que quisiera y sentirse pasista o bastonera por un rato. Cuando ella terminó de jugar él también quiso su foto. Beto cobró quince más y él, aunque vestido de jeans, camisa, y lentes con aumento, se calzó otro espaldar.

Cuando la ciudad deja de ser la sede del carnaval y recupera su habitual ritmo de pueblo grande, Beto es uno de los choferes de las ambulancias del hospital. Pero cuando llega el verano divide su tiempo y cansancio entre sus dos trabajos. Este año invirtió tres mil pesos en plumas para armar los espaldares. Uno de sus hijos confeccionó un montón de tocados para vender, y su mujer quedó a cargo de la caja. Contando a la pareja de Salta, ya eran 250 quienes le pagaron por una foto esa noche. Beto estaba contento.

La música de Kamarr se escuchaba lejos y alzando la vista desde la calle podía verse a la carroza de apertura de Ará Yeví en el otro extremo de la pasarela, lista para avanzar. En el bar de la esquina cuatro chicas con antifaces compartían una cerveza, mientras otra, con una pluma rosada en la cabeza bailaba en plena calle y alzaba su copa ante los desconocidos que la piropeaban. Los agentes de tránsito y los policías, serios en el centro de la batahola, la miraban con zozobra. Unos metros más allá, aclimatados con el espectáculo, una familia entera pasaba el rato en la vereda.

No había remises libres, ni lugar donde estacionar. Tampoco se escuchaban sirenas. Sólo los ruidos de la alegría, y allá arriba el cielo acompañaba con estrellas. Eran casi la una de la madrugada y seguía la fiesta…

Apurad, que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta*.

*Segmento de “La Fiesta”, de Joan Manuel Serrat

25/1/13

city tour


La costanera estaba llena. De gente, de risas, de música, de perfumes, de plumas, de ojotas, de cerveza, de sol. En el puerto, frente a la plaza Colón se ofrecían paseos en lancha por el río Gualeguaychú y Uruguay. A un costado, interrumpiendo el tránsito de calle Del Valle se instaló la feria de artesanías, y los turistas pasaban de maravillarse con las prolijísimas pulseras de macramé, a preguntar los precios de los cuchillos y luego de los mates y más allá una señora de caderas anchas se probaba un pareo. Ahí cerquita, el bus que nos llevaría a recorrer la ciudad estaba todavía estacionado a la espera de más pasajeros, cuando un matrimonio de unos treinta años (de casados) se sumó al tour. Y entonces el chofer puso primera y arrancó:


Lento pero ininterrumpido. Había mucho para ver y también eran muchos los autos cuyos pasajeros, al igual que nosotros, paseaban por Avenida Morrogh Bernad. Fuimos bordeando el río Gualeguaychú  pasando por los obeliscos, la heladería, el hotel, la parrilla, el casino, el balneario y la piscina pública hasta llegar al puente naranja, el puente Méndez Casariego. Mientras lo cruzábamos muchos hubiéramos preferido que se detuviese en el medio, porque desde allí la vista era fantástica. A ambos lados. El sol reflejaba fuerte sobre el agua y el río parecía de plata. Y dispersos entre costa y costa flotaban veleros, kayaks, lanchas, piraguas, canoas, un catamarán y muchos de esos coloridos bicibotes. Allá a lo lejos las playas se veían abarrotadas de gente. Como hormigueros. Chiquititos, uno pegadito al otro.

Se terminó el puente y nos zambullimos en el verde del parque. Ceibos. Talas. Espinillos. Tipas. Eucaliptos. Un papá atajando penales. Una nena en bici con rueditas. Unos novios tomando mate. Bajo la sombra, una familia numerosa ocupaba una de las mesas de madera, y unos pasos más allá los restos de la leña yacían sobre una parrilla. Pocas ciudades tienen un parque tan hermoso. ¿Pensarían lo mismo el resto de los pasajeros?

El matrimonio resultó ser de Villa Libertador San Martín. Habían pasado más de diez años desde la última vez que visitaron Gualeguaychú. Para ellos el recorrido fue como conocerla de nuevo. Le sacaron fotos a la plaza y a la Catedral, descubrieron la casa más antigua de la ciudad, ponderaron el aspecto del teatro remodelado y al llegar a la avenida Rocamora extendieron la vista hasta la copa de las viejas palmeras. Él recordó que “antes los corsos se hacían acá”. Hablaron de las comparsas, de las majestuosas carrozas y de los laboriosos detalles de los trajes. La noche anterior habían estado en el carnaval, pero esta vez el corsódromo los sorprendió desnudo; como un gigante echado al sol.

El colectivo bordeó el corsódromo y tomó por Avenida Parque hasta reencontrarse con el puerto, el paseo Nicaragua primero y el muelle de los pescadores después. A la izquierda los galpones y allá enfrente, en la isla, ese extraño castillo. Y nuevamente los artesanos. Y el guía del catamarán. Y un señor ofreciendo departamento para alquilar. Y las ojotas. Y los helados. Y  los turistas probándose espaldares y tocados. Y la música. Y el sol ya más bajo.

4/7/12

cosas de perros (¿?)

Ya de por sí es extraño ver un perro caminando por los techos...


















Pero ver un perro con remera caminando por los techos, pasa de extraño a suspensivo.


Otras de perros


Este blog tiene tres años, y desde el primer post hasta este no han sido pocas las veces que los caninos fueron protagonistas:

Al primero que recuerdo es a aquel pichicho que solía encontrar a  la vuelta de casa sentado más derecho que yo. Ese es mi preferido.
Conocimos la historia de Chonino, en honor al cual existe en Argentina el día nacional del perro.
Una noche fría de invierno encontramos a Osito, un perro comunitario que como tal no era de nadie y a la vez era de todos.
También hemos observado con gracia cómo siempre se ve a algún perro en lugares donde se supone que no deberían estar, como en una protesta  frente a Casa de Gobierno, marchando contra Botnia por el puente internacional General San Martín con una bandera argentina atada al collar, viajando en el techo de un auto frente a Banco Pelay, en pleno acto kirchnerista, o entremedio de lentejuelas y caireles en el Carnaval del País.

29/5/12

con las piernas a prueba

Nadie nos creía capaces de poder viajar como mochileras al noroeste argentino. Nadie. El apoyo que recibíamos se limitaba a no poner resistencia porque en definitiva ya teníamos edad de decidir por nuestra cuenta. Mi amiga y yo ya habíamos hecho una viaje juntas cuando éramos adolescentes; un viaje del tipo convencional con agencia de turismo de por medio y paquete completo. Comodidad y seguridad garantizadas. Esta vez en cambio, todo era azar. A excepción del rumbo que tomaríamos y de ciertos lugares que nos propusimos conocer, el resto era aventura. Palabra excitante como pocas en el extenso glosario castellano. Y para nosotras aún algo más que eso: la oportunidad de que cada una se ponga a prueba con su propio espíritu y con su par de piernas, el desafío de enfrentar lo inesperado sea bueno o sea malo, las ganas de comernos al mundo y la certeza de que podíamos hacerlo.

La primera de las casi mil fotos que terminaron completando la memoria de ambas cámaras nos la tomaron nuestras madres el 3 de enero por la mañana en la terminal de ómnibus de Gualeguaychú, un rato antes de subir al colectivo que nos llevaría a Córdoba. A pesar de la mala luz de la imagen es de mis fotos preferidas, al verla recuerdo el orgullo de mí misma que sentí en ese momento.

Teniendo como objetivo destinos tan lejanos, cruzar el litoral hasta llegar al centro del país pareció un trayecto corto. En Córdoba el viaje recién empezaba, sus sierras no serían más que un trampolín hasta la puna y su “no se qué” me dejarían por siempre las ganas de volver. De todos modos, fue allí donde cumplimos el primer desafío y salimos a caminar la ruta. Sabíamos que nos deparaban esfuerzos mayores, por eso no nos quejamos demasiado durante los primeros siete kilómetros entre Villa General Belgrano y Santa Rosa de Calamuchita. Más fuerza todavía me dio recordar la socarrona carcajada de mi hermana cuando me probé por primera vez la mochila y caminé del comedor a la cocina a la velocidad que lo hizo Armstrong en la luna. Ni en ese cortísimo trayecto de la casa de mis padres, ni en toda la ciudad donde crecí hay ondulaciones en el terreno como las que en ese momento aliviaban o mortificaban mis cuádriceps, según si nos tocaba avanzar en bajada o en subida. Lo sospechábamos, pero no sabíamos a ciencia cierta que eso era apenas una entrada en calor.

Desde Córdoba capital atravesamos de sur a norte, y de noche, la provincia de Santiago del Estero hasta llegar a San Miguel de Tucumán una mañana que acababa de llover y el apático sol no lograba a secar la humedad. Desconocíamos la infantil rivalidad entre tucumanos y salteños hasta que mantuvimos la primera charla con el dueño del hostel donde pasamos la noche, un señor morocho que bien habría podido disimular su prominente vientre y sus tetillas deprimidas de no haber andado con la camisa desprendida todo el tiempo. Olvidamos sus comentarios localistas pero aceptamos una sugerencia, y al día siguiente viajamos a Tafí del Valle. Si hay algo de lo que puedan alardear los tucumanos frente a los salteños y a cuanto argentino tengan enfrente, es sin duda este lugar. Flores, muchas flores; abundante verde, aire fresco, ríos serpenteantes que vienen bajando de las montañas que rodean la ciudad, cabañas de madera, niños ricos paseando en cuatriciclos por las tranquilas calles, caballos de crines largas que parecieran haberse olvidado los príncipes azules; y para nosotras, el mejor almuerzo de todos los tiempos: queso de cabra y ciruelas disecadas sobre las gigantescas piedras que costeaban el río.

Eso también fue un precalentamiento, los lugares que nos faltaban conocer eran iguales o más hermosos. En general, el avasallante paisaje del oeste norteño vivido de la manera que elegimos me hizo sentir pequeña, me enseñó a discriminar lo esencial de lo intrascendente, a entender que también es argentina esa mujer de sobrero y trenzas largas que carga a un niño en una wawa, al fin llegué a conocerme lo suficiente como para saber de lo que soy y de lo que no soy capaz de hacer y me acercó a Dios de tantas ganas que tuve de aplaudir al autor de todo aquello; lo más impensado, quizás, es que le agregó valor a mi paisaje litoraleño de todos los días y a los inmensos ríos que allá arriba no veía.

 Polvo, cerros secos, rojos, naranjas y amarillos; cabras, llamas, alpacas, vicuñas y vacas flacas. Cardones, adobe, miradas profundas, silencios, erkes, faldas amplias, aliento a coca, viento, salinas, noches frías, vino, ají, orégano, tunas, historias de batallas, carnavales, madretierra, procesiones. Da lo mismo si es Maimará, Purmamarca, Humahuaca o Tilcara. Toda la puna llora a los Quilmes, y le reza tanto a la Pacha como a la Virgencita de Copacabana del Abra de Punta Corral; y como ocurre en todos lados, nadie entiende muy bien qué les fascina del lugar a los que llegan de visita: “Acá vienen a pasear médicos y abogados desde Buenos Aires”, me dijo sorprendida ante el permanente paso de turistas la mujer que por cinco pesos argentinos nos dejó dormir en la entrada de su casa y usar su baño.



1/5/12

la marcha que no se detiene


El joven de la bandera, el que va de la mano con una chica rubia, tenía diez años cuando se realizó la primera marcha; sus padres le habían llevado la bicicleta y una pelota para que no se le hiciera aburrida la caminata y para que jugara con los demás chicos. Hace dos meses empezó a cursar la carrera de Abogacía porque quiere defender los derechos de los ciudadanos.
Las marchas sobre el puente internacional que une Gualeguaychú y Fray Bentos se vienen realizando desde hace ocho años el último fin de semana de abril, y el propósito de quienes participan es reclamar que la fábrica de pasta de celulosa UPM – Botnia, de capitales finlandeses, sea desinstalada; pues aseguran que su producción es altamente contaminante.
La primera fue el 30 de abril de 2005. En ese entonces Botnia era una inmensa explanada rodeada de obradores al lado del puente, lo que auguraba una fábrica de dimensiones nunca antes vistas en la zona, ni de uno ni del otro lado del río.
A pesar de los cánticos, las banderas, los cortes de ruta, los muchachos de Greenpeace jugando a salvar el mundo, los brillosos caireles de la reina del carnaval en la cumbre de presidentes en Viena, los estudios científicos y los escalofriantes testimonios de los vecinos de Valdivia y Pontevedra, la construcción concluyó y la fábrica comenzó su producción de pasta blanca para papel a fines de 2006.
Sin embargo, el siguiente abril la gente volvió a marchar.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y hoy, el más frío de los ocho últimos domingos de fines de abril, también marchan.
En los casi cuarenta kilómetros de recorrido entre la ciudad y el puente los autos de los manifestantes se diferencian del resto por las banderas argentinas que flamean amarradas de las ventanillas; algunos muestran su asistencia perfecta a las marchas con las calcomanías que identifican a cada una de las ediciones pegadas en la luneta.
Octava marcha. Puente Gral San Martín. 29 de abril de 2012. (Foto: Gustavo Rivollier)
Cada tanto, carteles pintados a mano y colocados más allá de la banquina impactan con frases como “Salvemos al río Uruguay”, “Sí a la vida”, “Vamos al puente” y “Gobierno uruguayo violador”.
A mitad de camino, en el kilómetro 28, aún permanece el refugio de Arroyo Verde; un pequeño salón levantado al lado del arroyo donde los asambleístas se reunían, y que en los tiempos de mayor euforia fue declarado paraje histórico cultural por la Legislatura entrerriana. Ahí mismo, un acoplado y una tranquera mantuvieron cortado el tránsito durante tres años y medio.
Con tanto para ver el recorrido se hace corto. Al llegar al lugar de la protesta, los agentes de Tránsito de la Municipalidad de Gualeguaychú ordenan a los autos. También llegan los micros de larga distancia con vecinos de diferentes barrios de la ciudad, a los que las empresas trasladaron sin cobrarles un centavo.
Familias enteras cargando canastos de mimbre y reposeras van llegando a la cabecera del puente. Se ubican y empiezan el mate mientras otros van encendiendo las brasas para asar chorizos, y más allá unas señoras derriten grasa para hacer -y vender- tortas fritas. Colores, saludos y olores son traídos y llevados por el viento frío.
Los periodistas, en su mayoría de medios de comunicación de Gualeguaychú, caminan ansiosos entre la gente perpetuando testimonios en sus grabadores y blocs de notas. También está esta vez el puesto de venta que tiene la Asamblea para recaudar fondos; todo objeto al que se le pueda estampar una frase tiene escrito “No a las papeleras” o una segunda opción un tanto más amplia: “Sí a la vida”. Y como cada año, tampoco faltan los dirigentes políticos incapaces de perderse la oportunidad de quedar bien con el pueblo.
Una vez realizada la oración ecuménica a cargo de representantes de todos los credos, empieza la marcha. Al frente de la multitud van los más chicos, los integrantes de la Asamblea Juvenil, que sostienen un cartel tan ancho como la ruta, que dice: “Salvemos nuestro futuro, paremos la contaminación”. Más allá, los ambientalistas uruguayos que llegaron hace dos días desde Montevideo y La Paloma levantan la bandera oriental. Entre todos ellos camina un padre con su gurí sentado en sus hombros, el chico se saca la campera y la madre se acerca por detrás e intenta volver a ponérsela. Es en vano, más allá vuelve a quitársela y esta vez la tira al piso. Una pareja de novios comparte besos y mates, dos amigas se fotografían y una nena vestida de rosado pasa esquivando gente arriba de sus patines.
La protesta tiene poco grito y puño en alto, más bien se parece a una tarde de otoño en el parque de la ciudad.
Este es su modo. Así fue en el abril de 2005 y así fue el siguiente, y el siguiente, y el siguiente; y así dicen que seguirá siendo hasta que cumplan su objetivo.


28/1/12

no ilustres que oscurece


Carnaval, venta de entradas, ubicación, traslado al corsódromo, venta de CD/DVD del carnaval... hasta ahí todo bien. Pero ¿hacía falta dibujar ese cairel ahí abajo?

11/1/12

por donde lo mires

El "carnaval del país", el que se hace en Gualeguaychú, es grande. Por más que vaya casi todas las noches de todos los años, siempre me deslumbra...


.... desde lejos

y de cerca

14/3/11

rec

Éste, tal cual como se ve a continuación, fue el texto que me encontré para grabar esta mañana:

 EL GOBIERNO MUNICIPAL DE LAS PALMAS UNA VEZ MAS ISO REALIDAD
 LA FIESTA POPULAR MAS IMPORTANTE DE LAS PALMAS, CON EL APORTE DEL GOBIERNO
 MUNICIPAL LOS CARNAVALES 2011 FUERON UNA REALIDAD, APORTES EN ILUMINACION,
 SONIDO, BAÑOS QUIMICOS, BALLADOS, BEEDORES, SEGURIDAD POLICIAL, LOGISTICA Y PERSONAL
 AYUDA ECONOMICA A LAS TRES COMPARSAS, SIN APOYO PROVINCIAL
 Y CON UN PORTE DE MAS DE 197.300 PESOS DESDE LA MUNICIPALIDAD DE LAS PALMAS
 UNA VEZ MAS SE DISFRUTO DE LAS FIESTA MAS POPULAR DE LAS PALMAS, PARA QUE EL

 100% DE LAS RECAUDACIONES DE VENTAS DE ENTRADAS, CANTINAS, PUBLICIDAD,
 PALCOS Y SILLAS SEAN BENEFICIADAS LAS COMPARSAS PARTICIPANTES,
 RESPUESTAS INMEDIATAS Y FABORABLES
 DEL GOBIERNO MUNICIPAL DE LAS PALMAS INTENDENCIA VIKI ARMELLA.

1/3/11

El otro carnaval de Gualeguaychú

Hace unos días me propuse escribir también sobre el otro carnaval, el de los barrios, el de las cornetas, el de la espuma; pero toda intención se desvaneció esta mañana cuando abrí mi correo y encontré un mail de Fabián Magnotta, con una descripción que yo no podría superar. Antes que salga en la columna de maximaonline, se muestra en estos mundos:


Una Guía para viajeros, podría decir Cortázar. Acaso sea necesario que quienes lleguen a Gualeguaychú, conozcan que hay dos carnavales, y que no compiten entre sí.

Es reconocido el llamado Carnaval del País, que se realiza cada verano desde 1997 en el corsódromo. Pero también está el viejo carnaval, el corso tradicional, que vuelve con el paso de las murgas de la historia y que perdura desde los barrios y vive buscando su lugar.


Es innecesario y además incorrecto establecer una competencia.

Gualeguaychú logró imponer su nombre más allá de sus fronteras desde ese Carnaval del País. La transformación se produjo en el verano de 1981, cuando surgió la propuesta de teatro a cielo abierto como fruto del trabajo –sin manual- de diez clubes y entidades sociales, con acompañamiento municipal. Fue un desprendimiento de los corsos tradicionales para construir el espectáculo más grande del verano en la Argentina , y uno de los principales carnavales del mundo.

Una genialidad artística y comercial, si se quiere, en un país bipolar que se ha obstinado en oscilar entre la esperanza y la desolación. Una propuesta que incluye otras riquezas, como el aporte de artistas que crecen desde las carrozas estudiantiles (espectáculo que ya pasó el medio siglo) y más cerca en el tiempo desde una primavera teatral que se instaló en la ciudad. Es el carnaval que todos conocen, el que genera un movimiento económico que iguala el presupuesto anual municipal y que abrió las puertas a un proyecto turístico. Un carnaval que como construcción colectiva en Gualeguaychú supo disfrazarse de progreso y de arte.  El ritmo de Brasil, la fuerza nacida desde el pie de las murgas uruguayas, otro poco de las plumas de Corrientes, pero fundamentalmente fue y es la sangre de Gualeguaychú la que edificó este show imponente.

El Carnaval de Gualeguaychú, como el corsódromo del Parque de la Estación , refleja las luces que se encienden en el escenario donde por años funcionara la estación del ferrocarril, un lugar ligado al puerto y al legendario Frigorífico Gualeguaychú a través de la Calle de Tropas. Turismo en lugar de producción, trabajo al fin, y menos contaminante. Una utopía realizada de plumas, de enormes carrozas, de estandartes, de batucadas y de pasistas.

Un mundo de glamour, de brillo, de esplendor, de majestuosidad… tales las palabras a las cuales recurrimos los periodistas para los títulos. El sueño de deslumbrar, la admiración, el arte, las luces que estallan, los cuerpos que se adueñan del show, la creciente profesionalización, el marketing, las coberturas, los VIP. Las cámaras de fotos que se pelean en la multitud. La música en medio de un lugar donde todo el año es silencio, los atrevidos trajes de dioses y de diosas, los desnudos en un pueblo donde todos se esconden.

Pero, debe aclararse al desprevenido viajero que en Gualeguaychú existen muchas más páginas escritas: con sus variantes, el carnaval siempre rompió las tardes y las noches de los veranos.





Carnaval de siempre

Hay otro carnaval, así con minúsculas nomás, como se escribe carnaval. No como marca, sino como genérico.

El de siempre, con “s” minúscula también, por eso cuesta encontrar el origen. Hay por allí un decreto municipal firmado en 1840, cuando se ordenaba celebrar el 29 de noviembre la Convención de Paz entre la Confederación Argentina y la Francia con un festejo de carnaval, aunque ocho años más tarde otro decreto prohibiría “ LA BARBARA COSTUMBRE DEL CARNAVAL...POR LA DEFENSA DE LA SALUD , LA MORAL Y LA CULTURA QUE DEMANDAN LA RELIGION DEL ESTADO Y EL ACTUAL SIGLO DE LUCES”.

Así las cosas, el primer CORSO DE CARNAVAL se realizaría el 5 de marzo de 1876, como quedó registrado en una edición del suplemento Cuadernos de Gualeguaychú, del diario El Argentino.

Se llaman Matecito por un payaso (Blanc de apellido) que tenía ese nombre, bien entrerriano, bien de barrio, bien de desayuno en las casas. La simpleza, la belleza y la alegría posible.

En realidad, el área de Cultura de la Municipalidad hizo esfuerzos para organizar y recuperar la fiesta en los años 90, cuando parecía que todo se iba apagando sin que nos diéramos cuenta. Ojalá aprendamos la lección de conservar la columna vertebral en cada cosa que hagamos.

Corso rioplatense de los pobres o de todos, el concepto del carnaval como fiesta de encuentro. Y después, como canta Serrat, el pobre que vuelve a su pobreza y el rico que vuelve a su riqueza.

Su cielo es de sencillas guirnaldas. No hay glamour, sino el brillo sólido y opaco de las raíces. Los barrios que se organizan, se concentran y salen, con el estandarte del orgullo para competir. La alegría mezclada con la sonrisa triste del payaso de barrio.

 “Negra…¿dónde están mis guantes/mi galera felpa/mi viejo bastón?/ Negra/dónde están mis lentes/mi camisa a raya/y mi frac pintón?”, cantaba el Canario Luna aquellos versos uruguayos de Pedro Ferreira, para graficar la mística de los preparativos.

La galera, la pechera, el bastón, las máscaras, la broma del autor desconocido, el artista escondido, las voces finitas, las muecas, la reivindicación del derecho a la alegría que no figura en los códigos, la convivencia de duendes, magos, antifaces, cañas, pieles embadurnadas, la mística y la queja tristona que habitan y seducen en el territorio murguero.

Ser alguien una vez al año, planteó Abelardo Otero Wilson, que también se detuvo en el “payaso sin circo”. El carnaval que no busca deslumbrar, sino divertir. La música dulce, casi pegajosa de las cornetas, que atraviesa el aire. El mismo aire que pinchan los bastones. El mismo aire que suspende el salto del murguero con hilos invisibles. La lluvia de espuma, que vendría a ser el reemplazo moderno de jugar con agua, aunque debe aclararse que no vale cometer homicidio.

Por ahí se mezclan algunas imágenes con el Carnaval del País, que vendría ser el hermano rico, grande y exitoso. Los corsos también son una escuela de batuqueros, como algunas chicas muy jóvenes exhiben vocación y poses de pasistas del carnaval espectáculo.

Desde hace unos años le dieron el viernes, y por ahora sigue ahí. Es el carnaval sin ticketek, donde el invencible Momo se quedó.

-Tengo los videos grabados para mirar el carnaval en invierno. Mi vida es esto…es para extrañar menos el carnaval- me dijo una murguera con historia.

La mueca que queda dibujada a fuego, la burla a la rutina, por unas horas la gambeta a las penas, una “reina” que es un albañil bastante feo, pero –como decía Borges de Almafuerte- lo salvan la fuerza y la convicción, el papel picado, el sonido de celofán, y la serpentina que queda eternamente suspendida en el aire, para que después sólo la vean los privilegiados de la dulce nostalgia.

Se va, o parece que todo se va cuando la noche termina. La sabia mezcla de alegrías y lamentos, los papelitos que vuelan, un vaso roto, un tarro de espuma aplastado, una silla caída, un noviazgo que nace, una mirada que no conocerá el olvido, el perfume de una reina con otra belleza, las huellas de los pasos de los murgueros, el traje que esquivó la rutina y cae en una silla, el sencillo paraíso de guirnaldas, los zapatos cansados, la sonrisa pintada en el rostro con colores que no están en el muestrario del reloj cotidiano, la fantasía colada en la simpleza, la expectativa, el entierro para reírse de lo inevitable, todo en el “otro carnaval”, el de siempre, la murga que gira y esa corneta que regresa a su soledad y a su maldita condena de silencio de once meses, y que sabe en el fondo que la vida siempre da revancha.

25/2/11

los títulos que nunca serán


Gioja le pidio perdón a los sanjuaninos por la contaminación

El intendente de Colón, Hugo Marsó, propone cortar el puente a Uruguay en apoyo al reclamo de los asambleístas


Por tercer año consecutivo, no hubo paro de docentes en Entre Ríos

Telecom abrió su oficina de atención al cliente en Gualeguaychú y cesan los reclamos

Ganó Kamarr y Marí Marí se quedó con el último lugar en el Carnaval del País

Gran Bretaña devolvió las Islas Malvinas a Argentina

Asambleístas de Gualeguaychú festejan en Arroyo Verde la erradicación de la pastera Botnia

"El kirchnerismo fue lo mejor que le pasó al país", expresó De Angeli, de rodillas

24/2/11

cambalache de gibré

El carnaval es un espectáculo cautivante. Por más años que una lleve viéndolo, siempre vale la pena volver al corsódromo de Gualeguaychú.
Pero más suspensivo aún que el propio espectáculo, puede llegar a ser la previa, lo que se ve antes de que las comparsas salgan a escena.
Allí hay de todo, es un cambalache de gibré. Está la integrante emocionada archifanática del club de la comparsa en la que sale de porta bandera, los asistentes de paso rapidito y exagerado nerviosismo, el director que vino esta noche pero la anterior prefirió calmar sus nervios en casa, mucho culo redondo y parado y de los otros, que piden más maquillaje simulador de achaques; hay grúas ubicando integrantes allá arriba de las carrozas, hay fotógrafos que sólo sacan fotos hot, hay tipos que no hacen nada pero engordan la vista y piden números de celulares, hay cerveza, también fernet, la bastonera que se acerca al tipo vestido de virrey y le pide un pucho, la mirada envidiosa de ella hacia aquella, está la reina que camina como reina porque sabe que gana, los tipos de seguridad que se sienten poderosos; la periodista que observa para escribir después, el integrante, que ya metido en su personaje, la saca del análisis, y el fotógrafo despierto que dejó de lado los culos y las tetas y gatilló el repentino ataque carnestolendo.

7/10/10

kan

No es la primera vez (ni va a ser la última) que me suspende un perro.
Ya me pasó la primera noche de carnaval cuando vi a este ejemplar relamiéndose detrás de la batucada de Papelitos.
Hace un par de horas, el ex presidente Néstor Kirchner expresaba su afecto hacia los entrerrianos en el club Juventud Unida, de Gualeguaychú, y a poquititos metros a su derecha un perro desde la tribuna blanquiceleste me miró.
Juro que me miró!



Y ahora que observo con más atención la foto noto que también me miró el señor de campera beige.