Llegó escondido en una bolsa de papel madera uno de los primeros mediodías de mayo. Reflejaba su mirada el temor a ser rechazado, como les suele pasar a sus antepasados de cemento portland desde que los adultos descubrieron que asustan a los niños.
Entró presentándose como el hermano mellizo del que conocimos en la casa de los papás de Vic, y como primo lejano del que vivía con el padre de Amélie Poulain, famoso por haber sido el primer enano de jardín en salir a conocer el mundo.
Sin embargo, aclaró que nada tenía que ver con esos siete mineros que, según sus palabras, "se pasan la vida pendientes del bienestar de una princesa pálida que tuvo el tupé de caerles en la casa y quedarse a vivir con ellos, hasta que un día como si nada se marchó montada en las ancas de un corcel con un buen mozo de casi dos metros de alto".
Dijo que lo llamemos como queramos, porque esa era tarea nuestra; pero advirtió que será difícil que responda a otro nombre que no sea Paulino.
Pasó hasta el patio tarareando "Lamento boliviano", y luego de repasar cada rincón con la mirada, se instaló contra la pared del fondo para que lo bañen las flores de la rosa china que se caen del jardín de al lado.




