Hace tiempo lo había pensado, pero nunca había podido escribirlo. Las palabras estaban ahí, como siempre están, pero yo no las encontraba. Tampoco se lo había escuchado decir a nadie ni lo había visto escrito por alguien, hasta que esta mañana de sábado leyendo un lindo blog conocí a Brassai Gyula Halàz, un fotógrafo húngaro que se destacó por las escenas nocturnas de París.
Él dijo que la noche sugiere, no enseña; que la noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza; libera en nosotros las fuerzas que durante el día son dominadas por la razón.
Vaya si habré tomado decisiones en esos minutos previos al sueño, que luego, bajo la inquisidora claridad de las cosas eché por tierra. A veces armaba diálogos, preparaba respuestas a posibles preguntas y preguntas ante determinadas respuestas. A oscuras, sola en la cama, admitía que ya no lo amaba y tenía las palabras exactas para decírselo. De noche también, confesaba que me pasaban cosas con él y encontraba la valentía necesaria para hacerme cargo sin ponerme colorada y sin temblar.
Cuando todos duermen se despierta otro mundo; que al volver el día mejor no recordar. Todo aquello se vuelve un absurdo.
Recuerdos como resaca.
Recuerdos como resaca.


