7/6/12

periodismo

Estamos condenados a este oficio del diablo.

datos del tiempo


Congelo la imagen que me muestra la página Web del Servicio Meteorológico Nacional y la subo sólo para recordarla cuando algún día cualquiera de los próximos veranos se me cruce por la cabeza la posibilidad de quejarme del calor.

5/6/12

crónica de un lunes de junio

Desde hace un tiempo, cada vez que la alarma del celular le recuerda que hay que levantarse ella se encuentra prácticamente en la misma posición en la que se quedó dormida. La panza, que ha crecido notablemente los últimos días le impide conciliar el sueño de espaldas al techo como lo ha hecho toda su vida. Prende el velador que está sobre la mesita a su derecha y busca a tientas, entre libros y potecitos de crema, los anteojos de siempre, los que sólo han visto quienes la sorprenden entrecasa; más tarde, cuando los ojos logren despegarse del todo, se pondrá los lentes de contacto. Al mismo tiempo pero sin tanto escándalo se despierta Damián. Es lunes, ni la noche ni el fin de semana alcanzaron para descansar lo que pretendían, el ringstone elegido como alarma es tan irritante como los otros treinta que propone el aparato y sin embargo él se despierta de buen humor. Él no entiende como a ella le cuesta ser amable esos primeros minutos de cada día y a ella no le cabe la posibilidad de sonreír ante tales circunstancias. Aún así, cada mañana han sabido negociar a quién le toca hacer el desayuno y quién puede remolonear unos minutos más.

A las ocho arranca el programa de radio. El conductor también está de buen humor, o al menos eso demuestra a los oyentes. En el transcurso de la mañana ella realiza las intervenciones que cree necesarias y enfoca su atención en tomar notas de las entrevistas y subir noticias a la página Web que no deja de reclamar actualización. El juez de instrucción resolverá en los próximos días la situación procesal del imputado por la presunta violación de una menor. Inspección municipal clausuró un comercio de la ciudad. El campo convocó a un paro agropecuario. Organizan actividades por el día mundial del medio ambiente. La mañana la consume. De no ser por las cada vez más frecuentes ganas que le dan de hacer pis, no se levantaría de la silla hasta la hora de irse. Últimamente su cuerpo manda más que su mente, su voluntad quedó supeditada a aquello que no le haga mal a la bebé que lleva adentro. Recuerda que ayer se cumplieron cinco meses, y de repente, todo lo que pasa en el estudio más la misérrima producción para el programa que conduce a la tarde le importan un bledo. Las pataditas de Miguelina le dan cosquillas, se lleva la mano a la panza y nadie lo nota, pero está sonriendo y es la mujer más feliz sobre la tierra.

Un mensaje de texto de “Ma” llega en el momento justo como para quitarse una preocupación de encima: “Hice croquetas de pollo. ¡Vienen a comer?”. Cómo negarse a tan delicioso mimo. Aunque tuviera la heladera llena de opciones para el almuerzo no desaprovecharía la oportunidad de comer lo elaborado por las manos de mamá. Y Damián tampoco, porque seguro liga un plato más calórico y elaborado que el que ella pueda hacerle.

Tras el almuerzo, la vida en las ciudades pequeñas le da una segunda oportunidad a la fiaca y eso se llama siesta. Los negocios cierran y las calles se aquietan por unas horas, y entre las cuatro y las cinco de la tarde todo recobra movimiento. A esa hora regresa a la radio. La luz de “aire” se enciende a mitad de una enérgica cortina musical y su voz se escucha diciendo: “Muy buenas tardes a todos, bienvenidos a la tarde de radio Máxima, bienvenidos a esto que es: ‘Más tarde que nunca”. Al igual que la mañana, la tarde también se escurre, aunque con más adrenalina. Este lunes, al despedirse de los oyentes se sintió satisfecha con el programa, a pesar de ese entrevistado que surfeaba entre las preguntas que no le gustaba responder.

Afuera hace mucho frío y ella detesta las bajas temperaturas. No ve las horas de llegar a la casa, bañarse, comer algo y acostarse. Se consumió la mañana, como esas velitas petizas que se usan en decoración. También la tarde, y así los días. De no ser por ese trabajo de redacción que le encargaron no hubiera sido consciente de todo lo que ocurre entre que se pone y se quita los lentes. Mientras escribe su lunes como si lo hubiera vivido otra persona, lamenta no disponer de más caracteres para no tener que obviar tantos detalles. Tenía razón Borges, piensa; y en una página cualquiera de la agenda copia textual: “Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar”.

29/5/12

con las piernas a prueba

Nadie nos creía capaces de poder viajar como mochileras al noroeste argentino. Nadie. El apoyo que recibíamos se limitaba a no poner resistencia porque en definitiva ya teníamos edad de decidir por nuestra cuenta. Mi amiga y yo ya habíamos hecho una viaje juntas cuando éramos adolescentes; un viaje del tipo convencional con agencia de turismo de por medio y paquete completo. Comodidad y seguridad garantizadas. Esta vez en cambio, todo era azar. A excepción del rumbo que tomaríamos y de ciertos lugares que nos propusimos conocer, el resto era aventura. Palabra excitante como pocas en el extenso glosario castellano. Y para nosotras aún algo más que eso: la oportunidad de que cada una se ponga a prueba con su propio espíritu y con su par de piernas, el desafío de enfrentar lo inesperado sea bueno o sea malo, las ganas de comernos al mundo y la certeza de que podíamos hacerlo.

La primera de las casi mil fotos que terminaron completando la memoria de ambas cámaras nos la tomaron nuestras madres el 3 de enero por la mañana en la terminal de ómnibus de Gualeguaychú, un rato antes de subir al colectivo que nos llevaría a Córdoba. A pesar de la mala luz de la imagen es de mis fotos preferidas, al verla recuerdo el orgullo de mí misma que sentí en ese momento.

Teniendo como objetivo destinos tan lejanos, cruzar el litoral hasta llegar al centro del país pareció un trayecto corto. En Córdoba el viaje recién empezaba, sus sierras no serían más que un trampolín hasta la puna y su “no se qué” me dejarían por siempre las ganas de volver. De todos modos, fue allí donde cumplimos el primer desafío y salimos a caminar la ruta. Sabíamos que nos deparaban esfuerzos mayores, por eso no nos quejamos demasiado durante los primeros siete kilómetros entre Villa General Belgrano y Santa Rosa de Calamuchita. Más fuerza todavía me dio recordar la socarrona carcajada de mi hermana cuando me probé por primera vez la mochila y caminé del comedor a la cocina a la velocidad que lo hizo Armstrong en la luna. Ni en ese cortísimo trayecto de la casa de mis padres, ni en toda la ciudad donde crecí hay ondulaciones en el terreno como las que en ese momento aliviaban o mortificaban mis cuádriceps, según si nos tocaba avanzar en bajada o en subida. Lo sospechábamos, pero no sabíamos a ciencia cierta que eso era apenas una entrada en calor.

Desde Córdoba capital atravesamos de sur a norte, y de noche, la provincia de Santiago del Estero hasta llegar a San Miguel de Tucumán una mañana que acababa de llover y el apático sol no lograba a secar la humedad. Desconocíamos la infantil rivalidad entre tucumanos y salteños hasta que mantuvimos la primera charla con el dueño del hostel donde pasamos la noche, un señor morocho que bien habría podido disimular su prominente vientre y sus tetillas deprimidas de no haber andado con la camisa desprendida todo el tiempo. Olvidamos sus comentarios localistas pero aceptamos una sugerencia, y al día siguiente viajamos a Tafí del Valle. Si hay algo de lo que puedan alardear los tucumanos frente a los salteños y a cuanto argentino tengan enfrente, es sin duda este lugar. Flores, muchas flores; abundante verde, aire fresco, ríos serpenteantes que vienen bajando de las montañas que rodean la ciudad, cabañas de madera, niños ricos paseando en cuatriciclos por las tranquilas calles, caballos de crines largas que parecieran haberse olvidado los príncipes azules; y para nosotras, el mejor almuerzo de todos los tiempos: queso de cabra y ciruelas disecadas sobre las gigantescas piedras que costeaban el río.

Eso también fue un precalentamiento, los lugares que nos faltaban conocer eran iguales o más hermosos. En general, el avasallante paisaje del oeste norteño vivido de la manera que elegimos me hizo sentir pequeña, me enseñó a discriminar lo esencial de lo intrascendente, a entender que también es argentina esa mujer de sobrero y trenzas largas que carga a un niño en una wawa, al fin llegué a conocerme lo suficiente como para saber de lo que soy y de lo que no soy capaz de hacer y me acercó a Dios de tantas ganas que tuve de aplaudir al autor de todo aquello; lo más impensado, quizás, es que le agregó valor a mi paisaje litoraleño de todos los días y a los inmensos ríos que allá arriba no veía.

 Polvo, cerros secos, rojos, naranjas y amarillos; cabras, llamas, alpacas, vicuñas y vacas flacas. Cardones, adobe, miradas profundas, silencios, erkes, faldas amplias, aliento a coca, viento, salinas, noches frías, vino, ají, orégano, tunas, historias de batallas, carnavales, madretierra, procesiones. Da lo mismo si es Maimará, Purmamarca, Humahuaca o Tilcara. Toda la puna llora a los Quilmes, y le reza tanto a la Pacha como a la Virgencita de Copacabana del Abra de Punta Corral; y como ocurre en todos lados, nadie entiende muy bien qué les fascina del lugar a los que llegan de visita: “Acá vienen a pasear médicos y abogados desde Buenos Aires”, me dijo sorprendida ante el permanente paso de turistas la mujer que por cinco pesos argentinos nos dejó dormir en la entrada de su casa y usar su baño.



26/5/12

el principio

Todos, alguna vez empezamos algo. Una conversación, una comida, una historia de amor, un dibujo, la composición de una canción, un viaje, un día, un texto...

“Puro engaño de inocentes y desprevenidos, el principio nunca ha sido la punta nítida y precisa de un hilo, el principio es un proceso lentísimo, demorado, que exige tiempo y paciencia para percibir en qué dirección quiere ir, que tantea el camino como un ciego, el principio es sólo el principio, lo hecho vale tanto como nada”.

Pasaje de La Caverna, de José Saramago.

24/5/12

el alma del payador

Augusto Romero era la persona indicada. El profesor de investigación periodística nos había propuesto entrevistar a alguien que estuviera fuera del sistema por elección propia, y dudo que exista ser humano que cuaje más con tal descripción. Lo había visitado un par de años atrás, también por un trabajo de la facultad, pero no recuerdo qué surgió de aquella charla, lo cierto es que esa vez volví dónde suponía encontrarlo y allí estaba, tan voluntariamente indigente al lado de la ruta como la primera vez que lo vi.

Augusto Romero
Don Augusto nació y creció en La Pampa , en Jacinto Araos. Al menos eso es lo que él dice, y de querer conocer su historia no hay más opción que creer en su relato aunque por momentos parezca inventado. Se describe como un hombre andariego que sin nada que lo ate a su tierra y guiándose por sus impulsos de peregrinar decidió hacer “unas andanzas por el Uruguay”. Nada de transportes tradicionales y confortables para él. Un amigo le prestó tres caballos y, montado en uno y cargando lo necesario en los otros dos, llegó a Entre Ríos. Sin embargo, su plan de cruzar al país vecino se frustró por problemas aduaneros y otros de salud, por lo que debió permanecer un tiempo más de este lado del río. Hace nueve años, cuando conversé con él por primera vez había pasado poco más de una década desde su llegada y hasta el día de hoy no ha pisado tierra oriental.

Como la idea era pasar sólo un tiempo, nunca buscó un lugar para alquilar o comprar. Por el contrario, ocupó parte de un terreno en venta al costado de la ruta hacia el balneario El Ñandubaysal y construyó allí un rancho endeble de no más de un metro y medio de alto. Un montón de chapas atadas con alambre y reforzadas con algunas tarimas para que no se las tumbara el viento del sureste. Nadie que lo haya visto puede creer cómo un hombre puede vivir allí. Sin luz, sin agua, sin cloaca. La gente se compadece al verlo, pero él no necesita la compasión de nadie, no le gusta dar lástima; no quiere limosna y de hecho no la pide, parece estar conforme con todo como si nada le faltara. Sin embargo, basta una sola charla con él para saber que no es así.

Cuando alguien llega a visitarlo no pide explicaciones, satisfecho con sólo saber el nombre de quienes se interesan por él, ofrece de asiento cualquier corte de tronco o cajón de frutas que tenga a mano y empieza a conversar. Tiene una voz inconfundible, quizás la más singular de todas las voces. Una especie de ronquera en tonos agudos y las típicas cadencias de los hombres de campo. Augusto habla mucho, dice lo que se le da la gana y si no quiere responder alguna pregunta sabe bien cómo zafar. Justifica no seguir su recorrido ni regresar a La Pampa señalando con sus dedos enfermos a los perros que lo rodean, que entre los que nacen y los que mueren de hambre o carcomidos por la sarna nunca llegan a ser menos de quince. Como puede también los alimenta, y de paso también alberga a algún gatito guacho.

Su aspecto asusta. Sus olores apestan. Y aún así no han sido pocos los que han ido a conocerlo. El bajista Ricardo Iorio, hombre del heavy metal argentino, le compuso una canción que incluyó en uno de los discos de Almafuerte; y tal “homenaje”, pues así se llama la canción, lo pone feliz, despierta una sonrisa de niño en el rostro usado y curtido de Augusto.

Al fin un reconocimiento para este payador.

Todos pretendemos al menos algo en esta vida. Augusto Romero también, por eso hay dignidad debajo de tantos harapos. Es peregrino y es cantor, y quiere que sus coplas también caminen; que escuchen todos los que este payador tiene para contarles. En algún rincón debajo de esas chapas, este hombre guarda coplas, coplas y más coplas que él escribió y alguna vez alguien le hizo el favor de imprimirlas y fotocopiar las suficientes como para regalárselas a los visitantes. Algunas hablan del río Uruguay, del general Artigas, de San Martín, del gaucho y el gringo, y entre tantas también hay una dedicada, con destacable respeto, a la mujer.

Al igual que un niño alborotado de alegría porque le están prestando la atención que tanto esperaba, se desespera por mostrarlo todo y que al final de la charla no quede copla sin recitar. Por eso, ni bien reparte sus papeles en un despilfarro de generosidad, entra nuevamente al rancho y regresa con un estuche negro de curvas gordas como las de la guitarra que hay adentro. Es increíble cómo en medio de ese barullo de troncos, perros, chapas, nylon, latas, espinillos y pulgas pueda algo conservarse tan pulcro y lleno de brillo. Recién después de conocer su guitarra puede alguien decir que conoce al gaucho Romero. Que conoce el alma del payador.