11/12/13

perdón

               
"No tengo palabras para pedirles perdón", dijo José Alberto Castro tras conocer su condena. 
Hacia años que trabajaba de camionero. Sabía tanto... Había hecho ese recorrido ciento de veces y en horarios diferentes. Tan clara la tenía José, que la madrugada del 4 de septiembre se creyó omnipotente. Tenía que cumplir horario de llegada, como siempre, y ese neumático roto kilómetros antes demoraba el objetivo. Además quería volver a casa, ver a sus hijos, y descansar. Concordia aún estaba lejos, la provincia-isla recién empezaba.

La oscuridad de la noche habilita al hombre a actos que el día impugnaría.

La solución a los problemas de José era ese atajo. Lo haría rápido, él sabía cómo. Hay otros que también lo hacen.

Una mala idea y la vida da un vuelco.

Claro, el no quería que ellos murieran. No los conocía. No sabía sus nombres. No sabía que también venían por la ruta esa noche.

Pocos meses después, una mañana de calor una jueza en Gualeguaychú leyó su destino: tres años y dos meses de prisión efectiva, más la inhabilitación para conducir vehículos automotores durante diez años. 

No podía creerlo, jamás se había imaginado pasar días en la cárcel. El no era un criminal. Pero sabía que se merecía pagar por lo que hizo. La culpa lo estaba torturando. Se sentía estúpido y tenía bronca consigo mismo. Quería pedir perdón y no sabía cómo, le dolía el dolor de esa gente.

"Fue una negligencia mía, fueron cinco segundos y por más que sea un chofer profesional soy un ser humano y cometo errores, ojalá no haya más estúpidos como yo. Lo lamento un montón porque sé que arruiné a una familia", le dijo José esa mañana en la sala a un periodista que se acercó a entrevistarlo. 
Durante el transcurso de la nota pasó algo que dejó atónitos a los empleados del Poder Judicial y que el diminuto grabador del periodista atesoró. Un muchacho joven, de unos 20 años, y un hombre adulto se le acercaron para abrazarlo. Eran el hijo y el hermano de la mujer que murió en la ruta aquella madrugada. Le dijeron que lo entendían, que no le tenían bronca y que lo perdonaban.

José pagará con años cárcel su negligencia, pero gracias a la inconmensurable grandeza del perdón que esos dos hombres pudieron darle José alivianó su culpa, que hubiera sido su peor condena. Su martirio eterno.

21/11/13

semblanza para tu cumpleaños

Podría decirse que nací tarde. Bah, tarde en la linea de tiempo familiar, porque en definitiva nacemos cuando nos toca nacer y punto. Prueba de esto que digo es la diferencia de edad que tengo con mis hermanos. Claudio, Andrea y Fabricio. Cuando llegué, ellos estaban decidiendo qué carrera estudiar, de manera que crecí entre adultos con privilegios de unigénita. Dada esta circunstancia que no viene al caso profundizar ahora, jugué más con mis sobrinos mayores que con mis hermanos. Sin embargo hay uno de ellos que desde siempre ha tenido la capacidad de regresar a la infancia y arrastrar consigo a quien se proponga.
Me muestran las fotos, que se pasaba las siestas de sus vacaciones de estudiante universitario disfrazándome con ropas de los abuelos. 
Harto, supongo yo, de tanto que le pedía que me contara el cuento de la caperucita roja me convenció que la niña fagocitada por el lobo feroz y su abuelita estaban enterradas en la cocina de casa, y que además era puro cuento eso de que el cazador las había salvado. ¡ A él también se lo habían comido!
En fin, meterme los perros en la bañera mientras yo estaba bajo la ducha, robarme las papas fritas del plato; irrumpir en mi habitación, desgraciarse y mandarse mudar cerrando la puerta, son apenas algunos ejemplos. 
Hace unos cuarenta años que dejó el cuerpo de niño. Quien lo conoce ( pero no tanto como yo) dirá que estoy fabulando, porque su imagen es de hombre serio, parco, seco. Pero no estoy mintiendo. Explico: correr a alguien con una rana toda una tarde de campo y no perder de vista el objetivo hasta lograr prender al pobre bicho en una de las piezas de la bikini de la víctima no es algo que haría un abogado de 47 años, pero sí es algo que haría el Chali.


31/10/13

ojos que no ven

Ayer de tarde conocí a Eduardo. Adolfo, el señor gordo de la dirección de Tránsito municipal, me lo presentó y propuso que saliera al aire en el espacio de la columna de Educación Vial para hablar de accesibilidad en la vía pública y la responsabilidad que tenemos todos en este espacio que compartimos.
Eduardo tiene 53 años. A los diez, en un recreo en la escuela, quedó ciego. Un juego, una gresca, un puntero, un golpe entremedio de sus ojos y el mundo se le apagó.
Siendo joven se fue a Buenos Aires a estudiar cuestiones relacionadas con la mecánica de los autos en un instituto para ciegos, allí primero que nada le enseñaron a trasladarse por sí solo y a escribir usando el sistema Braille.
Desde hace años es la única persona ciega que camina sola por las calles de Gualeguaychú (también es capaz de hacerlo en la capital de los argentinos). Quien lo ve intenta unos segundos imaginarse como sería caminar sin ver donde se pisa, quien viene por la otra cuadra, qué tan altos están los árboles de la plaza...
Eduardo marcha a paso ligero, muy cerca de las paredes de las viviendas dando golpecitos con su bastón blanco. Dice que los obstáculos que encuentra más a menudo son los postigos de las ventanas abiertos hacia la calle, motos y bicicletas estacionadas arriba de la vereda y bolsas de arena, pozos y obras en construcción sin señalizar. Así y todo, igual camina solo. Todas las tardes da clases de orientación y Braille a un grupo de ciegos y disminuidos visuales de todas las edades.
"Toda persona ciega necesita ayuda, el que dice que no, está mintiendo" asegura, y le pide a la gente que cuando vea a un ciego por la calle le ofrezca su ayuda sin miedo, que no le va a decir que no, y menos enojarse.
Hay que ponerse delante, dejar que coloque una mano sobre nuestro hombro y caminar. Nada más. Ellos saben percibir así cuando se sube o se baja un escalón.
Y lo ayudé a salir del estudio de la radio. De la silla frente al micrófono hasta la vereda. Y lo vi marcharse ligerito por calle Maipú hasta perderse de mi vista.

24/10/13

la noche que Verónica regresó

Verónica se había ido, lejos. Para enseñar y para aprender, porque ella quiere que el mundo sea un lugar mejor para todos. Quiere que nadie explote a nadie. Quiere personas libres. Quiere justicia.
Cuando regresó, Verónica estaba llena de cosas nuevas. Tantas vivencias le habían agrandado el mundo, y las palabras se le salían solas por la boca.
La noche que Verónica regresó la luna también estaba llena, y flotaba blanca sobre el campo entrerriano.
Entonces Verónica escribió:

El cinturón de Orión apenas se insinúa. Hay fondo de cielo azul clareado y velos de nubes trazados al descuido, como plumazos desparramados, suspendidos entre el espacio y el suelo.
El campo también está velado; masas oscuras de árboles se acercan y se alejan mientras viajo de regreso. De a ratos, las claridades a ras de tierra se me figuran linares florecidos, aunque... ni siquiera sé si es el tiempo del lino. Solo sé que me gusta su color sobre el campo, cielos de lino ensayando giros entre los dedos del viento. Y el frescor tan verde de los alfalfares. Y las masas rojizas y densas del sorgo...


Pero el sorgo es de marzo, pensó.
Verónicasoledad.
Verónicasilencio.
Alguna luz a lo lejos.


Y la luna redonda y blanca se adueñó de todas sus visiones.

9/10/13

carta para un primer cumpleaños

Deseo que siempre encuentres luz, aún en la tristeza más honda.
Y que tengas abrazos y besos a tiempo.
Quisiera alejarte de todo riesgo y amenaza, y que nada te duela;
pero no es así como se vive. Los rasguños, y los tropiezos, y las angustias, también son parte de todo esto y aunque no lo parezca, sirven.
Espero darte lo necesario, ni menos ni más.
Para flotar, llegar a tierra. Sembrar, y esperar. Y detenerte luego a disfrutar y compartir la cosecha. Quiero que siempre encuentres libros y hojas en blanco. Para volar.
Que conozcas muchas historias y que construyas la tuya. Que mezcles colores. Que te engrudes las manos.
Que suene la música. ¡Que hagas música sonar!
Que siempre que puedas bailes libre, sin zapatos y sin reglas. Como ayer a la siesta.
Quiero que ames. Con todas tus fuerzas, que ames.
Que te enternezcan los bebés y que respetes profundamente a los viejitos.
Los animales, las plantas, los ríos, tus hermanos, tus vecinos; incluso las personas que no conocerás jamás son parte de la creación (como vos); y como tales, tenés que cuidarlos.
Procurá no lastimar a nadie, y si alguna vez lo hacés, no te quedes con la culpa ni el temor, sé valiente y pedí perdón.
No te olvides nunca de la sonrisa, es el elemento principal de la hermosura.
Tampoco te quedes con la duda, preguntá; así vas a evitar malentendidos y a la vez vas a aprender muchísimo.
Y en el camino, me enseñás vos también a mí.



25/9/13

mamá

Así me pasaba largos ratos al día. Con la pera rozando la clavícula; consternada, embelesada, mirando y admirando mi propia panza. No recuerdo haber vivido algo más suspensivo que la vez que sentí que se movía. Mariposas-pececitos-burbujas. Y mis ojos bien abiertos, y mis latidos acelerados y mi respiración retenida por si se llegaba a repetir...¡Por Dios! Un ser humano estaba formándose adentro mío. ¿Cómo puede ser que antes de que me pasara a mí lo haya tomado con tanta naturalidad?. Cuántas preguntas. Cuánta ansiedad. Miedos y sueños y proyectos bailaban dando saltos, y me desvelaban. La esperaba desde siempre, mucho antes de la primera incertidumbre frente al almanaque; la esperaba desde el momento en que entendí mi condición y supe que algún día yo también podía ser mamá.