A las ocho arranca el programa de radio. El conductor también está de buen humor, o al menos eso demuestra a los oyentes. En el transcurso de la mañana ella realiza las intervenciones que cree necesarias y enfoca su atención en tomar notas de las entrevistas y subir noticias a la página Web que no deja de reclamar actualización. El juez de instrucción resolverá en los próximos días la situación procesal del imputado por la presunta violación de una menor. Inspección municipal clausuró un comercio de la ciudad. El campo convocó a un paro agropecuario. Organizan actividades por el día mundial del medio ambiente. La mañana la consume. De no ser por las cada vez más frecuentes ganas que le dan de hacer pis, no se levantaría de la silla hasta la hora de irse. Últimamente su cuerpo manda más que su mente, su voluntad quedó supeditada a aquello que no le haga mal a la bebé que lleva adentro. Recuerda que ayer se cumplieron cinco meses, y de repente, todo lo que pasa en el estudio más la misérrima producción para el programa que conduce a la tarde le importan un bledo. Las pataditas de Miguelina le dan cosquillas, se lleva la mano a la panza y nadie lo nota, pero está sonriendo y es la mujer más feliz sobre la tierra.
Un mensaje de texto de “Ma” llega en el momento justo como para quitarse una preocupación de encima: “Hice croquetas de pollo. ¡Vienen a comer?”. Cómo negarse a tan delicioso mimo. Aunque tuviera la heladera llena de opciones para el almuerzo no desaprovecharía la oportunidad de comer lo elaborado por las manos de mamá. Y Damián tampoco, porque seguro liga un plato más calórico y elaborado que el que ella pueda hacerle.
Tras el almuerzo, la vida en las ciudades pequeñas le da una segunda oportunidad a la fiaca y eso se llama siesta. Los negocios cierran y las calles se aquietan por unas horas, y entre las cuatro y las cinco de la tarde todo recobra movimiento. A esa hora regresa a la radio. La luz de “aire” se enciende a mitad de una enérgica cortina musical y su voz se escucha diciendo: “Muy buenas tardes a todos, bienvenidos a la tarde de radio Máxima, bienvenidos a esto que es: ‘Más tarde que nunca”. Al igual que la mañana, la tarde también se escurre, aunque con más adrenalina. Este lunes, al despedirse de los oyentes se sintió satisfecha con el programa, a pesar de ese entrevistado que surfeaba entre las preguntas que no le gustaba responder.
Afuera hace mucho frío y ella detesta las bajas temperaturas. No ve las horas de llegar a la casa, bañarse, comer algo y acostarse. Se consumió la mañana, como esas velitas petizas que se usan en decoración. También la tarde, y así los días. De no ser por ese trabajo de redacción que le encargaron no hubiera sido consciente de todo lo que ocurre entre que se pone y se quita los lentes. Mientras escribe su lunes como si lo hubiera vivido otra persona, lamenta no disponer de más caracteres para no tener que obviar tantos detalles. Tenía razón Borges, piensa; y en una página cualquiera de la agenda copia textual: “Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar”.
